Siroco

Ni en la misma playa éramos capaces de aguantarlo. Hacía un calor bochornoso y húmedo al que se le añadía un viento constante y cargado de partículas que lanzaba despiadado contra nosotros, especialmente hacia nuestros ojos. El siroco no tardaba en mandarnos de regreso a casa a comer y a echar la siesta.

Odiaba la siesta, pero mis padres se empeñaban en que a mi edad y a esas horas no tenía otra cosa más importante que hacer.

Me aburría. Mi habitación era pequeña, calurosa y atestada de muebles, por lo que ni siquiera podía jugar. Además, madre insistía en que debía mantener la puerta cerrada hasta que ella o padre vinieran a despertarme y no salir bajo ningún concepto. Nunca entendí ese afán de mantenerme prisionero en mi propia casa.

Padre acaba de salir del turno de noche y tiene que descansar, me decía madre algunas veces. Otras simplemente me mandaban a mi habitación sin más explicaciones.

Al menos en casa de la abuela podía subir al desván cuando se quedaba dormida en su butaca escuchando el serial en la radio. El desván parecía un horno, pero estaba lleno de maravillas por descubrir y rincones donde esconderme para jugar. Viejas cajas polvorientas, sillas desvencijadas, un aguamanil oxidado, cuadros olvidados y otros cachivaches maravillosos.

Allí podía imaginar que era el capitán de una goleta de las que escoltaban al «Galeón de Manila», que transportaba oro y otras riquezas desde Filipinas hasta Sevilla pasando por Acapulco. Esa historia nos la había contado en clase doña Úrsula, la maestra, antes de acabar el curso.

Azotados por un terrible huracán que amenazaba con hacernos zozobrar, luchábamos sin descanso para conseguir llegar a España con el cargamento intacto. Además, y por si la tempestad no fuera suficiente, debíamos permanecer siempre ojo avizor para evitar que nos sorprendieran los piratas, corsarios o filibusteros que los pérfidos ingleses lanzaban contra nosotros una vez tras otra para hacerse con el botín.

Otras veces me veía explorando Marte. Estaba en la superficie, en medio de una tormenta de arena que podía enterrar mi nave y convertirla en un ataúd cósmico del que jamás podría salir por mí mismo. En el último momento conseguía despegar, forzando los motores y abandonando la tóxica atmósfera. Desde allí me dirigía a la estación espacial de la Federación Planetaria para recibir nuevas misiones.

Pero no ocurría nada de eso, seguía estando en casa, sudando en mi pequeña y atestada habitación y esperando que me dieran permiso para salir.

Algunos días durante la hora de la siesta y también algunas noches sucedía algo peculiar. Padre debía de estar enfermo porque gemía de una manera muy extraña. El dolor debía durarle poco porque en menos de cinco minutos todo se quedaba de nuevo en silencio.

Los días en los que arreciaba el siroco y el calor era casi insoportable venía a visitarnos un compañero de padre. A mí me parecía que la hora de la siesta no era un buen momento para hacer visitas y más cuando padre no estaba, pero nunca dije nada. Para aquellas visitas madre se quitaba la bata de estar por casa y se peinaba más que de costumbre. Inmediatamente me mandaba a mi habitación y me recordaba que cerrara y no saliera hasta que fuera a por mí.

Esas tardes debía de ser madre quien se ponía mala, porque gemía mucho más fuerte que padre y durante mucho más tiempo. La pobre lo debía estar pasando fatal y quizá por eso había llamado al compañero de padre, para no asustarle.

Al rato escuchaba cómo se cerraba la puerta de la calle y venía a liberarme del encierro. Traía el pelo alborotado y estaba muy sofocada. Una vez le pregunté qué le dolía y porqué gemía. Me dijo que eran cosas que no comprendía y que a los mayores no debía preguntarles ciertas cosas.

La primera vez que vino el amigo a la hora de la siesta y no estaba padre, ella me dijo que no podía decirle nada porque le estaban preparando una sorpresa para su cumpleaños. La sorpresa debía de ser muy muy buena porque el amigo venía a menudo.

Con el tiempo me acostumbré a mi pequeña y atestada habitación, que se convirtió en mi nave espacial preferida. Con ella viajé por el universo explorando extraños planetas y acercándome cada vez más a las lunas de Orión o a los satélites de Ganimedes. Al pasar el siroco podría salir de nuevo a la calle a jugar, aunque fuera la hora de la siesta. Eso sí, sin entrar en casa hasta que madre o padre salieran a por mí.

Pasados los años y ya como inspector de policía recordaba aquellas tardes. El siroco vuelve loca a la gente y consigue que haga cosas que en otra situación jamás haría. De hecho, cuando había siroco reforzábamos los turnos, especialmente si además coincidía con luna llena, porque la ciudad se convertía en un auténtico manicomio.

Me olvidaba de un tema importante. La sorpresa se la dio padre a mi madre y a su amigo al presentarse una tarde en casa, sin avisar, a la hora de la siesta. Lo que ocurrió después ya es motivo de otra historia.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 3 de diciembre de 2020.

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La casa piloto

No tengo muy claro cómo llegué a la casa, posiblemente me llamara alguno de mis conocidos de la policía. Por mi profesión, a veces solicitan un asesoramiento en casos que podríamos llamar «peculiares». Lo cierto es que ese detalle ha desaparecido de mi mente, ahogado por la avalancha de sentimientos y sensaciones provocados por lo que después me encontré allí.

El director del colegio donde estudiaban los hijos de la familia que vivía en aquella vivienda fue informado de que habían dejado de asistir a clase sin motivo aparente y sin aviso previo. Desde secretaría habían intentado contactar con sus padres a través de los teléfonos que constaban en sus fichas, pero había sido inútil. Uno de los teléfonos era el de la empresa del padre, una librería y papelería cercana a la que se acercó personalmente uno de los bedeles. La encontró cerrada a cal y canto y cuando habló con los comercios de alrededor le comentaron que hacía varios días que permanecía así y que no habían visto al dueño.

Quizá en otros momentos hubieran concedido un margen de tiempo para ver si daban señales de vida, pero con la pandemia arreciando pensaron en lo peor y llamaron a la policía.

El inspector Martínez, al que asignaron el caso, se puso en contacto con el centro de salud que les correspondía, donde le aseguraron que no tenían constancia de enfermedad alguna. Martínez, excelente profesional y buen amigo, decidió que había suficientes indicios para iniciar una investigación más a fondo. Por lo que le conozco, sospecho que creía que se habían infectado y que estaban enfermos en casa o puede que algo peor.

Era una vivienda que podría tildarse de normal, dentro de un barrio de clase media o media acomodada. Quizá lo que la hacía diferente al resto de chalés adosados de la periferia era el orden y la limpieza que percibías antes siquiera de abrir la cancela que daba acceso al pequeño jardín delantero.

