Mi barrio

Mi barrio está escalonado. A medida que subes en la escala social, asciendes en la colina.

También los acabados son importantes y cuentan historias. Las paredes de ladrillo anuncian pobreza, las enlucidas y encaladas, posibles. Algunas en lo más alto rompen la tendencia, pero cerca del cielo rigen otras normas. A veces demasiada apariencia es peligrosa y genera envidias y traiciones.

Las calles estrechas suben, rectas y empinadas hacia la zona noble. Los coches no pueden subir, la policía tampoco lo intenta. No es necesario, los cohechos llegan igual.

Rojo, amarillo y pardo dominan un paisaje variado y multicolor. Las terrazas, como cejas, delatan el estado emocional. Si están vacías, hay problemas, si están llenas, festejos. Cejas y música van de la mano, el silencio preludia muerte.

El agua desciende la colina y encharca las zonas bajas, las casa de los pobres. Allí sí que llega el brazo de la ley, aunque sea por delitos leves. Barracas de madera y humedad que atrapan para siempre, grilletes de pobreza y servidumbre.

Antes había una escuela, pero daba mal ejemplo y se quemó. No se puede cambiar lo que siempre fue así. Abajo y arriba, cielo e infierno, poder y muerte.

En lo alto, las antenas de satélite indican quién manda, quién es y quién no es. En eso, el tamaño sí importa. Fútbol y reguetón son la nueva cultura.

Por las noches apenas hay luces, las bombillas, como los sueños, se rompen para ocultar tráficos variados.

La conquista de una parcela junto al cielo se paga con sangre ajena y por encargo. Me harté de tener siempre los pies mojados y temer a la policía. Ahora vivo arriba y me tratan con respeto.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 14 de marzo de 2021

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A su manera, pero por triplicado

Tras el aparatoso accidente ocurrido en la intersección de la Calle Mayor y la del Duque, la policía tomó declaración a diferentes testigos para intentar discriminar la culpabilidad de los conductores implicados.

Rodríguez, agente experimentado, decidió hacerlo in situ, porque su experiencia en situaciones similares le demostraba que los testigos se desvanecían o lo que habían visto y oído se trasmutaba.

Pidió ayuda a un compañero, que seleccionó a las cuatro personas más cercanas al suceso y les pidió que esperaran a su lado, sin comentar entre ellos nada de lo sucedido, para evitar contaminaciones.

De uno en uno se acercaban a la furgoneta de atestados, donde Rodríguez había montado su cuartel general.

El primero era un adolescente que venía de hacer skate, con los bermudas más bajos que la cintura y unos aparatosos auriculares naranja en el cuello.

—Yo estaba con los cascos puestos, tío, así que me di de napias con un par de bugas todo escacharrados junto a la esquina. Salía humo de sus tripas y aunque me asomé para junar si había algo de casquería sobre el asfalto, me quedé con las ganas. Vi a la peña acercarse y me quedé apoyado en una farola para contemplar el espectáculo. Igual había suerte y tenían que venir los bomberos para serrar los coches y sacar a los de dentro.

Ante el aroma a “eau de costo” que emanaba aquella buena pieza, Rodríguez lo consideró un testigo poco fiable, por lo que pasó al siguiente.

La señorita que subió a la furgoneta casi consigue desconcentrarle antes de hablar.  Rubia y divina de la muerte, parecía un anuncio de Loewe animado. Tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de admirarla y congratularse de su suerte antes de hacerle la misma pregunta que al testigo anterior.

—Verá, señor agente, yo venía de tomar el té con mi amiga Cayetana, la de los Garcés Nosecuantitos de toda la vida. Habíamos estado en el brunch del salón VIP del Palace, que entre semana está maravilloso, no como los findes que se llena de gentecilla que solo tiene dinero, porque cuando repartían la clase llegaron tarde. Como le iba diciendo, venía hablando por mi Iphone de última generación con Caye, cuando escuché un tremendo sonido y divisé dos vehículos completamente proletarios y demodés que habían chocado. Todo era suciedad y olor nauseabundo, por lo que cambié de dirección y me acerqué a la boutique de mi amiga Cuca, aquí cerquita. Tiene una ropa monísima y mi tarjeta necesitaba tomar un poco el aire.

Tras esa bocanada de Channel nº 5, el siguiente testigo impactó al agente, aunque no de forma positiva.

—Señor agente, vaya castañazo se han pegao estos pedazo de burros. Mira que ya me lo veía yo venir. Uno parecía que iba a apagar un fuego y el otro estaba echándole el ojo a las piernas de una señorita con minifalda. En resumen, testarazo y todo a tomar por donde amargan los pepinos. Si manejara así el tractor ya me habría cargado más de una vaca. Si ya se lo digo yo a mi parienta, no se puede bajar a la capital que te juegas la vida en ca esquina.

Tras ventilar el reducido espacio del olor a vaca que había aportado graciosamente el testigo, Rodríguez hizo unos ejercicios de meditación para tranquilizarse antes de mantener la que sería la última entrevista previa a la elaboración del correspondiente informe por triplicado, como exigían las normativas pertinentes.

El último testigo era un varón de mediana edad que vestía con cierta elegancia. “A ver si este me aclara algo”, pensó para sí.

—Buenas tardes, agente, soy Gumersindo Pi, ingeniero industrial y profesor titular de la Escuela Superior de Ingenieros de esta nuestra hermosa ciudad. Me dirigía hacia mi casa tras una jornada de intenso, aunque fructífero trabajo, cuando ha pasado por mi lado un vehículo gris plateado de matrícula EH 4722 que circulaba a una velocidad media de 70 kilómetros por hora. Como evidentemente conoce, esa velocidad supera la velocidad máxima permitida por el reglamento de conducción de vehículos en vías urbanas. Al llegar a la esquina, con una aceleración superior a dos metros por segundo, ha impactado con otro vehículo, golpeándolo por el lateral derecho y haciendo que dicho segundo vehículo modificase su trayectoria con un ángulo superior a 45 grados. A resultas de la colisión, se ha producido un incendio de los motores que ha emitido gases nocivos a la atmósfera incrementando el efecto invernadero. Tenga mi tarjeta y no dude en contactar conmigo si puedo ser de utilidad como perito experto.

