A lo garçon

María tenía la esperanza de que esta vez la historia fuera distinta. Nueva ciudad, nuevo colegio, nueva actitud. No tenía otra pretensión que la de ser feliz, sentirse acogida, integrarse. Sus padres se habían sacrificado y trastocado sus vidas para que lo consiguiera.

Volvía a ser la nueva del grupo y apenas sin hablarle o concederle un margen de cortesía para conocerla ya la demonizaron. A diferencia del resto de las chicas, con abundantes melenas y cuidados estilismos, era un poco desaliñada y llevaba el pelo como un chico. Al cortárselo, su abuela le explicó que  a mediados del pasado siglo ese estilo de peinado se llamaba «a lo garçon» y no todas se atrevían a hacérselo, solo las mujeres independientes y valerosas.

Apenas habían pasado unos días desde su llegada,  cuando en una de las clases María se aproximó a Julia, su compañera de pupitre, para comentarle algo al oído, apoyándole la mano en el hombro de la forma más natural. Esa aproximación no tardo en ser malinterpretada con saña. Comenzaron las maledicencias, los comentarios y las miradas furtivas al considerar que no había respetado la distancia física que su doble moral consideraba adecuada. No era como ellas y la criticaban por ello, mientras le impedían serlo. La tragedia se repetía de nuevo, aunque con actores y decorados diferentes.

Sabiendo lo que le había sucedido en otros lugares, debería haber evitado cualquier gesto que pudiera interpretarse de forma aviesa, pero le resultaba casi imposible. Ella era natural, cercana y sin doblez o segundas intenciones, pero el ambiente que la rodeaba era todo lo contrario.

Chicazo o machirulo fue lo menos ofensivo, pero en los corrillos y cuando no estaba presente circularon otros calificativos más descriptivos y excluyentes como bollera, tortillera o lesbiana.

No tardó en darse cuenta, siempre sucedía igual. El grupo no admitía las disidencias y expulsaba a los diferentes de forma brutal, sin posibilidad alguna de indulto o amnistía. No hay nadie más cruel que un adolescente en grupo, que se cree en posesión de la verdad.

Ya estaba agotada de tener que explicar o justificarse, de bajar la cabeza y transigir, de someterse a las reglas del grupo. Era como era y punto, tenía todo el derecho del mundo para ello. Si les gustaba, bien, si no, a hacer puñetas.

Pero según pasaba el tiempo, la soledad y la presión sobre ella fueron minando su espíritu, ya debilitado por otras peleas, por otras derrotas. La intransigencia se había cobrado una nueva víctima.

Cuando encontraron su cuerpo al pie del viaducto, el periodista encargado de la crónica solo destacó su corte de pelo a lo garçon.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 5 de septiembre de 2020.

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Un barrio frontera

Unas señoras con la tradicional bata de andar por casa se cruzan con los extranjeros que habitan en alguna de las casas rehabilitadas del barrio, convertidas ahora en apartamentos turísticos de corta estancia. Rubios y despistados deambulan como pingüinos en el desierto, desubicados y desorientados en una zona que jamás fue turística.

La gente se saluda por la calle y todavía se pueden ver personas tomando el fresco en el portal, esquivando los coches en aquellas calles estrechas y desprovistas de aceras.

La agradable homogeneidad del barrio, caracterizada por las imprescindibles persianas mallorquinas verdes, se ve truncada, más veces de las deseables, por aberraciones urbanísticas fruto de pelotazos o de la falta de supervisión endémica del Mediterráneo turístico. Salvo esas tristes discontinuidades, el urbanismo podría asemejarse al de Pombal en Lisboa o al de Haussmann en París, aunque en una versión más modesta y popular.

Si el calvinismo hubiera sido la religión oficial en Mallorca, en lugar del catolicismo papista, las ventanas de las viviendas de planta baja, la gran mayoría del barrio, permitirían observar la vida que se desarrolla en su interior. En vez de eso, todo parece hibernar sin diferenciar estaciones ni épocas del año. Vida en clausura manteniendo siempre ocultas las penas y las alegrías, los nacimientos y las defunciones.