Al entrar, la normalidad seguía reinando. Eso sí, no había nada fuera de su sitio ni que desentonara en aquel entorno de familia perfecta.

Las habitaciones de los niños, azul para él y rosa para su hermana, parecían deshabitadas por lo ordenadas y limpias hasta la extenuación, lo mismo que la habitación de matrimonio o el salón.

Los libros, en las estanterías, ordenados por tamaño y alfabéticamente. Las colchas sin que la más mínima arruga perturbase su superficie. Las cortinas de toda la casa cerradas, ocultando el interior.

En los baños y la cocina se podían oler el orden y la limpieza absoluta. Nada fuera de su lugar o que turbase una paz que se asemejaba a la de los camposantos. Además del orden destacaba el silencio. Un silencio de mausoleo olvidado por el tiempo y el afecto.

Al entrar, tenías la sensación de visitar una casa piloto, con una exposición de muebles y decoración jamás utilizados. Si no hubiera sido por un azar del destino, quizá la visita no hubiera pasado de ahí.

Mientras revisaba una despensa, a uno de los agentes se le cayó la botella de agua que estaba bebiendo. Al derramarse por el suelo el agua reveló una rendija donde no debía haberla. Una observación más detenida descubrió la trampilla.

Buscando a conciencia, antes de utilizar la fuerza para ver qué había debajo, encontraron un resorte que hubiera pasado desapercibido. Al accionarlo, la trampilla se abrió lo suficiente para asirla y levantarla, dando acceso a una escalera de madera que descendía a un sótano.

Repentinamente, la vaharada de una mezcla de hedores asaltó nuestras fosas nasales. Un olor a pólvora, a muerte y a terror hizo que Martínez, que iba a bajar primero, se detuviera un momento y se echara para atrás. Una vez superada esa primera impresión, comenzó el descenso hacia una estancia que permanecía pobremente iluminada.

Tras el inspector bajé yo, consciente de que si hubiera habido algún peligro mi amigo me lo hubiera impedido. Tras descender el único tramo de escalera llegué a un sótano, más amplio de lo que había supuesto. Desde la base de la escalera veía una sala que parecía hacer las veces de comedor, cocina y zona de estar, presidida por un gran cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, de los que era habitual encontrar en las viviendas españolas de los años cuarenta. Tres puertas daban a la sala, de las que dos continuaban cerradas. Martínez había abierto la tercera, la más cercana a la escalera y permanecía quieto mirando hacia un interior tenuemente iluminado. Presintiendo que algo le sucedía me acerqué y vislumbré una habitación pequeña con dos estrechos camastros sobre los que yacían, presumiblemente muertos y mirando al techo, los dos hermanos. Cada uno de los camastros estaba presidido por un crucifijo, que era toda la decoración de la estancia, iluminada por una sencilla bombilla de techo de muy baja potencia. A pesar de la escasa iluminación, se podía percibir la palidez de su piel y un residuo pegado a las mejillas que parecía proceder de sus bocas.

Sin entrar ni tocar absolutamente nada, abrimos la siguiente puerta. Una estancia algo mayor, ocupada por una sencilla cama de matrimonio, dos mesillas y una pequeña cómoda nos reservaba otra sorpresa. Bajo un cuadro de la Inmaculada Concepción y en la misma postura que sus hijos, yacía la madre con el mismo residuo y la misma palidez.

Al abrir la última puerta hallamos una escena aún más impactante y mucho mejor iluminada. Tras una antigua mesa de despacho y desmadejado sobre el respaldo del sillón, el padre de familia permanecía con la boca abierta tras haberse descerrajado un tiro, que había esparcido sus sesos por la pared que tenía tras él. En el suelo, caída junto a su mano yerta, una pistola, reglamentaria en el ejército español hasta los años ochenta. Tras superar el shock inicial nos dimos cuenta de que vestía un uniforme de alférez de milicias universitarias con el correaje completo y que, en la pared, ahora salpicada de sangre y restos orgánicos, había tres cuadros idénticos en tamaño y marco con una colorida representación de la santísima trinidad del fascismo: Franco, Hitler y Mussolini, todos de uniforme.

Antes de salir para que la policía científica pudiera emprender su labor, hicimos una última inspección, que nos permitió comprobar que tanto la mujer como los niños vestían una ropa muy desgastada del estilo de mediados del siglo anterior y que no había a la vista ningún aparato electrónico como radio, televisión o teléfonos.

Como ocurre a menudo, cuando el suceso se hizo público una asistente social completamente saturada y avergonzada por no haberlo hecho antes hizo llegar a la policía un informe, referente a la reunión que había mantenido con la mujer presuntamente asesinada el día anterior. La fallecida se llamaba Amparo y su presunto asesino Federico.

Martínez me hizo llegar una copia del informe para que le diera mi opinión. Según comunicó Amparo a la asistente social, tanto ella como sus hijos vivían en un estado de permanente terror, aunque jamás había existido maltrato físico —para que no pudiera descubrirse y quizá no era necesario, pensé al leerlo—. Federico estaba obsesionado con la ideología y el modo de vida católico y de orden imperante en la España de los años cincuenta y les había obligado a vivir de esa manera, incluyendo el uso de bombillas de escasa potencia y sin apenas electrodomésticos.

Cuando nació su hija mayor se mudaron al chalé, pues antes vivían con Doña Concha, la madre del presunto asesino. Hija de un coronel laureado en la guerra civil y viuda de un donnadie, comulgaba y apoyaba con entusiasmo las ideas de su único hijo al que idolatraba, según Amparo. Mientras vivían con ella le había ayudado a doblegar a su joven mujer, apocada, sin más trabajo que atender a su marido y sin familia cercana.

Desde el traslado al chalé siempre habían vivido en el sótano, con las mínimas comodidades y completamente aislados de cualquier contacto. Los niños no acudieron jamás a una guardería y a las visitas que tenían que hacer al centro de salud para las enfermedades comunes les llevaba siempre el padre, que también se encargaba de hacer cuantas compras fueran necesarias.

Al llegar la edad obligatoria para la escolarización de la mayor, Federico eligió un colegio religioso privado que mantenía segregados a sus alumnos por género. Antes de que se incorporara, amenazó a su mujer sobre lo que le podría pasar si hablaba con alguien de su modo de vida o si ayudaba a que su hija hiciera amistades. Con su hijo menor siguió el mismo proceder.

Su vida se mantuvo así durante varios años hasta que falleció Doña Concha, la matriarca. La casualidad hizo que en el entierro coincidieran con Matilde, una prima de Federico que era enfermera y trabajaba en el centro médico que les correspondía. Al parecer Matilde había detectado algo extraño en aquella relación y un día, aprovechando que Amparo tenía una cita médica, se las apañó para poder estar a solas con ella y lograr que superase su miedo y le hablase de su vida. Lo que oyó la dejó tan impresionada que organizaron la manera de verse de nuevo. En la siguiente reunión entregó a Amparo un teléfono de prepago y un cargador, enseñándole a usarlo.