Dudando entre cortarse las venas o dejárselas largas, Rodríguez finalizó el informe. Tras entregarlo en comisaría y pasar por el vestuario para cambiarse de paisano, se dirigió a su lugar preferido de «La Manuela» donde empalmó veinte tequilas reposados para calmar sus maltrechos nervios.

“Esto no es lo que era” y “por triplicado”, le escucharon murmurar entre dientes antes de caer desplomado sobre la barra.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 14 de marzo de 2021.

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Anochecer en Albuquerque

El ocaso llegó con su dulce olor a menta. Las luciérnagas comenzaron a desplegar sus alas iluminando las sombras rojizas que, poco a poco, se cernían sobre nosotros.

Yo tenía la garganta en carne viva. Llevaba todo el día hablando para intentar convencer a tristes amas de casa de que mi prosaica lavadora era lo que necesitaban para mejorar una vida insulsa y aburrida.

Ella, junto a un arbusto, me observaba con la misma expresión con la que una vaca mira una enciclopedia, huera, vacía, que sin embargo no menoscababa una salvaje, aunque serena, belleza. La manta que cubría sus hombros había resbalado y se asemejaba a una de aquellas criaturas maravillosas de los impresionistas que tanto amaba.

Me acerqué a ella y la tomé de la mano. En una cafetería cercana, la luz de los fluorescentes hizo que sus pecas destacaran como pequeños rubíes sobre una piel pajiza requemada por el sol del sur. Pedimos croquetas, pastel de manzana y un helado. Las croquetas me recordaron a las que preparaba mi madre en una vida anterior ya olvidada o quizá a las de un universo paralelo.

En el supermercado del otro lado de la calle comenzaba el trasiego nocturno. Tristes e impersonales almas sedientas de alcohol acudían protegidas por la oscuridad para salvaguardar una identidad que no importaba a nadie.

Como en el diván del psicoanalista, le relaté mi vida y milagros mientras ella asentía y el helado le resbalaba por las comisuras de los labios. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para resistir y no limpiárselo con unos besos interminables con regusto a chocolate y fresa.

A pesar de mi garganta dolorida, le conté incluso lo de mi libreta de poemas, aquella que escondía en el fondo de mi patético maletín de viajante. La libreta en la que todas las noches enterraba mi frustración por una vida tan diferente a la que hubiera deseado.

Aunque no pronunció una palabra, no hizo falta, sus ojos reflejaron todas las respuestas, absorbieron todos mis miedos y los convirtieron en esperanzas. Al salir la luna la dejé en el porche de la casa que me indicó.  Antes de despedirnos, posó un dedo con elegante delicadeza en sus labios y luego en los míos.

No la he vuelto a ver, pero ese encuentro cambió mi vida. Ahora, cuando me pongo a escribir versos para el siguiente poemario, sueño con regresar a Albuquerque a buscarla.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 23 de febrero de 202

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Frío y garbanzos

—Agacha la cabeza y entra en el patrulla, muchacho, no te vayas a golpear y tengamos que hacer un montón de papeleo.

—No me empujes, madero, ya entro. — Le costó colocarse en el lugar que le ordenaban, al llevar los brazos engrilletados a la espalda como exige el protocolo policial.

—A ver, chaval, cuéntame cómo se te ha ocurrido hacer esa tontería, sabías que te íbamos a encontrar enseguida. Con tus características es imposible que pases desapercibido.

El albino miró por la ventanilla, como si de esa manera pudiera evadirse a otra dimensión y olvidar el incidente.

—¿No dices nada? Así adelantaríamos y al llegar a la comisaría podríamos tomarnos un café, que hoy hace mucho frío.

—Estoy harto de garbanzos y de frío, de frío y de garbanzos. Es lo único que conseguimos después de hacer horas de cola frente a la parroquia del barrio y encima tenemos que estar agradecidos.

—Eso puedo entenderlo, pero no es una excusa para robarle el teléfono y los auriculares a un turista. Ya sabes que están muy concienciados y lo primero que hacen es denunciarlo.

—Ya no podía más, necesitaba algo de dinero para poder llevar a mi familia algo mejor, al menos un día. Encima ayer nos volvieron a cortar la luz con la excusa de las plantaciones ilegales de «maría». ¡Siempre pagan justos por pecadores!

—Muy justo tú no eres, estarás de acuerdo conmigo. Te hemos pillado con las manos en la masa.

—Nunca había robado antes. Quizá haya cambiado de sitio alguna cosa, pero no era propiedad de una persona, solo de los malditos bancos.

—¡Vaya, esto es nuevo! Resulta que hemos detenido a Bakunin y no nos habíamos dado cuenta —dijo el policía en tono socarrón mirando hacia su compañero que conducía.

—Si los políticos en vez de utilizar tanta policía para proteger a los turistas dedicasen parte de ese dinero a ayudar a los pobres, quizá habría menos robos y las cárceles estarían más vacías.

—Estoy completamente de acuerdo contigo, pero, ¿has visto muchos políticos manchándose de barro los bajos de los pantalones por las callejas de tu barrio? —afirmó el uniformado pensativo y mirando hacia el infinito.