Sin embargo y como haciendo un guiño, algunas persianas entornadas nos permiten vislumbrar escenas cotidianas. Un anciano dejando pasar la vida recostado en una butaca desde la que puede verse la calle o una mujer pasando la fregona a un suelo de baldosas, típicas de otros tiempos ya pasados. Una parroquia vecina todavía da las horas con sus argentinas campanas, regulando un tiempo con regusto de otras épocas.

Barrio de frontera con alma de pueblo, rodeado y asediado por altas edificaciones y manadas de coches que ocupan cada uno de los escasos espacios libres. Al otro lado de la amplia calle de tráfico bullicioso comienza otro mundo. Otros barrios que nuestros padres nos ordenaban evitar por sistema. El lumpen, lo diferente, la pobreza, el peligro acechante.

Como si de una frontera se tratara, la calle separa colores y matices de piel, criminalizando lo diferente. Lo oscuro es el peligro, subyace en el mensaje atávico y xenófobo, tristemente resucitado por fantasmas que emergen de las cloacas de una historia mal rematada.

Paradójico mensaje viniendo de una sociedad amalgamada por el aluvión y la hibridación de las razas y pueblos que han cruzado el Mediterráneo y sus tonalidades étnicas.

Casitas bajas con patio. Sin duda una mejora considerable para los payeses que, a finales del XIX, dejaban el interior y su dedicación de sol a sol a unas tierras ajenas por salarios de hambre y sin derechos, para intentar mejorar en la capital. Los ensanches, símbolo de liberación, de burguesía y de mejora en un sistema de castas. Ese sistema, capaz de seguir recordando y humillando todavía a los descendientes de alguno de los quince apellidos malditos, expuestos para escarnio público por la Inquisición en el Monasterio de Santo Domingo, hace casi cuatro siglos. Siglos de infamia y estigma que ahora se trasladan a otras víctimas sin más delitos que su pobreza, su incultura o su nacimiento en un país equivocado.

Barrio tornasol de colores y sonidos. Abanico de idiomas, de vestimentas y costumbres que conviven en armonía. Nuevos negocios sustituyen a los clásicos, que se agostan y mueren, incapaces de adaptarse a las nuevas modas y gentes.

Al anochecer, el silencio estival solo se ve turbado por ladridos ocasionales o el ruido del tráfico que va disminuyendo según pasan las horas. Cuando regreso de depositar la basura en la zona de contenedores, una escena ilumina mi mente y evoco con cariño los corrillos a la fresca, en las aceras de los pueblos de mi infancia.

Conversaciones intrascendentes al haber niños delante, mientras las manos de mayores y pequeños se afanaban en despojar a las almendras recién cogidas de su ya reseca capa  externa. A falta de televisión, conversación. Mientras, la jarra de agua fresca endulzada con un poco de anís pasaba de mano en mano para refrescar las gargantas y animar a continuar con la faena. Las almendras se convertirían posteriormente en el delicioso turrón casero de las siguientes navidades o servirían como muleta de las escuetas economías familiares si el año había sido bueno. Economía de subsistencia, aprovechando todo y sin permitirse derroches, impensables en aquellas épocas.

El sonido de uno de esos abominables engendros para reproducir la música de los móviles, contaminando la antes tranquila noche, me devuelve a la realidad de forma brusca. Ya no estoy en un pueblo de interior a mediados del siglo pasado, sino en un barrio de frontera en mitad de la pandemia. Me ajusto la mascarilla mientras me dirijo al que ha sido mi refugio provisional a la espera del retorno a mi casa y mi rutina.

Al final de una calle estrecha, una cruz iluminada en una pequeña hornacina comparte protagonismo con una troupe de enanos de jardín anacrónicos, alumbrados por lámparas solares adquiridas en un establecimiento de esa compañía nórdica de productos con nombres impronunciables que ha colonizado nuestras vidas y haciendas, a pesar de la diferencia de costumbres.

Al apagar la luz para dormirme, un helicóptero de la policía sobrevuela el barrio. La frontera puede manifestarse de muchas maneras.