Como Federico estaba fuera de casa bastantes horas para atender su negocio, el teléfono permitió a Amparo ampliar los detalles de su vida y a Matilde tratar de convencerla para que denunciara la situación ante las autoridades.

Con el paso del tiempo Federico se había relajado y permitió asistir sola a Amparo a una reunión en el colegio, puesto que le coincidía con otros asuntos a los que no podía faltar. Estaba seguro de mantener un control absoluto sobre ella y de que no habría problemas.

Amparo estaba decidida a huir con sus hijos como fuera y con la ayuda de Matilde había concertado para ese día y hora una reunión con la asistente social a la que reveló su historia. Al parecer habían acordado seguir aguantando un tiempo mientras la funcionaria tomaba las medidas oportunas.

A partir de ese momento y hasta el desenlace únicamente podíamos hacer conjeturas sobre lo que había ocurrido. Quizá él la había seguido y la había visto fuera del colegio o había encontrado el teléfono, no lo sabíamos. A lo mejor las nuevas pruebas podrían aclarar qué había sucedido.

Lo que me llamó más la atención fue que el colegio no hubiera detectado nada. Los niños vestían ropa actual para ir a clase, pero tenían que comportarse de una manera peculiar comparados con sus compañeros y eso se nota, salvo que prefieras mirar para otro lado. Quizá con comprobar que la familia asistía unida a la misa de los domingos en la capilla del centro se daban por satisfechos.

Contacté con Martínez para expresarle mi punto de vista y me contó algunas cosas que ayudaban a completar, de alguna manera, el acertijo.

El uniforme que portaba Federico no era suyo, él no había podido hacer el servicio militar por un problema de pies planos.

La mujer y los hijos habían fallecido envenenados con una sustancia que al parecer actuaba con rapidez, reduciendo el sufrimiento. Al menos en eso el padre había sido magnánimo.

Cuando la policía hizo un registro a fondo descubrió que el teléfono fijo de la casa estaba en el despacho de Federico, y todo hacía pensar que permanecía continuamente cerrado con llave, por lo que Amparo no podía entrar.

En uno de los cajones de la mesa del despacho hallaron dos teléfonos móviles. Al parecer uno era de Federico y el otro el que Matilde le habría entregado a Amparo. Ese podría haber sido el desencadenante de la tragedia, aunque no se podría probar.

Al registrar la papelería hallaron un pequeño almacén subterráneo que reservaba otra sorpresa. Tras una puerta hábilmente disimulada descubrieron panfletos, libros y material de propaganda de ideología supremacista. En una caja fuerte había varias armas cortas y municiones. El acceso al teléfono de Federico permitió comprobar que era el presunto cabecilla de una red neonazi que habría protagonizado algunos altercados, aunque la policía no la tenía completamente localizada. Los comerciantes de los alrededores, al ser interrogados, no se podían creer que un hombre tan normal y discreto como Federico fuera el monstruo que estaba asomando a medida que la investigación avanzaba.

Mientras en el sótano habitaba el terror, en la planta superior las colchas permanecían sin una sola arruga.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 27 de noviembre de 2020.

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Sin imágenes

El café se le había quedado frío, olía a fracaso y sabía a miedo. Apoyada en la pared de aquella azotea multiusos, Bárbara daba vueltas a lo que había sucedido dos plantas más abajo.

Uno de los últimos rayos del sol vespertino la deslumbró y la hizo parpadear. Si se acercaba a la barandilla todavía podía ver alguno de los edificios emblemáticos de la ciudad, el urbanismo desaforado había respetado este barrio. ¡Cómo amaba esa azotea! Aunque no era muy grande servía para propósitos muy heterogéneos. Allí se podían descargar frustraciones, negociar contratos, celebrar cumpleaños e incluso su barandilla había sido testigo de algún apasionado magreo tras la fiesta de Navidad. Con la pandemia su utilidad como válvula de presión se había revalorizado, aunque permaneció desierta durante el confinamiento.

La reunión y sus decisiones volvieron a absorber toda su atención. Las cosas iban mal. El vetusto periódico local estaba en las últimas. En su intento de competir contra el mundo digital había acabado derrotado y prácticamente aniquilado. Solo sobrevivía gracias al «impuesto revolucionario», el presupuesto para publicidad que las diferentes administraciones, salvo la nacional, repartían entre los medios para tenerlos domesticados.

No es que fueran a despedirla, hacía tiempo que la mayoría de los colaboradores eran autónomos, pero ahora estaba en cuestión la exclusividad. Si para reducir costes el diario contrataba sus imágenes en el libre mercado, perdería su principal fuente de ingresos.

Para capear el temporal, al menos hasta que finalizase la pandemia, el director había tenido la ocurrencia de añadir una sección especial sobre el impacto del COVID en los ciudadanos locales, basada en imágenes. Necesito que seas creativa, le había dicho, ya sabes lo mucho que confío en ti. Bajo esta frase latía otra: si no me traes algo impactante, vete despidiendo de tu relación de exclusividad.

Su especialidad eran las fiestas, los eventos y las aglomeraciones de todo tipo. Sus conocidos le decían que mirando sus fotografías podían oír las charangas e incluso oler el vino derramado en las batallas etílicas de los pueblos. Sabía dónde colocarse y qué enfoque elegir para obtener imágenes impactantes y descriptivas. Atesoraba numerosas anécdotas y había sido testigo de celebraciones muy peculiares, incluyendo desfiles de ataúdes, procesiones de pendones con solera o desfiles bajo la peculiar luz de odres ardiendo.

Si alguien le hubiera dicho que iba a terminar trabajando como fotógrafa para un periódico de su ciudad natal no lo hubiera creído jamás. Precisamente para abandonar esa ciudad natal, triste capital de provincias que agonizaba sin remedio, había elegido una carrera que no se pudiera cursar en su pequeño campus. Cuando les dijo a sus padres que quería estudiar Educación Social les dejó estupefactos, aunque pensándolo con más calma se dieron cuenta de que esos estudios se ajustaban a su carácter y a su planteamiento vital.

La facultad compartía campus con Bellas Artes y no tardó en trabar amistad con algunos de aquellos seres locos, deliciosos y creativos. Una de ellas le inoculó en vena el amor por las imágenes y le ayudó a conseguir su primera cámara de segunda mano. Tuvo que poner bastantes copas por las noches para pagarla sin pedir nada a sus padres, pero cuando la tuvo en sus manos sintió la llamada. La fotografía digital la catapultó a otro nivel y al ganar varios premios supo que esa era su vocación, aunque terminó la carrera por la presión familiar. De sus fotografías se decía que conseguían reflejar lo que otros no eran capaces.