—Alguno, en las campañas electorales, pero salían perdiendo el culo después de la foto y estaban continuamente rodeados de pasma, como si les fuéramos a atracar. Con lo listos que aparentan ser podrían darse cuenta de que al cortar la luz a quienes están jodiendo es a los niños, que se mueren de frío, los traficantes tienen generadores.

Al aparcar junto a la comisaría los policías abandonaron el coche y ayudaron a salir al albino.

—¿Tienes hambre, chaval? Aquí al lado hay un tugurio donde preparan los mejores bocadillos de panceta con pimientos de la ciudad. Si me das tu palabra de que no vas a hacer cosas raras te quito los grilletes y nos acercamos. Luego ya haremos el papeleo. Juan, ¿vas entrando y preparándolo todo? —dijo dirigiéndose a su compañero—, no tardamos nada.

 

Al cabo de un rato el policía entró solo en la comisaría y se acercó a su compañero.

—¿Otro que se te ha «escapado»? —dijo Juan con media sonrisa en los ojos—. Manuel, eres un sentimental, no se puede ir por la vida intentando salvar a todo el mundo. Un día te van a pillar y vas a tener un problema.

—Qué le voy a hacer, bastante fastidiada tiene la vida ese muchacho como para añadirle más problemas. Seguro que ha aprendido la lección y no volverá a hacerlo.

—Ya, cuando lo vi y os escuché hablar supe que era uno de los «tuyos». Estaba esperando a ver cuánto tardabas en soltarlo. Ni siquiera he empezado a hacer los papeles, sabía que era tarea perdida, ya nos conocemos.

—¿Tan transparente me he vuelto? Voy a tener que preocuparme. Pero eso será mañana. Si no se fastidia el día a última hora, hoy voy a poder mirar orgulloso a mi familia a la cara y a dormir a pierna suelta.

—Lo que te había dicho, estás hecho un sentimental.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 4 de febrero de 2021.

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Alucinación espacial

Caíamos sin cesar y aparentemente sin control. El módulo, desequilibrado, se bamboleaba como una paraguaya en un huracán. Los tripulantes humanos se encontraban a punto de sobrepasar sus límites y desvanecerse por la fuerza de la gravedad.

Por fin John, el comandante, consiguió hacerse con el sistema manual, lo estabilizó y pudimos efectuar una reentrada en la atmósfera del planeta K277 en condiciones.

—Vaya susto —dijo Smith—, pensé que de esta no salíamos.

—Hombre de poca fe —contesté con la seductora voz que habían escogido para mí en esta misión—, estaba todo controlado, no iba a dejar que os sucediera nada malo. De peores atolladeros os he sacado.

El módulo fue perdiendo velocidad de rotación y de descenso y nos posamos sin demasiados contratiempos en una meseta ligeramente elevada desde la que podían verse, a lo lejos, montañas y valles de un color entre violeta y verde; que destacaban en la límpida atmósfera de aquel planeta al otro lado de las puertas de Tanhäuser.

—Habrá que bajar a la superficie con el equipo completo por si acaso —afirmó el comandante mientras se levantaba del puesto de pilotaje y accedía a la zona de almacenamiento de equipos—. No me acabo de fiar de la información disponible, que asegura que la atmósfera del planeta es respirable por los seres humanos. Hace demasiados años que alguien lo visitó y realizó esa medición. Además, por desgracia, ya conocemos cómo trabajan las compañías privadas de exploración planetaria, lo único que les interesa son sus beneficios.

Ambos tripulantes se enfundaron el equipo de supervivencia extrema, lanzaron un dron de reconocimiento y al darles luz verde descendieron a tierra.

—Conviene que no nos alejemos demasiado hasta que el análisis de la atmósfera se complete —dijo John.

—De acuerdo —dijo Smith—, pero quizá podríamos llegar hasta donde parece que finaliza esta meseta y el terreno desciende hacia el valle.

La gravedad les ayudó en su desplazamiento y no tardaron en alcanzar el borde acordado. Lo que vimos desde allí nos dejó a todos sin habla.

—Creo que o bien hemos regresado a la Tierra o nos hemos vuelto completamente locos —dijo Smith—. RJ14, ¿podrías visualizar el objeto situado en el valle y decirnos qué es, según tus bancos de memoria?

—Se trata de un navío del tipo Liberty, de los que se construyeron  innumerables unidades en los astilleros estadounidenses antes y durante la Segunda Guerra Mundial terrestre. Está en el fondo del valle, sobre el pequeño arroyo, y presenta importantes destrozos.

—Pero, ¿cómo ha podido llegar hasta aquí? —preguntó el comandante.

—No hay ninguna lógica que pueda explicar la presencia de un buque varado en el arroyo de un planeta a muchos años luz de la Tierra. Solo puedo asegurar que no se trata de una alucinación. Las inteligencias artificiales de soporte y apoyo a la exploración RJ14 no alucinan, palabra de robot.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 27 de enero de 2021.

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Habitación de mujer con sombras

Apenas hacía unos meses que había terminado la carrera. Gracias a conocidos de conocidos, un periódico local había accedido a que hiciera allí mis prácticas, lógicamente sin remunerar y trabajando igual que el resto, pero aquello era mejor que nada. El mero hecho de poder observar de cerca la manera de trabajar de los profesionales veteranos ya era un regalo, aunque fuera el chico de las fotocopias, los cafés y los recados. Las primeras semanas solo me permitieron buscar datos en los archivos para documentar o acompañarles, sin abrir la boca, a las entrevistas. No debí hacerlo muy mal porque al cabo de un mes comenzaron a mandarme, ya sin «carabina», a noticias menores para que me buscara la vida. Y así me cayó aquello.