Apenas unos minutos en coche separan ese peculiar microcosmos de un paseo marítimo trufado de yates y que es el escaparate del lujo y la ostentación más vergonzosa. Embarcaciones exageradas frente a renta mínima. Excesos frente a necesidades. Mediterráneo de ricos y pobres, de cruceros y pateras, de hambre y cenas en restaurantes de lujo frente a la bahía solo para VIP,s. Un mar que antes transportó cultura y ahora engulle vidas mientras todos miramos hacia otro lado sin esfuerzo ni remordimientos. Frontera y contrastes, cultura y excesos con el mar al fondo.

Los nuevos negocios confirman la idiosincrasia fronteriza del barrio. Mientras desaparecen hornos de pan, talleres mecánicos o colmados, florecen bazares, salones de estética y locutorios hibridados con supermercados mini. La hostelería mantiene su preeminencia, pero no es extraño hallar establecimientos propiedad de asiáticos, donde te ponen una tapa de embutido «ibérico» y ostentan denominaciones tan castizas como «Mariana la del Jamón».

Anchas avenidas acotan un laberinto de callejas donde la altura de construcción raramente supera una planta, salvo las aberraciones. Al otro lado de esas avenidas crecen los edificios a modo de murallas, preservando el barrio como un tesoro apenas conocido.

Antonia nació con la guerra, en concreto en junio de 1937. Sus padres habían emigrado a la capital y con lo que les dieron malvendiendo sus tierras y una casa en el pueblo, montaron un pequeño colmado en una planta baja, habitando ellos la planta superior. El inmueble se lo alquilaron a una de las familias pudientes, propietarias de la mayor parte de los del barrio.

Jugó por sus callejas y realizó sus estudios primarios mientras en el mundo se libraba la continuación de una guerra iniciada en España, donde la mayor parte de la población pasaba hambre y necesidades a pesar del estraperlo. Al dejar la escuela pasó a ayudar a sus padres, como no podía ser de otra manera.

Mientras la ciudad crecía alrededor del barrio, conoció a un muchacho, Colau, se casaron y tuvieron dos hijos que al crecer abandonaron ese entorno en busca de una vida mejor.

Una dolorosa pero breve enfermedad se llevó a su marido, como antes a sus padres, y se quedó sola. El negocio ya no era rentable y lo traspasó. Ahora es un local de apuestas, de los que infestan los barrios menos pudientes de todas nuestras ciudades a la caza de la necesidad que emana de la miseria.

Con sus ahorros y una pequeña hipoteca pudo comprarse una planta baja con un pequeño patio, donde pasa las horas cuidando de sus plantas y hortalizas. «Nací en este barrio y en él moriré», dice a quien quiere escucharla. Menuda y enjuta como un ratón de campo, se la puede encontrar a primera hora de la mañana por las calles del barrio cuando va a hacer la compra y aprovecha para estirar las piernas que la artrosis ya retarda.

Algunas tardes va a visitar a sus hijos o aprovecha para bajar al centro, repleto de turistas y muy diferente del que conoció en su juventud. A ella no le preocupa, su barrio sigue siendo un remanso de paz, tan tranquilo que incluso puede sacar una silla a la calle para tomar el fresco sin que la atropelle un coche.

Ya casi no queda ninguno de los antiguos vecinos, pero ha hecho nuevas amistades que le hablan de tierras muy lejanas y experiencias más o menos dramáticas hasta llegar a este primer mundo que hace agua y empieza a resquebrajarse por sobreexplotación y falta de mantenimiento.

Mañana será otro día, piensa al acostarse sin temor alguno a no despertar. Sabe que aquí lo ha hecho lo mejor que ha sabido y que si hay algo al otro lado no podrá ser peor que lo de este. En el silencio de la noche, el petardeo de la moto de un adolescente parece un sacrilegio.

Por su escaso porte no le cuesta demasiado moverse, a pesar de que la artrosis cada día la limita mas. Desde que murió Colau, su marido, se las ha apañado sola, aunque los años comienzan a pesar. Hace unos meses se llevó un pequeño susto que no ha contado a sus hijos para no alarmarlos y porque el episodio tuvo un final feliz.

Estaba intentando colgar unas cortinas, subida a un taburete, cuando perdió el equilibrio y cayó de forma aparatosa. Al hacerlo se golpeó la cadera en un aparador, lo que la hizo gritar de dolor.