La fotografía de la niña afgana de Steve Mcurry se convirtió en su estrella polar y unicornio de referencia. Se planteó trabajar con alguna agencia internacional y lanzarse a la aventura, viajar y conocer mundo, pero en el último momento le asaltaron el miedo y las dudas y eligió lo cómodo, la oferta del periódico, volver a casa, no arriesgarse.

Cualquier otro tema le hubiera ido bien, pero la maldita pandemia la tenía bloqueada, era incapaz de lograr imágenes sin sufrir y aquello nublaba su creatividad. Era su kriptonita particular. Cuando a través de la cámara intentaba enfocar las colas del hambre, los negocios cerrados, las fosas comunes o alguna UCI saturada de personas entubadas y en coma inducido algo sucedía. Mientras el visor de la cámara se tornaba negro, ella se quedaba en blanco y era incapaz de encontrar el enfoque adecuado. Una empatía que ascendía de sus entrañas la trastornaba y estallaba en sollozos que le impedían hacer su trabajo.

¿Cómo podía decir a su jefe que le era imposible traducir en imágenes los efectos de una bestia que se había llevado por delante a su abuela en una residencia y a sus padres en casa dejándola sola ante la tragedia? ¿Cómo podía hacerles ver que en apenas unas semanas su familia había desaparecido, que veló sola a sus padres en un triste tanatorio y que ni siquiera pudo hacer eso por su abuela porque estaban confinados y estaba en otra provincia?

Por instinto sacó su móvil y consiguió captar el juego de luces que un sol a punto de ponerse producía en el rosetón de la catedral.

El problema no eran las imágenes

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 26 de octubre de 2020.

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Pipo

Mamá nunca me cree. Dice que me invento las cosas y que no tengo que mentirle, pero yo jamás hago eso.

Cuando le conté lo de Pipo, el que vive en mi armario, vino a mi habitación y la inspeccionó. A continuación, me miró con esa cara que pone cuando alguien le lleva la contraria. Con las mejillas coloradas y las cejas apuntando hacia su pelo. No hubiera hecho falta que añadiera nada más, pero me llamó fantasiosa. Eres como Antoñita la fantástica, me dijo, y vas a tener muchos problemas en la vida como no cambies.

Solo insistí otra vez y me gané un día sin postre. Había natillas, de esas que me gustan tanto, con una galleta María en el centro y sobre ella, como una nube o un montoncito de nieve, clara de huevo batida.

Ahora ya no le cuento nada, pero Pipo sigue aquí y cada vez se porta peor. Ayer le vi coger de la cocina el cuchillo más grande y observar un rato a mamá mientras dormía la siesta en el sofá, acunada por el serial de la tele.

Tendría que decírselo, pero como ella piensa que todo son imaginaciones mías no se lo voy a repetir. Hoy hay helado de chocolate de postre. 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 16 de noviembre de 2020.

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Travelling de una vida recuperada

Entre nubes: Plano general

Creció cerca de las nubes y un poco en ellas. Aparentemente no le afectaba nada, era libre y etérea, casi sutil.

Creció feliz y sin problemas, maduró y se hizo mujer casi sin dejar de ser niña. Pasaba el tiempo observando el mundo desde fuera, desde su atalaya protegida y cómoda, sin mojarse ni implicarse. La vida mancha, decía cuando la acusaban de estar siempre ausente.

Nadie recordaría su paso por el mundo. Su único legado serían las huellas del roce de sus pies en la gran piedra blanca junto a la orilla del lago alpino. Allí, cerca del cielo, observaba el triángulo alado de las ánades al migrar hacia el sur sin hacer nada, sin ofrecer apenas resistencia al paso del tiempo. Raudas y geométricas flechas negras atravesando blancas nubes algodonosas como panza de burro.

Como en una comedia de cine clásico, el artista consagrado dejó la gran ciudad en busca de inspiración y la encontró a ella. Madurez e inocencia casan bien en determinadas ocasiones.

Las cosas no siempre suceden como deseas y la vida te sacude para desperezarte. Unas veces con amor, otras sin él. Sus paseos dejaron de ser en solitario, aunque a veces una pareja no suma, sino resta.

Metamorfosis: Plano medio

Se convirtió en su musa, abandonó su plácida vida sin mirar atrás y se fue con él. Sustituyó las cumbres por un coqueto apartamento en la ciudad. Cambió sus paseos por las compras, las nubes por el tráfico, el lago por las aceras y el asfalto de la gran ciudad.

Al principio todo eran risas y besos, pero con el tiempo la relación cambió. La comedia se agrió y se transformó en drama. Ella dejó de ser una observadora para convertirse en una sufridora. Él dejó de prestarle atención, salvo cuando necesitaba llevarla del brazo y exhibirla en eventos y actos sociales, como un exótico trofeo. Sus creaciones y sus tertulias siempre eran lo primero. Ella se consumía entre vacíos y aburrimientos mientras se transformaba en una mujer florero. Entre cuadros y recepciones dejó de ser feliz y su sonrisa desertó

Poco a poco fue desvaneciéndose, fundiéndose en el decorado, hasta que un día dejó de existir salvo en las fotografías y los lienzos. Su espíritu se rindió durante un interminable momento en el que incluso pensó en soluciones drásticas y sin retorno, pero el recuerdo del lago y sus nubes la salvaron in extremis.

 La salvación: Primer plano

Creyeron que había desaparecido, que se había suicidado arrojándose al lago junto al que era feliz. Incluso hubo quien aseguró que la habían secuestrado y que su marido se había negado a pagar un rescate.

Nada era cierto, la realidad era mucho más banal. Harta de aquella sociedad mediocre que no le aportaba nada, saltó por la borda, metafóricamente hablando, y cambió de vida.

Vagando por la ciudad llegó al extrarradio. Nunca te acerques allí, le habían dicho, es muy peligroso, hay mala gente. Sin embargo, lo que encontró en una diminuta plaza fue a unos niños jugando felices. Unos ojos vivaces, a pesar de las necesidades, la cautivaron y volvió a ser ella misma y no un apéndice decorativo de otra persona.

Halló otra ciudad dentro de la ciudad. Un barrio que no se parecía en nada a aquel en que vivía. Un lugar quizá sucio y maloliente, pero donde la gente estaba viva e incluso era feliz. Un lugar donde personas de todas las razas comparten el hambre y la miseria, pero los niños sonríen jugando con lo que desechan los beneficiados por la fortuna.

Dejó su apartamento del centro y se llevó poco más que la fotografía de su lago alpino. Vive en una casa okupada y toda su vida cabe en una mochila. En el siguiente desahucio se encadenó con los vecinos y recibió porrazos de la policía, porrazos que la despertaron y la sacaron del estupor existencial donde se había mantenido hasta entonces.