Tienes que escribir una breve reseña del crimen de hace una semana, me dijo el redactor jefe. Ya se cubrió en su día, pero ahora habría que darle un enfoque diferente, buceando en los antecedentes o los motivos. Recuerda lo que deberían haberte enseñado en la facultad para estos casos: alejamiento, comedimiento en los adjetivos, no implicarse emocionalmente, etc. El inspector a cargo me debe un pequeño favor y te va a dejar entrar en la casa mientras él recoge unas pruebas. Tienes que estar allí mañana a las diez de la mañana. Como la noticia la cubrió González, habla con él y dile que te ponga al corriente.

El crimen había tenido lugar en una humilde vivienda de los suburbios a la que le pesaban la pobreza y sus demasiados años. Sin saber el motivo, acaricié la chimenea en silencio antes de entrar en la habitación. Quizá fuera para darme fuerza o para intentar contactar con el lar, el espíritu familiar que sin duda habitaba allí y habría sido testigo de todo.

Pese a que me había concienciado para distanciarme, percibí algo en la piel, que se erizó hasta causarme dolor. Ausencias y presencias en alternancia dibujaban escenas, como en un teatro de sombras, de la vida de una pobre mujer prescindible.

Como en el descenso de Dante a los infiernos, fui captando progresivamente diferentes sensaciones que hicieron mella en mí. Nadie me había preparado para lo que sentí en esa casa, que me descubrió que poseía unos dones que se convertirían en un regalo envenenado para mi existencia.

A modo de introducción, pensé que el artículo debería expresar, quizá de forma demasiado obvia, que la habitación estaba vacía y que ese vacío constituiría todo el recuerdo de una triste existencia una vez que pasara el morboso interés por la noticia y nos olvidáramos de la víctima y de su agresor.

Tras esa reflexión y sin comprender cómo, entré en comunión con la casa y sus moradores en un plano sensorial desconocido por mí hasta entonces. La primera sensación que me impactó fue la ausencia de afectos de sus dos habitantes. Sus vidas habían transcurrido sin caricias, ni siquiera de niños, quizá porque eran muchos a repartir y demasiados los problemas.

En el siguiente nivel de percepciones, la certidumbre de los muchos y dolorosos agujeros de la víctima estremeció mis entrañas. Los hijos que no tuvo, a pesar de desearlos y saber que sería una buena madre. La carencia de amor, pues aquella bestia jamás lo sintió por ella; el deseo inicial no era amor e incluso eso desapareció pronto. La ternura que no recibió de sus padres, que consideraban los sentimientos como una carga, cuando no un pecado. Tampoco la recibió en el escaso período de tiempo en que acudió a una escuela rancia, que no la ayudó a mejorar socialmente ni a mejorarse a sí misma. Ausencia de alegría, de canciones, de perfumes o bonitas prendas que le hubieran hecho sentir bien, incluso durante un instante.

Unas sensaciones distintas me hicieron comprender que había descendido otro círculo. Este no estaba caracterizado por lo que les había faltado, sino por todo lo contrario. Noté que tanto la habitación como las vidas de la pareja habían estado saturadas de situaciones negativas. Sus residuos tóxicos permanecían todavía en el ambiente. Percibí el eco de las innumerables ofensas recibidas casi desde el principio de su relación y que ella ocultaba a todos por vergüenza. Ese eco continuaba allí, junto con el hedor del alcohol barato que envalentonaba al hombre y con el que pretendía justificar sus agresiones. Al mismo tiempo  sentí que toda la casa rebosaba una pena serena y densa. La pena que ella sentía por no haber conseguido ser feliz ni hacer felices a otros. Compitiendo con esa pena estoica, capté  los gritos, insultos y vejaciones del ser que debería haberla amado y protegido y que se convirtió en un monstruo. Esos gritos seguían resonando y taladrando mis oídos.

Siguiendo con mi descenso sensorial al infierno en vida que había soportado aquella mujer, me invadió la certeza de que las que dominaban el espacio y el tiempo eran las sombras. Unas provocadas adrede para que la luz no evidenciara sus golpes y cardenales, otras, las temidas, que envolvían y confundían a quien los causaba. Además, la alcoba estaba saturada de dolor, del físico que producen las heridas, pero también del dolor moral consecuencia de la indiferencia o el desamor.

Presentí que me aproximaba al abismo porque la maldad que lo impregnaba todo me conmocionó. La maldad que permite que alguien pueda creerse dueño de otro ser humano y lo torture. Esa maldad que nubla la razón y justifica los golpes con argumentos espurios como la superioridad de un género sobre el otro con los que ya me había topado demasiadas veces. Amalgamado con la maldad capté el odio. El que le dominaba a él por una existencia frustrada y vacía.  Pero también ella lo sentía. Principalmente hacia sí misma por no haber sido capaz de rebelarse, pero abrigaba otro inmenso tanto hacia el ser que la maltrataba como hacia una sociedad que lo permitía e incluso a veces lo alentaba.

Cuando conseguí liberarme de las sensaciones que me consumían, me di cuenta de que la humilde vivienda seguía cubierta de manchas de sangre seca. De la sangre que él derramó cuando esa última vez no se conformó con usar los puños o las patadas y la ayuda llegó demasiado tarde.

Salí a toda prisa sin despedirme siquiera del inspector. Antes de cruzar la puerta me pareció entrever en un rincón al lar, desconsolado por no haber podido defenderla  y evitar la tragedia.

Nunca pude escribir aquel artículo.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 19 de diciembre de 2020

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Siroco

Ni en la misma playa éramos capaces de aguantarlo. Hacía un calor bochornoso y húmedo al que se le añadía un viento constante y cargado de partículas que lanzaba despiadado contra nosotros, especialmente hacia nuestros ojos. El siroco no tardaba en mandarnos de regreso a casa a comer y a echar la siesta.

Odiaba la siesta, pero mis padres se empeñaban en que a mi edad y a esas horas no tenía otra cosa más importante que hacer.