Como era verano y tenía las ventanas abiertas, alguien que pasaba en ese momento por la calle la oyó y se asomó para preguntar si podía ayudar. Aunque en principio ella se asustó un poco por las pintas de su presunto salvador, la necesidad pudo más. El buen samaritano entró por la ventana, la ayudó a levantarse y se quedó con ella hasta que llegó el personal de emergencias que habían avisado por si acaso.

Todo se quedó en un susto, pero fue el inicio de una curiosa amistad entre Antonia, la anciana mallorquina y Ngosi, su vecino, un senegalés negro azabache, grande como un castillo y con unas enormes rastas que acababa de alquilar la casa de al lado.

El nuevo vecino había cruzado el estrecho en patera y tras muchas penalidades, de trabajar de sol a sol por sueldos de esclavo y de dar numerosos tumbos por varias ciudades españolas había conseguido legalizar su situación y recalar en la isla. Aquí por fin podía dedicarse a lo que mejor sabia hacer, componer música de su país, que comenzaba a tener un cierto mercado y le permitía vivir, alternándolo con bolos como DJ y haciendo de extra en la hostelería cuando era necesario.

A Antonia le costaba pronunciar su nombre y generalmente lo sustituía por «Es cosí», que en mallorquín significa «el primo», aunque a él no le molestaba. Cuando estuvo un poco mejor le invitó a tomar un café y el correspondió a su vez con un té con hierbabuena en su casa, otra tarde.

A partir de ahí, al menos una vez a la semana se reunían en una de las casas y hablaban de lo divino y de lo humano. Ella le enseñaba cocina mallorquina y el elaboraba delicias africanas para corresponder. Antonia le hablaba de cómo había cambiado Mallorca en general y el barrio en particular y el africano le respondía contándole cosas de su tierra y de sus aventuras hasta llegar a Palma. También le ponía música, que aunque ella no entendía, le removía los entresijos y le hacía recordar los bailes y las verbenas de antaño a los que iba con Colau.

Un día ella se atrevió a probar uno de esos cigarrillos de aroma tan extraño que fumaba Ngosi de vez en cuando. Tras las primeras caladas y numerosas toses, un maravilloso bienestar la envolvió en sus brazos y la artrosis desapareció por arte de magia. Ese día Antonia durmió involuntariamente la siesta en el sofá de su vecino y al despertar, con los ojillos brillantes, le preguntó donde se compraba ese tabaco que le había sentado tan bien.

Ahora, un día a la semana se permiten fumar juntos el extraño tabaco, ella le cuenta historias y rondallas de la isla y el les pone música. Una música exótica y vibrante que, junto al peculiar «tabaco», consiguen que a ella le bailen los pies sin que la artrosis se lo impida.

La amistad de Antonia y Ngosi es una historia más de este barrio de frontera donde todo es posible.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Palma de Mallorca, 21 de agosto de 2020

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De deseos y temores: Testamento vital

morning-3544712_1920Escucho en mis auriculares las canciones del disco homenaje a Sabina, mientras observo, un poco a hurtadillas, los jóvenes cuerpos en una playa que el COVID ha vaciado comparándola con veranos anteriores.

A mi lado, en lo que podría parecer un club de vacaciones del Politburó, por la presencia mayoritaria de viejas glorias, un grupo de cotorras emperifolladas pasan revista a la actualidad. No se cortan lo más mínimo mientras repasan vida y milagros de políticos y figuras conocidas de la actualidad nacional, ensañándose especialmente en la pareja que se ha convertido en la diana del conservadurismo casposo, el vicepresidente y la ministra de igualdad. Sé que no debería extrañarme, cada verano se repite lo mismo, con las únicas variaciones debidas al trabajo de la parca, que ha sido destajo estos últimos meses. También sé que cada verano pienso lo mismo: cuando sea mayor odiaría convertirme en uno de ellos.

No quiero que mis conversaciones se limiten a la crítica ni dictar dogmas de fe, los cumpla o no. No deseo la miopía impostada que concede una senectud burguesa, ni convertirme en un faro y referencia de conocimiento y virtudes.

Quiero seguir escuchando a Fito y emocionándome con Llach, aunque sea independentista. Quiero que mi mirada sea capaz de encontrar estímulos nuevos y maravillosos cada día, aunque gruña de vez en cuando, que me lo he ganado con creces.

