Singladuras I. La sombra del Dau.

faluchoNico tenía seis años cuando oyó hablar por primera vez del Dau, el barco maldito que navegaba por las costas de Mallorca provocando la desgracia a quienes se cruzaban con él……

Habían salido de Oran hacia dos días y la meteorología se había mostrado benevolente. El viento les había permitido navegar de través reduciendo el tiempo de regreso a Mallorca, aunque poco a poco el cielo se iba cubriendo de nubes; si no tenían tormenta, seguro que aquella noche sería oscura como boca de lobo.
Si todo iba bien, al día siguiente avistarían el cabo de Cala Figuera, una de sus referencias para poder arribar al Puerto de Soller al anochecer. La bodega iba repleta de tabaco que el armador esperaba con impaciencia, puesto que lo tenía apalabrado a buen precio. Aquella guerra era una bendición para determinados negocios y el contrabando era uno de ellos. Corría el año 1916 y desde hacía casi dos años la mayor parte de los países cercanos, salvó España, estaban enzarzados unos contra otros en la gran guerra.
El Nª Señora de Lluch, un falucho muy marinero de 12 metros de eslora, aparejado con vela latina, foque y una pequeña mesana, era propiedad del notario Barceló. Oficialmente realizaba el transporte de mercancías y correo entre el Puerto de Soller y Palma, aunque su otra ocupación era de sobras conocida entre los patrones y marineros. Su patrón, Pere Santandreu, contaba con una amplia experiencia tanto de cabotaje como trasatlántica, puesto que había trabajado para la Marítima Sollerense antes de que las circunstancias le llevaran a aceptar la oferta del notario.
Nico llevaba ya un año como grumete del Nª Señora de Lluch, desde que cumplió los once y el patrón le permitió embarcar. No era su primera travesía larga pero esa noche sería diferente, se encargaría por primera vez de la guardia de madrugada, lo que indicaba la confianza depositada en él.
A la tarde el viento había amainado y el mar estaba tranquilo. Eran las circunstancias adecuadas para matar el tiempo hablando de las historias y de los misterios del mar, uno de los temas preferidos por los marineros. Mientras el patrón estaba al timón, Gaspar y Joan aprovecharon para liarse un cigarrillo de picadura e iniciar una conversación con Nico, que estaba pendiente de las órdenes en relación con las escotas.
-¿Has oído hablar alguna vez del Dau, Nico? pregunto Joan sin alzar la voz para no molestar al patrón.
-Cuando era más pequeño mi padre me contó la historia pero no me la creo, son viejos cuentos de puerto.
-Pues yo que tú me la creería, dijo Gaspar, conozco a algunos marinos que se lo encontraron y desde entonces no han dejado de sufrir una desgracia tras otra.
Según la leyenda, algunos de los prisioneros franceses abandonados a su suerte en la isla de Cabrera tras la derrota en Bailén, después de incontables penalidades y miserias por la hambruna, mataron y devoraron a algunos de sus compañeros. De este modo recuperaron fuerzas y consiguieron hacerse con el Dau, una balandra que se había acercado demasiado a la isla para pescar. Tras asesinar a toda la tripulación intentaron dirigirse a Marsella, pero nunca llegaron; desde entonces se cuenta que un barco maldito navega continuamente alrededor de Mallorca y que los pobres marinos que lo han avistado en alguna noche oscura, han fallecido en extrañas circunstancias.
Continuaron hablando de esa y otras historias hasta que anocheció y tras preparar algo para cenar se echaron a dormir bajo cubierta, salvo el responsable de la guardia y de mantener el rumbo; cuarenta grados norte desde el puerto de Oran hasta la Isla del Toro, cerca del cabo de Cala Figuera ya en Mallorca.
Serían alrededor de las tres de la madrugada cuando el patrón despertó a Nico.
-Hala Nico, te toca, recuerda lo que te he enseñado y mantén el rumbo, aunque prácticamente no nos movemos ya que el viento ha amainado completamente.