Me aburría. Mi habitación era pequeña, calurosa y atestada de muebles, por lo que ni siquiera podía jugar. Además, madre insistía en que debía mantener la puerta cerrada hasta que ella o padre vinieran a despertarme y no salir bajo ningún concepto. Nunca entendí ese afán de mantenerme prisionero en mi propia casa.

Padre acaba de salir del turno de noche y tiene que descansar, me decía madre algunas veces. Otras simplemente me mandaban a mi habitación sin más explicaciones.

Al menos en casa de la abuela podía subir al desván cuando se quedaba dormida en su butaca escuchando el serial en la radio. El desván parecía un horno, pero estaba lleno de maravillas por descubrir y rincones donde esconderme para jugar. Viejas cajas polvorientas, sillas desvencijadas, un aguamanil oxidado, cuadros olvidados y otros cachivaches maravillosos.

Allí podía imaginar que era el capitán de una goleta de las que escoltaban al «Galeón de Manila», que transportaba oro y otras riquezas desde Filipinas hasta Sevilla pasando por Acapulco. Esa historia nos la había contado en clase doña Úrsula, la maestra, antes de acabar el curso.

Azotados por un terrible huracán que amenazaba con hacernos zozobrar, luchábamos sin descanso para conseguir llegar a España con el cargamento intacto. Además, y por si la tempestad no fuera suficiente, debíamos permanecer siempre ojo avizor para evitar que nos sorprendieran los piratas, corsarios o filibusteros que los pérfidos ingleses lanzaban contra nosotros una vez tras otra para hacerse con el botín.

Otras veces me veía explorando Marte. Estaba en la superficie, en medio de una tormenta de arena que podía enterrar mi nave y convertirla en un ataúd cósmico del que jamás podría salir por mí mismo. En el último momento conseguía despegar, forzando los motores y abandonando la tóxica atmósfera. Desde allí me dirigía a la estación espacial de la Federación Planetaria para recibir nuevas misiones.

Pero no ocurría nada de eso, seguía estando en casa, sudando en mi pequeña y atestada habitación y esperando que me dieran permiso para salir.

Algunos días durante la hora de la siesta y también algunas noches sucedía algo peculiar. Padre debía de estar enfermo porque gemía de una manera muy extraña. El dolor debía durarle poco porque en menos de cinco minutos todo se quedaba de nuevo en silencio.

Los días en los que arreciaba el siroco y el calor era casi insoportable venía a visitarnos un compañero de padre. A mí me parecía que la hora de la siesta no era un buen momento para hacer visitas y más cuando padre no estaba, pero nunca dije nada. Para aquellas visitas madre se quitaba la bata de estar por casa y se peinaba más que de costumbre. Inmediatamente me mandaba a mi habitación y me recordaba que cerrara y no saliera hasta que fuera a por mí.

Esas tardes debía de ser madre quien se ponía mala, porque gemía mucho más fuerte que padre y durante mucho más tiempo. La pobre lo debía estar pasando fatal y quizá por eso había llamado al compañero de padre, para no asustarle.

Al rato escuchaba cómo se cerraba la puerta de la calle y venía a liberarme del encierro. Traía el pelo alborotado y estaba muy sofocada. Una vez le pregunté qué le dolía y porqué gemía. Me dijo que eran cosas que no comprendía y que a los mayores no debía preguntarles ciertas cosas.

La primera vez que vino el amigo a la hora de la siesta y no estaba padre, ella me dijo que no podía decirle nada porque le estaban preparando una sorpresa para su cumpleaños. La sorpresa debía de ser muy muy buena porque el amigo venía a menudo.

Con el tiempo me acostumbré a mi pequeña y atestada habitación, que se convirtió en mi nave espacial preferida. Con ella viajé por el universo explorando extraños planetas y acercándome cada vez más a las lunas de Orión o a los satélites de Ganimedes. Al pasar el siroco podría salir de nuevo a la calle a jugar, aunque fuera la hora de la siesta. Eso sí, sin entrar en casa hasta que madre o padre salieran a por mí.

Pasados los años y ya como inspector de policía recordaba aquellas tardes. El siroco vuelve loca a la gente y consigue que haga cosas que en otra situación jamás haría. De hecho, cuando había siroco reforzábamos los turnos, especialmente si además coincidía con luna llena, porque la ciudad se convertía en un auténtico manicomio.

Me olvidaba de un tema importante. La sorpresa se la dio padre a mi madre y a su amigo al presentarse una tarde en casa, sin avisar, a la hora de la siesta. Lo que ocurrió después ya es motivo de otra historia.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 3 de diciembre de 2020.

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La casa piloto

No tengo muy claro cómo llegué a la casa, posiblemente me llamara alguno de mis conocidos de la policía. Por mi profesión, a veces solicitan un asesoramiento en casos que podríamos llamar «peculiares». Lo cierto es que ese detalle ha desaparecido de mi mente, ahogado por la avalancha de sentimientos y sensaciones provocados por lo que después me encontré allí.

El director del colegio donde estudiaban los hijos de la familia que vivía en aquella vivienda fue informado de que habían dejado de asistir a clase sin motivo aparente y sin aviso previo. Desde secretaría habían intentado contactar con sus padres a través de los teléfonos que constaban en sus fichas, pero había sido inútil. Uno de los teléfonos era el de la empresa del padre, una librería y papelería cercana a la que se acercó personalmente uno de los bedeles. La encontró cerrada a cal y canto y cuando habló con los comercios de alrededor le comentaron que hacía varios días que permanecía así y que no habían visto al dueño.

Quizá en otros momentos hubieran concedido un margen de tiempo para ver si daban señales de vida, pero con la pandemia arreciando pensaron en lo peor y llamaron a la policía.