La podéis encontrar, alegre e inquieta, arrimando el hombro en las colas en los bancos de alimentos que conoce por primera vez. Incluso ayuda a los más miserables a rebuscar en los contenedores de las grandes superficies, sujetando la tapa y evitando accidentes, sin importarle el olor o la suciedad. Ha cambiado el Chanel nº 5 por felicidad y los Carolina Herrera por sonrisas. Ni en sus montañas ni en su coqueto apartamento era consciente de ello.

Los estudios de medicina que abandonó por falta de motivación ahora son útiles. En un pequeño dispensario improvisado, presidido por la fotografía de su lago, cura cortes, alivia torceduras o venda luxaciones con los escasos medios disponibles. Mientras, tararea canciones a los niños o tranquiliza a las embarazadas. Sus escasos conocimientos, unidos a su enorme interés, representan mucho donde no había nada. Ahora sabe que no es necesario abandonar el país para ayudar, allí también la necesitan. Ellos la han adoptado sin hacer preguntas y se ha convertido en una más, compartiendo su pobreza, la llaman «la sanadora».

Ha vuelto a soltarse el pelo y su melena indómita la representa. Vuelve a pasear feliz, a reír a carcajadas, a sentirse viva y necesaria, incluso a amar a aquellos niños que no tienen nada más que enormes ojos y sonrisas. Esos niños que la rodean continuamente como polluelos alrededor de una clueca. Al verla las mujeres la abrazan, los hombres la respetan y la protegen, ya nunca se siente sola.

Algunas veces, cuando su mirada se pierde en los ojos insondables de los niños, vuelve a ver las nubes y el lago donde era feliz, donde no necesitaba nada.

Él nunca ha tratado de encontrarla.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 19 de octubre de 2020.

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Venganza demorada

Debió de ser la anestesia, porque se volvió loca. Al inyectársela todo parecía ir normal, pero algo cambió.

En un momento en que el doctor se volvió para acceder al instrumental, ella se irguió en el sillón y con un movimiento felino asió con sus manos la garganta del galeno, que no pudo reaccionar a tiempo por lo sorpresivo de su ataque.

—Marina, me está ahogando, ¡suélteme por Dios!

Ella no aflojaba mientras desde lo más profundo de su garganta emitía unos sonidos guturales que no parecían humanos. La presa iba haciendo mella y la piel del doctor comenzaba a adquirir tonos rojizos cada vez más intensos.

—Voy a llamar a la enfermera —dijo él intentando desprenderse de aquella tenaza humana que amenazaba con asfixiarlo.

—¡Jamás te lo voy a permitir! ¡No volverás a hacer daño a nadie! —gritó ella mientras se afirmaba sobre la silla para poder ejercer más fuerza.

—¡Susana, por favor, ayúdeme! ¡Llame a la policía y a Emergencias! —gritó el dentista con una voz que comenzaba a quebrarse por la falta de oxígeno.

Haciendo un esfuerzo consiguió levantarse y aproximarse hacia la puerta, con la paciente colgada de su cuello y sin aflojar la presión. Cuando apenas le quedaba un metro para alcanzarla, se desplomó y ella cayó sobre él inerte, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Sus manos, sin embargo, no abandonaron el cuello de su víctima.

Al otro lado de la puerta y cuando todavía se escuchaba gritos, la enfermera cogió una jeringuilla nueva, la cargó con el resto de la anestesia que quedaba en la ampolla que habían utilizado la primera vez y esperó.

Al cesar los gritos entreabrió la puerta y comprobó que ni el doctor ni la paciente estaban conscientes. Entró en la sala y con mucho cuidado inyectó ese resto de anestesia en la encía de Marina, antes de salir y cerrar de nuevo.

Con precaución, depositó esa jeringuilla y el vial vacío de anestesia en el contenedor sanitario. A continuación cogió la jeringuilla que habían utilizado para anestesiar a la paciente la primera vez, la vació en el fregadero y limpió este a conciencia con jabón. Después de retirar la aguja, metió ambas cosas en una bolsa junto con la ampolla de Xeridol, el medicamento que había añadido a la anestesia inicial y lo guardó todo en su bolso. Si no se buscaba expresamente, el Xeridol no aparecía en los análisis toxicológicos habituales. Si había transcurrido tiempo suficiente, no aparecía incluso buscándolo expresamente.

El Vademécum era taxativo, jamás se debía mezclar la Xeridina, el principio activo del Xeridol, con anestésicos, porque provocaba delirios, alucinaciones y violencia desmedida hacia las personas de alrededor.

Sin apresurarse, llamó a Emergencias y abandonó la consulta.

En los noticiarios del día siguiente no se hablaba de otra cosa que del asesinato del dentista. La mayoría destacaban que su presunta asesina había sido la testigo que le libró de una larga condena por abuso sexual a una menor, que posteriormente se había suicidado. La policía buscaba a la enfermera para interrogarla, pero había desaparecido y todos sus datos eran falsos.

En un pequeño nicho del cementerio local habían depositado unas flores con una dedicatoria: «Ya puedes descansar en paz, hija mía».

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 17 de octubre de 2020.

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La carta no escrita

Juan llevaba raro toda la semana. Se le veía taciturno y melancólico, como desnortado. No sabíamos qué le pasaba y él no respondía a nuestras preguntas sobre su estado.

Una tarde, al volver del trabajo, rebuscó por los cajones del salón hasta que encontró una libreta que ya dábamos por perdida. Aquella humilde libreta de espiral guardaba sus dibujos y algunos intentos fallidos de escribir un poema. Eso lo supimos cuando la dejó olvidada encima de la camilla antes de irse a dormir y la fisgamos de forma subrepticia, con el agravante de nocturnidad y alevosía.

Hacía tiempo que la habíamos perdido de vista y estábamos seguros de que la había destruido, pero al parecer solo la había guardado en un lugar diferente al habitual. Tan diferente que ni él mismo recordaba dónde.

El viernes por la tarde después de echarse un rato de siesta, puesto que ese día solo trabajaba por la mañana, su actitud cambió. Irguió los hombros, cogió la susodicha libreta y un bolígrafo y se sentó a la mesa camilla frente a la ventana que daba al paseo. Como el otoño ya estaba avanzado se cubrió las piernas con los faldones. Aunque bajo la mesa no había ninguna fuente de calor, quizá eso le daba confianza.

Abrió la libreta, buscó una página en blanco a la derecha, puso la fecha en el borde superior derecho y apoyó el bolígrafo de nuevo sobre la mesa. Le vimos titubear, mesarse los cabellos y frotarse las manos durante un rato hasta que, de repente, se levantó, guardó libreta y bolígrafo y se marchó a la calle hasta la noche.

El sábado por la tarde se repitió la misma rutina, con el mismo resultado, pero por sus gestos notamos que el valor para ponerse frente al papel en blanco iba disminuyendo.