Quiero seguir militando por la vida y, de virar, que sea siempre hacia estribor, demasiados lo hacen en sentido contrario para mi gusto. No quiero juzgar ni que me juzguen, no quiero mantenerme en silencio, sino manifestarme, con o sin pancartas.

Y aunque ya las jovencitas me traten de usted, no quiero escandalizarme de sus piercings, tatuajes o estilismos, es la escasa parcela de libertad que mantienen frente a una sociedad que ignora y estigmatiza a esta juventud, tan diferente de las anteriores.

Quiero tener derecho a discrepar y a tener mi opinión, aunque sea equivocada. Quiero que todos puedan disentir, aunque su parecer sea contrario al mío. Para eso luchamos y sufrimos, aunque parece que a muchos se les haya olvidado y a otros, como a mis vecinos de mesa, todo lo que ocurrió desde el 75 del siglo pasado sea una aberración sin sentido ni legitimidad.

Quiero no olvidar mis referencias en un mundo que cada vez las relativiza más y que propugna que las ideologías han muerto, mientras el gran hermano nos vigila a todos.

Quiero seguir cumpliendo años, pero con calidad, que en cuestión de supervivencia la cantidad no es lo prioritario. Y mientras la tecnología supla a mi memoria caduca y a una sordera incipiente, seguir pensando que, como decía Fidel, «un paso atrás, ni para coger impulso».

Lo único que quiero perder, con la edad, es la escasa vergüenza que aún me queda. El resto, pelo incluido, es solo biología imparable.

Quiero mantener mi ritmo, mi tempo y que me lo respeten, como yo respeto el del resto, apartándome a un lado para dejar pasar a los que tienen prisa por llegar antes a ninguna parte.

Quiero mantener mi capacidad de empatía y no sucumbir ante la esclerosis de la moral fácil del que lo tiene todo y es incapaz de comprender a los que no tienen nada. Quiero ser capaz de solidarizarme con quienes no teniendo casi nada, exigen derechos y lugar en la mesa del reparto de la riqueza y las comodidades globales.

Quiero seguir siendo el viejo irreverente y anarquista que perdió sus filtros al rebasar la barrera de los sesenta. Un verso suelto, un viejo pino junto al mar que ve pasar la vida mientras se inclina poco a poco hacia el Mediterráneo a la espera de una muerte dulce e indolora, atraído por el espejismo de unas olas tranquilas barriendo una cala diminuta y escondida desconocida para los turistas.

Y cuando llegue el final no quiero lagrimas sino whisky y alegría. Mi última solicitud, recordando al valiente irlandés Robert Boyd que murió con Torrijos en las playas de Málaga, sería que alguien entonara «Danny Boy» en su memoria.

Antes de disolver el evento y que se marchen todos a casa, espero que tristes y ebrios, recordar a Rafael del Riego y Flórez y que la música de su himno suene sin vergüenzas ni ataduras, reclamando un futuro que quizá nunca exista.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Palma de Mallorca, 15/07/2020

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El buen ladrón

france-819807_1920Con un quejido sordo, el cierre de la claraboya cedió. Había sido relativamente fácil llegar hasta allí, el edificio decimonónico apenas tenía tres plantas y su tejado era accesible desde otros inmuebles.

Lo complicado viene ahora, pensó el ladrón. Cada vez las alarmas son más sofisticadas y más baratas, por lo que apenas quedan lugares vírgenes. Sabía donde iba a meterse porque había hecho sus deberes, pero eso no habría podido comprobarlo sin despertar sospechas.

La preciosa librería, fundada hacía casi cien años por el abuelo de la actual propietaria, había sabido mantener la afluencia de clientes gracias a actividades de todo tipo. Desde talleres de lectura a presentaciones de libros pasando por cafés literarios o tertulias sobre temas de interés. Lo sabía porque, para reconocer el terreno, había participado en algunas de ellas, y había disfrutado.