El inspector Martínez, al que asignaron el caso, se puso en contacto con el centro de salud que les correspondía, donde le aseguraron que no tenían constancia de enfermedad alguna. Martínez, excelente profesional y buen amigo, decidió que había suficientes indicios para iniciar una investigación más a fondo. Por lo que le conozco, sospecho que creía que se habían infectado y que estaban enfermos en casa o puede que algo peor.

Era una vivienda que podría tildarse de normal, dentro de un barrio de clase media o media acomodada. Quizá lo que la hacía diferente al resto de chalés adosados de la periferia era el orden y la limpieza que percibías antes siquiera de abrir la cancela que daba acceso al pequeño jardín delantero.

Al entrar, la normalidad seguía reinando. Eso sí, no había nada fuera de su sitio ni que desentonara en aquel entorno de familia perfecta.

Las habitaciones de los niños, azul para él y rosa para su hermana, parecían deshabitadas por lo ordenadas y limpias hasta la extenuación, lo mismo que la habitación de matrimonio o el salón.

Los libros, en las estanterías, ordenados por tamaño y alfabéticamente. Las colchas sin que la más mínima arruga perturbase su superficie. Las cortinas de toda la casa cerradas, ocultando el interior.

En los baños y la cocina se podían oler el orden y la limpieza absoluta. Nada fuera de su lugar o que turbase una paz que se asemejaba a la de los camposantos. Además del orden destacaba el silencio. Un silencio de mausoleo olvidado por el tiempo y el afecto.

Al entrar, tenías la sensación de visitar una casa piloto, con una exposición de muebles y decoración jamás utilizados. Si no hubiera sido por un azar del destino, quizá la visita no hubiera pasado de ahí.

Mientras revisaba una despensa, a uno de los agentes se le cayó la botella de agua que estaba bebiendo. Al derramarse por el suelo el agua reveló una rendija donde no debía haberla. Una observación más detenida descubrió la trampilla.

Buscando a conciencia, antes de utilizar la fuerza para ver qué había debajo, encontraron un resorte que hubiera pasado desapercibido. Al accionarlo, la trampilla se abrió lo suficiente para asirla y levantarla, dando acceso a una escalera de madera que descendía a un sótano.

Repentinamente, la vaharada de una mezcla de hedores asaltó nuestras fosas nasales. Un olor a pólvora, a muerte y a terror hizo que Martínez, que iba a bajar primero, se detuviera un momento y se echara para atrás. Una vez superada esa primera impresión, comenzó el descenso hacia una estancia que permanecía pobremente iluminada.

Tras el inspector bajé yo, consciente de que si hubiera habido algún peligro mi amigo me lo hubiera impedido. Tras descender el único tramo de escalera llegué a un sótano, más amplio de lo que había supuesto. Desde la base de la escalera veía una sala que parecía hacer las veces de comedor, cocina y zona de estar, presidida por un gran cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, de los que era habitual encontrar en las viviendas españolas de los años cuarenta. Tres puertas daban a la sala, de las que dos continuaban cerradas. Martínez había abierto la tercera, la más cercana a la escalera y permanecía quieto mirando hacia un interior tenuemente iluminado. Presintiendo que algo le sucedía me acerqué y vislumbré una habitación pequeña con dos estrechos camastros sobre los que yacían, presumiblemente muertos y mirando al techo, los dos hermanos. Cada uno de los camastros estaba presidido por un crucifijo, que era toda la decoración de la estancia, iluminada por una sencilla bombilla de techo de muy baja potencia. A pesar de la escasa iluminación, se podía percibir la palidez de su piel y un residuo pegado a las mejillas que parecía proceder de sus bocas.

Sin entrar ni tocar absolutamente nada, abrimos la siguiente puerta. Una estancia algo mayor, ocupada por una sencilla cama de matrimonio, dos mesillas y una pequeña cómoda nos reservaba otra sorpresa. Bajo un cuadro de la Inmaculada Concepción y en la misma postura que sus hijos, yacía la madre con el mismo residuo y la misma palidez.

Al abrir la última puerta hallamos una escena aún más impactante y mucho mejor iluminada. Tras una antigua mesa de despacho y desmadejado sobre el respaldo del sillón, el padre de familia permanecía con la boca abierta tras haberse descerrajado un tiro, que había esparcido sus sesos por la pared que tenía tras él. En el suelo, caída junto a su mano yerta, una pistola, reglamentaria en el ejército español hasta los años ochenta. Tras superar el shock inicial nos dimos cuenta de que vestía un uniforme de alférez de milicias universitarias con el correaje completo y que, en la pared, ahora salpicada de sangre y restos orgánicos, había tres cuadros idénticos en tamaño y marco con una colorida representación de la santísima trinidad del fascismo: Franco, Hitler y Mussolini, todos de uniforme.

Antes de salir para que la policía científica pudiera emprender su labor, hicimos una última inspección, que nos permitió comprobar que tanto la mujer como los niños vestían una ropa muy desgastada del estilo de mediados del siglo anterior y que no había a la vista ningún aparato electrónico como radio, televisión o teléfonos.

Como ocurre a menudo, cuando el suceso se hizo público una asistente social completamente saturada y avergonzada por no haberlo hecho antes hizo llegar a la policía un informe, referente a la reunión que había mantenido con la mujer presuntamente asesinada el día anterior. La fallecida se llamaba Amparo y su presunto asesino Federico.

Martínez me hizo llegar una copia del informe para que le diera mi opinión. Según comunicó Amparo a la asistente social, tanto ella como sus hijos vivían en un estado de permanente terror, aunque jamás había existido maltrato físico —para que no pudiera descubrirse y quizá no era necesario, pensé al leerlo—. Federico estaba obsesionado con la ideología y el modo de vida católico y de orden imperante en la España de los años cincuenta y les había obligado a vivir de esa manera, incluyendo el uso de bombillas de escasa potencia y sin apenas electrodomésticos.