Llegó la tarde del domingo y animado por el par de «marianitos» que se había tomado con los colegas antes de comer y la media botella de vino con la que ayudó a bajar la comida, se enfrentó de nuevo al vacío blanco del papel. Esta vez escribió algo más, pero no pudimos ver qué era porque su espalda nos lo ocultaba. Parecía que esta sería la definitiva, pero tras un momento de inactividad se levantó y como una furia rompió la libreta en pedazos diminutos que arrojó al cubo de la basura antes de salir de casa dando un portazo.

Nos costó un poco reconstruir la hoja, pero pudimos hacerlo. Bajo la fecha había escrito una simple frase, que sin embargo era toda una declaración de intenciones: «Queridos padres».

Quien os diga que los fantasmas no tenemos sentimientos, miente. Unas enormes lágrimas invisibles humedecieron nuestras invisibles mejillas al saber que no nos había olvidado y que incluso quizá nos había perdonado.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 14 de octubre de 2020.

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A lo garçon

María tenía la esperanza de que esta vez la historia fuera distinta. Nueva ciudad, nuevo colegio, nueva actitud. No tenía otra pretensión que la de ser feliz, sentirse acogida, integrarse. Sus padres se habían sacrificado y trastocado sus vidas para que lo consiguiera.

Volvía a ser la nueva del grupo y apenas sin hablarle o concederle un margen de cortesía para conocerla ya la demonizaron. A diferencia del resto de las chicas, con abundantes melenas y cuidados estilismos, era un poco desaliñada y llevaba el pelo como un chico. Al cortárselo, su abuela le explicó que  a mediados del pasado siglo ese estilo de peinado se llamaba «a lo garçon» y no todas se atrevían a hacérselo, solo las mujeres independientes y valerosas.

Apenas habían pasado unos días desde su llegada,  cuando en una de las clases María se aproximó a Julia, su compañera de pupitre, para comentarle algo al oído, apoyándole la mano en el hombro de la forma más natural. Esa aproximación no tardo en ser malinterpretada con saña. Comenzaron las maledicencias, los comentarios y las miradas furtivas al considerar que no había respetado la distancia física que su doble moral consideraba adecuada. No era como ellas y la criticaban por ello, mientras le impedían serlo. La tragedia se repetía de nuevo, aunque con actores y decorados diferentes.

Sabiendo lo que le había sucedido en otros lugares, debería haber evitado cualquier gesto que pudiera interpretarse de forma aviesa, pero le resultaba casi imposible. Ella era natural, cercana y sin doblez o segundas intenciones, pero el ambiente que la rodeaba era todo lo contrario.

Chicazo o machirulo fue lo menos ofensivo, pero en los corrillos y cuando no estaba presente circularon otros calificativos más descriptivos y excluyentes como bollera, tortillera o lesbiana.

No tardó en darse cuenta, siempre sucedía igual. El grupo no admitía las disidencias y expulsaba a los diferentes de forma brutal, sin posibilidad alguna de indulto o amnistía. No hay nadie más cruel que un adolescente en grupo, que se cree en posesión de la verdad.

Ya estaba agotada de tener que explicar o justificarse, de bajar la cabeza y transigir, de someterse a las reglas del grupo. Era como era y punto, tenía todo el derecho del mundo para ello. Si les gustaba, bien, si no, a hacer puñetas.

Pero según pasaba el tiempo, la soledad y la presión sobre ella fueron minando su espíritu, ya debilitado por otras peleas, por otras derrotas. La intransigencia se había cobrado una nueva víctima.

Cuando encontraron su cuerpo al pie del viaducto, el periodista encargado de la crónica solo destacó su corte de pelo a lo garçon.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 5 de septiembre de 2020.

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Un barrio frontera

Unas señoras con la tradicional bata de andar por casa se cruzan con los extranjeros que habitan en alguna de las casas rehabilitadas del barrio, convertidas ahora en apartamentos turísticos de corta estancia. Rubios y despistados deambulan como pingüinos en el desierto, desubicados y desorientados en una zona que jamás fue turística.

La gente se saluda por la calle y todavía se pueden ver personas tomando el fresco en el portal, esquivando los coches en aquellas calles estrechas y desprovistas de aceras.

La agradable homogeneidad del barrio, caracterizada por las imprescindibles persianas mallorquinas verdes, se ve truncada, más veces de las deseables, por aberraciones urbanísticas fruto de pelotazos o de la falta de supervisión endémica del Mediterráneo turístico. Salvo esas tristes discontinuidades, el urbanismo podría asemejarse al de Pombal en Lisboa o al de Haussmann en París, aunque en una versión más modesta y popular.

Si el calvinismo hubiera sido la religión oficial en Mallorca, en lugar del catolicismo papista, las ventanas de las viviendas de planta baja, la gran mayoría del barrio, permitirían observar la vida que se desarrolla en su interior. En vez de eso, todo parece hibernar sin diferenciar estaciones ni épocas del año. Vida en clausura manteniendo siempre ocultas las penas y las alegrías, los nacimientos y las defunciones.

Sin embargo y como haciendo un guiño, algunas persianas entornadas nos permiten vislumbrar escenas cotidianas. Un anciano dejando pasar la vida recostado en una butaca desde la que puede verse la calle o una mujer pasando la fregona a un suelo de baldosas, típicas de otros tiempos ya pasados. Una parroquia vecina todavía da las horas con sus argentinas campanas, regulando un tiempo con regusto de otras épocas.

Barrio de frontera con alma de pueblo, rodeado y asediado por altas edificaciones y manadas de coches que ocupan cada uno de los escasos espacios libres. Al otro lado de la amplia calle de tráfico bullicioso comienza otro mundo. Otros barrios que nuestros padres nos ordenaban evitar por sistema. El lumpen, lo diferente, la pobreza, el peligro acechante.

Como si de una frontera se tratara, la calle separa colores y matices de piel, criminalizando lo diferente. Lo oscuro es el peligro, subyace en el mensaje atávico y xenófobo, tristemente resucitado por fantasmas que emergen de las cloacas de una historia mal rematada.

Paradójico mensaje viniendo de una sociedad amalgamada por el aluvión y la hibridación de las razas y pueblos que han cruzado el Mediterráneo y sus tonalidades étnicas.

Casitas bajas con patio. Sin duda una mejora considerable para los payeses que, a finales del XIX, dejaban el interior y su dedicación de sol a sol a unas tierras ajenas por salarios de hambre y sin derechos, para intentar mejorar en la capital. Los ensanches, símbolo de liberación, de burguesía y de mejora en un sistema de castas. Ese sistema, capaz de seguir recordando y humillando todavía a los descendientes de alguno de los quince apellidos malditos, expuestos para escarnio público por la Inquisición en el Monasterio de Santo Domingo, hace casi cuatro siglos. Siglos de infamia y estigma que ahora se trasladan a otras víctimas sin más delitos que su pobreza, su incultura o su nacimiento en un país equivocado.