Nico se desperezó rápidamente y se hizo cargo del timón. Las nubes ocultaban por completo las estrellas y la luna, por lo que no se veía nada. Para comprobar periódicamente la brújula, disponía de una linterna sorda que mantenía tapada para no ser detectados. Un encuentro por estas latitudes únicamente podría significar que los carabineros los habían descubierto. El tiempo pasaba lentamente y Nico, consciente de la responsabilidad asignada, permanecía atento a cualquier sonido poco habitual.
De repente le pareció escuchar como si el agua chocase contra una superficie, pero como allí no había tierra, ese sonido únicamente podía indicar que había un barco en las cercanías. Poco a poco el sonido se fue aproximando y Nico empezó a mirar en todas las direcciones para intentar localizar su origen y evitar un abordaje, aunque la oscuridad se lo impedía.
Empezó a ponerse nervioso y se acordó de la conversación con Joan y Gaspar sobre el Dau. Poco a poco el miedo empezó a hacer mella en él y se planteó si no sería el momento de llamar al patrón; lo frenaba el hecho de que era la primera guardia que le asignaban y no quería que lo considerarán un niño miedoso.
El sonido parecía haber cesado cuando se incrementó de repente por la amura de babor y a barlovento del falucho. No había duda, se aproximaba un buque y no estaba muy lejos. De inmediato sacó la linterna y dirigió el foco hacia el sonido; justo en ese momento las nubes dejaron pasar un tenue rayo de luna y Nico creyó ver una superficie vertical, que podría ser una vela, a unos cincuenta metros del falucho.
Ya no le quedó ninguna duda, trabo el timón y se precipitó bajo cubierta para despertar al patrón.
-Patrón, he visto un barco a babor que parece que se dirige hacia nosotros. ¡Creo que nos van a abordar!
El patrón subió inmediatamente a cubierta, donde reinaba la más absoluta tranquilidad; ningún sonido o visión enturbiaban las cercanías del barco.
-Nico, yo no veo ni oigo nada, seguro que te has dormido y has soñado con el Dau. No tienes que dejar que Joan y Gaspar te engañen y se rían de ti. Anda, comprueba el rumbo y déjame dormir que todavía no ha amanecido. Completamente avergonzado, Nico no quiso rebatir al patrón y siguió en su puesto hasta que amaneció y despertó a la tripulación.
-Qué raro, dijo Joan, hemos perdido los aparejos que remolcábamos para pescar, parece como si alguien hubiera cortado las guías.
Nadie hizo el menor comentario, pero Nico no pudo por menos que asociar esto con los hechos de la noche anterior. Inmediatamente avistaron la costa de Mallorca e iniciaron la navegación costera que, evitando los puestos de vigilancia de los carabineros, les llevaría al puerto de Soller sin problemas.
Cuando el sol ya empezaba a ponerse arribaron a una cala discreta cerca de su destino, donde les esperaban tres payeses con un carro para hacerse cargo de la mercancía. El que estaba al mando se dirigió al patrón y le preguntó sí habían tenido buena travesía.
-Ningún problema, todo ha ido como la seda. ¿Por qué lo preguntas?
-En el pueblo se cuenta que ayer un submarino alemán hundió un paquebote al suroeste del Cabo de Cala Figuera y quizá habíais visto algo.
El patrón no hizo ningún comentario, pero cruzo una mirada con el grumete que se estremeció.
Nico no se lo dijo a nadie pero la sombra del Dau pasó por su mente… Quizá lo que vio fue la torreta del submarino y únicamente la suerte les había librado de ser embestidos y hundidos; de momento la desgracia no les afectaba a ellos.
Más tarde y ya en el puerto se enteraron de que el paquebote hundido no llevaba suministros para ningún contendiente, sino familias que se dirigían a Barcelona. No se sabe si había sido una confusión o mala suerte, pero el número de desaparecidos superaba los trescientos entre pasajeros y tripulación.
Aunque su encuentro nocturno no fuera con el Dau, la desgracia se había cebado en su entorno y había provocado numerosas víctimas. Desde ese día Nico empezó a odiar la guerra, a los militares y especialmente a los submarinos.

San Cristóbal, 28 de junio de 2014.

Acerca de Bartolomé Zuzama Bisquerra

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