Cuando nació su hija mayor se mudaron al chalé, pues antes vivían con Doña Concha, la madre del presunto asesino. Hija de un coronel laureado en la guerra civil y viuda de un donnadie, comulgaba y apoyaba con entusiasmo las ideas de su único hijo al que idolatraba, según Amparo. Mientras vivían con ella le había ayudado a doblegar a su joven mujer, apocada, sin más trabajo que atender a su marido y sin familia cercana.

Desde el traslado al chalé siempre habían vivido en el sótano, con las mínimas comodidades y completamente aislados de cualquier contacto. Los niños no acudieron jamás a una guardería y a las visitas que tenían que hacer al centro de salud para las enfermedades comunes les llevaba siempre el padre, que también se encargaba de hacer cuantas compras fueran necesarias.

Al llegar la edad obligatoria para la escolarización de la mayor, Federico eligió un colegio religioso privado que mantenía segregados a sus alumnos por género. Antes de que se incorporara, amenazó a su mujer sobre lo que le podría pasar si hablaba con alguien de su modo de vida o si ayudaba a que su hija hiciera amistades. Con su hijo menor siguió el mismo proceder.

Su vida se mantuvo así durante varios años hasta que falleció Doña Concha, la matriarca. La casualidad hizo que en el entierro coincidieran con Matilde, una prima de Federico que era enfermera y trabajaba en el centro médico que les correspondía. Al parecer Matilde había detectado algo extraño en aquella relación y un día, aprovechando que Amparo tenía una cita médica, se las apañó para poder estar a solas con ella y lograr que superase su miedo y le hablase de su vida. Lo que oyó la dejó tan impresionada que organizaron la manera de verse de nuevo. En la siguiente reunión entregó a Amparo un teléfono de prepago y un cargador, enseñándole a usarlo.

Como Federico estaba fuera de casa bastantes horas para atender su negocio, el teléfono permitió a Amparo ampliar los detalles de su vida y a Matilde tratar de convencerla para que denunciara la situación ante las autoridades.

Con el paso del tiempo Federico se había relajado y permitió asistir sola a Amparo a una reunión en el colegio, puesto que le coincidía con otros asuntos a los que no podía faltar. Estaba seguro de mantener un control absoluto sobre ella y de que no habría problemas.

Amparo estaba decidida a huir con sus hijos como fuera y con la ayuda de Matilde había concertado para ese día y hora una reunión con la asistente social a la que reveló su historia. Al parecer habían acordado seguir aguantando un tiempo mientras la funcionaria tomaba las medidas oportunas.

A partir de ese momento y hasta el desenlace únicamente podíamos hacer conjeturas sobre lo que había ocurrido. Quizá él la había seguido y la había visto fuera del colegio o había encontrado el teléfono, no lo sabíamos. A lo mejor las nuevas pruebas podrían aclarar qué había sucedido.

Lo que me llamó más la atención fue que el colegio no hubiera detectado nada. Los niños vestían ropa actual para ir a clase, pero tenían que comportarse de una manera peculiar comparados con sus compañeros y eso se nota, salvo que prefieras mirar para otro lado. Quizá con comprobar que la familia asistía unida a la misa de los domingos en la capilla del centro se daban por satisfechos.

Contacté con Martínez para expresarle mi punto de vista y me contó algunas cosas que ayudaban a completar, de alguna manera, el acertijo.

El uniforme que portaba Federico no era suyo, él no había podido hacer el servicio militar por un problema de pies planos.

La mujer y los hijos habían fallecido envenenados con una sustancia que al parecer actuaba con rapidez, reduciendo el sufrimiento. Al menos en eso el padre había sido magnánimo.

Cuando la policía hizo un registro a fondo descubrió que el teléfono fijo de la casa estaba en el despacho de Federico, y todo hacía pensar que permanecía continuamente cerrado con llave, por lo que Amparo no podía entrar.

En uno de los cajones de la mesa del despacho hallaron dos teléfonos móviles. Al parecer uno era de Federico y el otro el que Matilde le habría entregado a Amparo. Ese podría haber sido el desencadenante de la tragedia, aunque no se podría probar.

Al registrar la papelería hallaron un pequeño almacén subterráneo que reservaba otra sorpresa. Tras una puerta hábilmente disimulada descubrieron panfletos, libros y material de propaganda de ideología supremacista. En una caja fuerte había varias armas cortas y municiones. El acceso al teléfono de Federico permitió comprobar que era el presunto cabecilla de una red neonazi que habría protagonizado algunos altercados, aunque la policía no la tenía completamente localizada. Los comerciantes de los alrededores, al ser interrogados, no se podían creer que un hombre tan normal y discreto como Federico fuera el monstruo que estaba asomando a medida que la investigación avanzaba.

Mientras en el sótano habitaba el terror, en la planta superior las colchas permanecían sin una sola arruga.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 27 de noviembre de 2020.

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Sin imágenes

El café se le había quedado frío, olía a fracaso y sabía a miedo. Apoyada en la pared de aquella azotea multiusos, Bárbara daba vueltas a lo que había sucedido dos plantas más abajo.

Uno de los últimos rayos del sol vespertino la deslumbró y la hizo parpadear. Si se acercaba a la barandilla todavía podía ver alguno de los edificios emblemáticos de la ciudad, el urbanismo desaforado había respetado este barrio. ¡Cómo amaba esa azotea! Aunque no era muy grande servía para propósitos muy heterogéneos. Allí se podían descargar frustraciones, negociar contratos, celebrar cumpleaños e incluso su barandilla había sido testigo de algún apasionado magreo tras la fiesta de Navidad. Con la pandemia su utilidad como válvula de presión se había revalorizado, aunque permaneció desierta durante el confinamiento.