Barrio tornasol de colores y sonidos. Abanico de idiomas, de vestimentas y costumbres que conviven en armonía. Nuevos negocios sustituyen a los clásicos, que se agostan y mueren, incapaces de adaptarse a las nuevas modas y gentes.

Al anochecer, el silencio estival solo se ve turbado por ladridos ocasionales o el ruido del tráfico que va disminuyendo según pasan las horas. Cuando regreso de depositar la basura en la zona de contenedores, una escena ilumina mi mente y evoco con cariño los corrillos a la fresca, en las aceras de los pueblos de mi infancia.

Conversaciones intrascendentes al haber niños delante, mientras las manos de mayores y pequeños se afanaban en despojar a las almendras recién cogidas de su ya reseca capa  externa. A falta de televisión, conversación. Mientras, la jarra de agua fresca endulzada con un poco de anís pasaba de mano en mano para refrescar las gargantas y animar a continuar con la faena. Las almendras se convertirían posteriormente en el delicioso turrón casero de las siguientes navidades o servirían como muleta de las escuetas economías familiares si el año había sido bueno. Economía de subsistencia, aprovechando todo y sin permitirse derroches, impensables en aquellas épocas.

El sonido de uno de esos abominables engendros para reproducir la música de los móviles, contaminando la antes tranquila noche, me devuelve a la realidad de forma brusca. Ya no estoy en un pueblo de interior a mediados del siglo pasado, sino en un barrio de frontera en mitad de la pandemia. Me ajusto la mascarilla mientras me dirijo al que ha sido mi refugio provisional a la espera del retorno a mi casa y mi rutina.

Al final de una calle estrecha, una cruz iluminada en una pequeña hornacina comparte protagonismo con una troupe de enanos de jardín anacrónicos, alumbrados por lámparas solares adquiridas en un establecimiento de esa compañía nórdica de productos con nombres impronunciables que ha colonizado nuestras vidas y haciendas, a pesar de la diferencia de costumbres.

Al apagar la luz para dormirme, un helicóptero de la policía sobrevuela el barrio. La frontera puede manifestarse de muchas maneras.

Apenas unos minutos en coche separan ese peculiar microcosmos de un paseo marítimo trufado de yates y que es el escaparate del lujo y la ostentación más vergonzosa. Embarcaciones exageradas frente a renta mínima. Excesos frente a necesidades. Mediterráneo de ricos y pobres, de cruceros y pateras, de hambre y cenas en restaurantes de lujo frente a la bahía solo para VIP,s. Un mar que antes transportó cultura y ahora engulle vidas mientras todos miramos hacia otro lado sin esfuerzo ni remordimientos. Frontera y contrastes, cultura y excesos con el mar al fondo.

Los nuevos negocios confirman la idiosincrasia fronteriza del barrio. Mientras desaparecen hornos de pan, talleres mecánicos o colmados, florecen bazares, salones de estética y locutorios hibridados con supermercados mini. La hostelería mantiene su preeminencia, pero no es extraño hallar establecimientos propiedad de asiáticos, donde te ponen una tapa de embutido «ibérico» y ostentan denominaciones tan castizas como «Mariana la del Jamón».

Anchas avenidas acotan un laberinto de callejas donde la altura de construcción raramente supera una planta, salvo las aberraciones. Al otro lado de esas avenidas crecen los edificios a modo de murallas, preservando el barrio como un tesoro apenas conocido.

Antonia nació con la guerra, en concreto en junio de 1937. Sus padres habían emigrado a la capital y con lo que les dieron malvendiendo sus tierras y una casa en el pueblo, montaron un pequeño colmado en una planta baja, habitando ellos la planta superior. El inmueble se lo alquilaron a una de las familias pudientes, propietarias de la mayor parte de los del barrio.

Jugó por sus callejas y realizó sus estudios primarios mientras en el mundo se libraba la continuación de una guerra iniciada en España, donde la mayor parte de la población pasaba hambre y necesidades a pesar del estraperlo. Al dejar la escuela pasó a ayudar a sus padres, como no podía ser de otra manera.

Mientras la ciudad crecía alrededor del barrio, conoció a un muchacho, Colau, se casaron y tuvieron dos hijos que al crecer abandonaron ese entorno en busca de una vida mejor.

Una dolorosa pero breve enfermedad se llevó a su marido, como antes a sus padres, y se quedó sola. El negocio ya no era rentable y lo traspasó. Ahora es un local de apuestas, de los que infestan los barrios menos pudientes de todas nuestras ciudades a la caza de la necesidad que emana de la miseria.

Con sus ahorros y una pequeña hipoteca pudo comprarse una planta baja con un pequeño patio, donde pasa las horas cuidando de sus plantas y hortalizas. «Nací en este barrio y en él moriré», dice a quien quiere escucharla. Menuda y enjuta como un ratón de campo, se la puede encontrar a primera hora de la mañana por las calles del barrio cuando va a hacer la compra y aprovecha para estirar las piernas que la artrosis ya retarda.

Algunas tardes va a visitar a sus hijos o aprovecha para bajar al centro, repleto de turistas y muy diferente del que conoció en su juventud. A ella no le preocupa, su barrio sigue siendo un remanso de paz, tan tranquilo que incluso puede sacar una silla a la calle para tomar el fresco sin que la atropelle un coche.

Ya casi no queda ninguno de los antiguos vecinos, pero ha hecho nuevas amistades que le hablan de tierras muy lejanas y experiencias más o menos dramáticas hasta llegar a este primer mundo que hace agua y empieza a resquebrajarse por sobreexplotación y falta de mantenimiento.

Mañana será otro día, piensa al acostarse sin temor alguno a no despertar. Sabe que aquí lo ha hecho lo mejor que ha sabido y que si hay algo al otro lado no podrá ser peor que lo de este. En el silencio de la noche, el petardeo de la moto de un adolescente parece un sacrilegio.

Por su escaso porte no le cuesta demasiado moverse, a pesar de que la artrosis cada día la limita mas. Desde que murió Colau, su marido, se las ha apañado sola, aunque los años comienzan a pesar. Hace unos meses se llevó un pequeño susto que no ha contado a sus hijos para no alarmarlos y porque el episodio tuvo un final feliz.

Estaba intentando colgar unas cortinas, subida a un taburete, cuando perdió el equilibrio y cayó de forma aparatosa. Al hacerlo se golpeó la cadera en un aparador, lo que la hizo gritar de dolor.

Como era verano y tenía las ventanas abiertas, alguien que pasaba en ese momento por la calle la oyó y se asomó para preguntar si podía ayudar. Aunque en principio ella se asustó un poco por las pintas de su presunto salvador, la necesidad pudo más. El buen samaritano entró por la ventana, la ayudó a levantarse y se quedó con ella hasta que llegó el personal de emergencias que habían avisado por si acaso.