De pequeño leía mucho. La lectura era su evasión frente a un padre violento y una madre ausente. Oculto en alguno de sus lugares-refugio, dejaba pasar las horas leyendo hasta volver al colegio donde era feliz. Su padre nunca lo buscó bajo la cama de la habitación de invitados o en el armario ropero del sótano. Allí no llegaban los alaridos de su madre, ni el sonido seco de los golpes que encajaba, cada día más fuertes.

Cuando su vida se vino abajo y los servicios sociales se hicieron cargo de él, todo cambió. Su amor por la lectura se trocó en odio cerval, una reacción debida a la rabia acumulada por verse convertido, de la noche a la mañana, en un paria sin familia ni recursos.

Una cosa llevó a la otra y se perdió. Malas compañías y deudas no le dejaron más salida que sobrevivir a base de pequeños hurtos o de escalos sin violencia. Nunca se asoció con otros, no se fiaba más que de sí mismo.

Llevaba tiempo vigilando su objetivo. Sabía que el botín no sería como el de una joyería, pero una fuerza extraña tiraba de él y le atraía como un imán hacia la librería antigua, como la llamaba él. Sabía que cuando la dueña se quedaba sola para cerrar y había sido un día de mucha venta, no llevaba la recaudación al banco porque tenia miedo de que la atracaran en la calle.

Ese día se había celebrado San Jorge y había acudido mucha gente, incluso provocando colas en la calle para poder entrar a adquirir uno o más libros que acompañarían a las tradicionales rosas rojas. Para asegurarse, él había vigilado desde la cafetería de la esquina, esperando a que se apagaran las luces y bajaran las persianas. En unas horas sería el momento perfecto.

Había estudiado el itinerario y allanado el camino bloqueando la cerradura de la puerta por la que se accedía a la azotea en el edificio de al lado. Cuando la noche cayó y los sonidos menguaron, se puso en marcha. Enjuto como era y vestido de negro, le resultaba muy fácil pasar desapercibido. En una mochila a su espalda llevaba las herramientas necesarias, nada extraordinario ni fuera de lo común, la palanqueta, una linterna y pocas cosas más.

Iluminando antes el suelo con la linterna para evitar los obstáculos, abrió con cuidado la claraboya y saltó dentro. Si habían conectado una alarma silenciosa ya no había marcha atrás, aunque sabía que contaba con un margen de cinco minutos para realizar su tarea, antes de que apareciera la policía o los de la empresa de seguridad.

Estaba en una especie de desván, que en su día se debió de utilizar de almacén, pero ahora languidecía lleno de cajas vacías, polvo acumulado que casi le hace toser y algún mueble antiguo. Abrió la puerta, que se quejó levemente, y descendió hasta la planta baja donde estaba la caja principal. El silencio era absoluto, quizá la suerte le acompañara y no hubiera ninguna alarma.

No le fue difícil abrir la caja registradora, ni encontrar la pequeña caja metálica donde estaba la mayor parte de la recaudación. Iba a meter el dinero encontrado en su mochila cuando descubrió, medio oculto por otros libros, un antiguo ejemplar de Emilio Salgari, uno de sus autores favoritos cuando era joven. Al tomarlo en sus manos una sensación extraña le embargó, se sentó y comenzó a leerlo a la luz de la linterna, olvidándose del tiempo.

Cuando la librera abrió a la mañana siguiente, le extraño encontrar la carretilla que utilizaban para acarrear cajas de libros junto a la puerta que daba al callejón y que ésta no estuviera cerrada con llave, pero no le dio demasiada importancia. Al hacer el arqueo del final de mes echaron en falta varias cajas de libros y una pequeña cantidad de dinero en metálico.

Si alguien se hubiera tomado la molestia de investigar, quizá podría haber encontrado al taxista que en la madrugada posterior al día de San Jorge realizó una extraña carrera. Recogió a un hambre enjuto vestido de negro y varias cajas de libros y recorrieron varios hogares infantiles, dejando en la puerta de cada uno de ellos una de las cajas.

El coste de la carrera fue casi exacto al dinero que faltaba en la caja de la librería.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 28 de junio de 2020.

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De amebas, pájaros y espectros: una elegía a Joan Miró.

miróHuyendo de la barbarie Joan regresó y al cruzar la frontera un gris plomizo le envolvió hasta la asfixia. Del otro lado solo halló vidas grises sumidas en una historia ajada sin futuro ni crepúsculo, que soportaban con resignación un ocaso perpetuo. Le asaltó un gris que olía a hambre y a posguerra, a recuelo y achicoria, a roña y picadura de tabaco.