La reunión y sus decisiones volvieron a absorber toda su atención. Las cosas iban mal. El vetusto periódico local estaba en las últimas. En su intento de competir contra el mundo digital había acabado derrotado y prácticamente aniquilado. Solo sobrevivía gracias al «impuesto revolucionario», el presupuesto para publicidad que las diferentes administraciones, salvo la nacional, repartían entre los medios para tenerlos domesticados.

No es que fueran a despedirla, hacía tiempo que la mayoría de los colaboradores eran autónomos, pero ahora estaba en cuestión la exclusividad. Si para reducir costes el diario contrataba sus imágenes en el libre mercado, perdería su principal fuente de ingresos.

Para capear el temporal, al menos hasta que finalizase la pandemia, el director había tenido la ocurrencia de añadir una sección especial sobre el impacto del COVID en los ciudadanos locales, basada en imágenes. Necesito que seas creativa, le había dicho, ya sabes lo mucho que confío en ti. Bajo esta frase latía otra: si no me traes algo impactante, vete despidiendo de tu relación de exclusividad.

Su especialidad eran las fiestas, los eventos y las aglomeraciones de todo tipo. Sus conocidos le decían que mirando sus fotografías podían oír las charangas e incluso oler el vino derramado en las batallas etílicas de los pueblos. Sabía dónde colocarse y qué enfoque elegir para obtener imágenes impactantes y descriptivas. Atesoraba numerosas anécdotas y había sido testigo de celebraciones muy peculiares, incluyendo desfiles de ataúdes, procesiones de pendones con solera o desfiles bajo la peculiar luz de odres ardiendo.

Si alguien le hubiera dicho que iba a terminar trabajando como fotógrafa para un periódico de su ciudad natal no lo hubiera creído jamás. Precisamente para abandonar esa ciudad natal, triste capital de provincias que agonizaba sin remedio, había elegido una carrera que no se pudiera cursar en su pequeño campus. Cuando les dijo a sus padres que quería estudiar Educación Social les dejó estupefactos, aunque pensándolo con más calma se dieron cuenta de que esos estudios se ajustaban a su carácter y a su planteamiento vital.

La facultad compartía campus con Bellas Artes y no tardó en trabar amistad con algunos de aquellos seres locos, deliciosos y creativos. Una de ellas le inoculó en vena el amor por las imágenes y le ayudó a conseguir su primera cámara de segunda mano. Tuvo que poner bastantes copas por las noches para pagarla sin pedir nada a sus padres, pero cuando la tuvo en sus manos sintió la llamada. La fotografía digital la catapultó a otro nivel y al ganar varios premios supo que esa era su vocación, aunque terminó la carrera por la presión familiar. De sus fotografías se decía que conseguían reflejar lo que otros no eran capaces.

La fotografía de la niña afgana de Steve Mcurry se convirtió en su estrella polar y unicornio de referencia. Se planteó trabajar con alguna agencia internacional y lanzarse a la aventura, viajar y conocer mundo, pero en el último momento le asaltaron el miedo y las dudas y eligió lo cómodo, la oferta del periódico, volver a casa, no arriesgarse.

Cualquier otro tema le hubiera ido bien, pero la maldita pandemia la tenía bloqueada, era incapaz de lograr imágenes sin sufrir y aquello nublaba su creatividad. Era su kriptonita particular. Cuando a través de la cámara intentaba enfocar las colas del hambre, los negocios cerrados, las fosas comunes o alguna UCI saturada de personas entubadas y en coma inducido algo sucedía. Mientras el visor de la cámara se tornaba negro, ella se quedaba en blanco y era incapaz de encontrar el enfoque adecuado. Una empatía que ascendía de sus entrañas la trastornaba y estallaba en sollozos que le impedían hacer su trabajo.

¿Cómo podía decir a su jefe que le era imposible traducir en imágenes los efectos de una bestia que se había llevado por delante a su abuela en una residencia y a sus padres en casa dejándola sola ante la tragedia? ¿Cómo podía hacerles ver que en apenas unas semanas su familia había desaparecido, que veló sola a sus padres en un triste tanatorio y que ni siquiera pudo hacer eso por su abuela porque estaban confinados y estaba en otra provincia?

Por instinto sacó su móvil y consiguió captar el juego de luces que un sol a punto de ponerse producía en el rosetón de la catedral.

El problema no eran las imágenes

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 26 de octubre de 2020.

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Pipo

Mamá nunca me cree. Dice que me invento las cosas y que no tengo que mentirle, pero yo jamás hago eso.

Cuando le conté lo de Pipo, el que vive en mi armario, vino a mi habitación y la inspeccionó. A continuación, me miró con esa cara que pone cuando alguien le lleva la contraria. Con las mejillas coloradas y las cejas apuntando hacia su pelo. No hubiera hecho falta que añadiera nada más, pero me llamó fantasiosa. Eres como Antoñita la fantástica, me dijo, y vas a tener muchos problemas en la vida como no cambies.

Solo insistí otra vez y me gané un día sin postre. Había natillas, de esas que me gustan tanto, con una galleta María en el centro y sobre ella, como una nube o un montoncito de nieve, clara de huevo batida.

Ahora ya no le cuento nada, pero Pipo sigue aquí y cada vez se porta peor. Ayer le vi coger de la cocina el cuchillo más grande y observar un rato a mamá mientras dormía la siesta en el sofá, acunada por el serial de la tele.

Tendría que decírselo, pero como ella piensa que todo son imaginaciones mías no se lo voy a repetir. Hoy hay helado de chocolate de postre. 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 16 de noviembre de 2020.

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