Todo se quedó en un susto, pero fue el inicio de una curiosa amistad entre Antonia, la anciana mallorquina y Ngosi, su vecino, un senegalés negro azabache, grande como un castillo y con unas enormes rastas que acababa de alquilar la casa de al lado.

El nuevo vecino había cruzado el estrecho en patera y tras muchas penalidades, de trabajar de sol a sol por sueldos de esclavo y de dar numerosos tumbos por varias ciudades españolas había conseguido legalizar su situación y recalar en la isla. Aquí por fin podía dedicarse a lo que mejor sabia hacer, componer música de su país, que comenzaba a tener un cierto mercado y le permitía vivir, alternándolo con bolos como DJ y haciendo de extra en la hostelería cuando era necesario.

A Antonia le costaba pronunciar su nombre y generalmente lo sustituía por «Es cosí», que en mallorquín significa «el primo», aunque a él no le molestaba. Cuando estuvo un poco mejor le invitó a tomar un café y el correspondió a su vez con un té con hierbabuena en su casa, otra tarde.

A partir de ahí, al menos una vez a la semana se reunían en una de las casas y hablaban de lo divino y de lo humano. Ella le enseñaba cocina mallorquina y el elaboraba delicias africanas para corresponder. Antonia le hablaba de cómo había cambiado Mallorca en general y el barrio en particular y el africano le respondía contándole cosas de su tierra y de sus aventuras hasta llegar a Palma. También le ponía música, que aunque ella no entendía, le removía los entresijos y le hacía recordar los bailes y las verbenas de antaño a los que iba con Colau.

Un día ella se atrevió a probar uno de esos cigarrillos de aroma tan extraño que fumaba Ngosi de vez en cuando. Tras las primeras caladas y numerosas toses, un maravilloso bienestar la envolvió en sus brazos y la artrosis desapareció por arte de magia. Ese día Antonia durmió involuntariamente la siesta en el sofá de su vecino y al despertar, con los ojillos brillantes, le preguntó donde se compraba ese tabaco que le había sentado tan bien.

Ahora, un día a la semana se permiten fumar juntos el extraño tabaco, ella le cuenta historias y rondallas de la isla y el les pone música. Una música exótica y vibrante que, junto al peculiar «tabaco», consiguen que a ella le bailen los pies sin que la artrosis se lo impida.

La amistad de Antonia y Ngosi es una historia más de este barrio de frontera donde todo es posible.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Palma de Mallorca, 21 de agosto de 2020

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De deseos y temores: Testamento vital

morning-3544712_1920Escucho en mis auriculares las canciones del disco homenaje a Sabina, mientras observo, un poco a hurtadillas, los jóvenes cuerpos en una playa que el COVID ha vaciado comparándola con veranos anteriores.

A mi lado, en lo que podría parecer un club de vacaciones del Politburó, por la presencia mayoritaria de viejas glorias, un grupo de cotorras emperifolladas pasan revista a la actualidad. No se cortan lo más mínimo mientras repasan vida y milagros de políticos y figuras conocidas de la actualidad nacional, ensañándose especialmente en la pareja que se ha convertido en la diana del conservadurismo casposo, el vicepresidente y la ministra de igualdad. Sé que no debería extrañarme, cada verano se repite lo mismo, con las únicas variaciones debidas al trabajo de la parca, que ha sido destajo estos últimos meses. También sé que cada verano pienso lo mismo: cuando sea mayor odiaría convertirme en uno de ellos.

No quiero que mis conversaciones se limiten a la crítica ni dictar dogmas de fe, los cumpla o no. No deseo la miopía impostada que concede una senectud burguesa, ni convertirme en un faro y referencia de conocimiento y virtudes.

Quiero seguir escuchando a Fito y emocionándome con Llach, aunque sea independentista. Quiero que mi mirada sea capaz de encontrar estímulos nuevos y maravillosos cada día, aunque gruña de vez en cuando, que me lo he ganado con creces.

Quiero seguir militando por la vida y, de virar, que sea siempre hacia estribor, demasiados lo hacen en sentido contrario para mi gusto. No quiero juzgar ni que me juzguen, no quiero mantenerme en silencio, sino manifestarme, con o sin pancartas.

Y aunque ya las jovencitas me traten de usted, no quiero escandalizarme de sus piercings, tatuajes o estilismos, es la escasa parcela de libertad que mantienen frente a una sociedad que ignora y estigmatiza a esta juventud, tan diferente de las anteriores.

Quiero tener derecho a discrepar y a tener mi opinión, aunque sea equivocada. Quiero que todos puedan disentir, aunque su parecer sea contrario al mío. Para eso luchamos y sufrimos, aunque parece que a muchos se les haya olvidado y a otros, como a mis vecinos de mesa, todo lo que ocurrió desde el 75 del siglo pasado sea una aberración sin sentido ni legitimidad.

Quiero no olvidar mis referencias en un mundo que cada vez las relativiza más y que propugna que las ideologías han muerto, mientras el gran hermano nos vigila a todos.

Quiero seguir cumpliendo años, pero con calidad, que en cuestión de supervivencia la cantidad no es lo prioritario. Y mientras la tecnología supla a mi memoria caduca y a una sordera incipiente, seguir pensando que, como decía Fidel, «un paso atrás, ni para coger impulso».

Lo único que quiero perder, con la edad, es la escasa vergüenza que aún me queda. El resto, pelo incluido, es solo biología imparable.

Quiero mantener mi ritmo, mi tempo y que me lo respeten, como yo respeto el del resto, apartándome a un lado para dejar pasar a los que tienen prisa por llegar antes a ninguna parte.

Quiero mantener mi capacidad de empatía y no sucumbir ante la esclerosis de la moral fácil del que lo tiene todo y es incapaz de comprender a los que no tienen nada. Quiero ser capaz de solidarizarme con quienes no teniendo casi nada, exigen derechos y lugar en la mesa del reparto de la riqueza y las comodidades globales.

Quiero seguir siendo el viejo irreverente y anarquista que perdió sus filtros al rebasar la barrera de los sesenta. Un verso suelto, un viejo pino junto al mar que ve pasar la vida mientras se inclina poco a poco hacia el Mediterráneo a la espera de una muerte dulce e indolora, atraído por el espejismo de unas olas tranquilas barriendo una cala diminuta y escondida desconocida para los turistas.

Y cuando llegue el final no quiero lagrimas sino whisky y alegría. Mi última solicitud, recordando al valiente irlandés Robert Boyd que murió con Torrijos en las playas de Málaga, sería que alguien entonara «Danny Boy» en su memoria.

Antes de disolver el evento y que se marchen todos a casa, espero que tristes y ebrios, recordar a Rafael del Riego y Flórez y que la música de su himno suene sin vergüenzas ni ataduras, reclamando un futuro que quizá nunca exista.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Palma de Mallorca, 15/07/2020

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