Encontró ventanas cerradas, silencios, delaciones y torturas, sacristías y palios omnipotentes, recomendaciones y estraperlo. Oyó hablar del gris de graníticos y megalómanos monumentos en valles regados por sangre de patriotas presos y explotados.

Del Mediterráneo al Atlántico huyendo de una guerra fratricida, del Atlántico al Mediterráneo perseguido por la debacle mundial y las hordas arias. Regresó a la paz del cementerio, a una relativa tranquilidad, garantizada a cambio de silencios cómplices y mentiras piadosas. La isla lo acogió y lo acunó en silencio mientras sanaban sus heridas del alma.

El rojo y los magentas no soportaron más la opresión y se rebelaron provocando una orgía de colores tras las ventanas cerradas, pero no pudo ser. Mientras en el taller se acumulaba, enclaustrada, su obra, en el exterior vigilaban ángelus y maitines opresores.

La cultura oficial se acordó de él y quisieron utilizarlo, pero no se vendió. Esa bandera no era su bandera, esa patria ya no era la suya.

Las constelaciones se fusionaron y el azul lo volvió a intentar, se alió con bestias disparatadas y pájaros deformes, con ciliadas amebas gigantes y mujeres de extrañas figuras para violar un blanco, yerto y aburrido. El color poseyó al gris exterminándolo, lo ahogó y sobrevivió a la batalla, pero siguió confinado en un taller anónimo, bajo un nombre anónimo a la espera, siempre a la espera.

A la espera de un rayo de sol, de un relámpago destructor, de una revolución, de una epifanía demorada. Protesta callada y luminosa, colores libertarios frente a grises dictadores moribundos de prolongadas agonías para salvar los muebles y las prebendas de los colaboracionistas.

Un noviembre triste se transformó en dorado cava. Celebraciones castradas por el miedo al régimen de un genocida que le permitió morir en su cama, mientras sus víctimas lo hacían en cunetas y fosas comunes de cementerios anónimos. Merced a la respiración asistida prestada por patriotas de hojalata y mitras nostálgicas, su desfasado esperpento todavía sigue entre nosotros, chupándonos la energía como un vampiro cósmico.

Llegó la liberación y amarillos pajizos se unieron a dorados rojos y a violetas tornasolados en una fiesta multicolor, en una alabanza a la vida, al cielo y a una naturaleza desbordante, pigmentada por desvergonzados dioses menores. Cayeron por fin las cadenas, se abrieron las ventanas y una luz, al principio tímida, provocó un estallido de policromía extravagante y anárquica que inundó nuestras mentes y nos devolvió a la infancia, a una infancia feliz que nos robaron los grises solemnes y los enlutados negros.

En un rincón olvidado del taller, tres colores siguen esperando que llegue su momento, el rojo encarnado, un amarillo azufrado y el paciente morado acardenalado.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 26 de junio de 2020

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Decadencia

forest-3394066_1920El espíritu del bosque se moría. Los tentáculos de las hiedras y las enredaderas ya no crecían y se habían ido endureciendo hasta convertirse en sarmientos rígidos, como los dedos de los ancianos abandonados en la residencias.

Los antaño bosques rumorosos, que cobijaban múltiples criaturas bajo el artesonado vegetal de sus ramas, habían dado paso a muñones tristes y melancólicos como postes telefónicos sin cables en medio del desierto. Las gamas infinitas de verdes y ocres se habían transformado en un gris monocromático igual que el de los uniformes de los sepultureros o el de las yermas cuencas mineras.

Primero desaparecieron las lúminas, esas preciosas criaturas nocturnas que alumbraban los claros con el fulgor de sus sonrisas y sus alas. Muchas sucumbieron bajo las redes de los cazadores, que las vendían a dueños de circo sin escrúpulos para sus espectáculos itinerantes por pueblos dejados de la mano de Dios. Otras acabaron empaladas sobre láminas de corcho, para servir de entretenimiento en polvorientos y solitarios museos de historia natural de provincias. Sin ellas, los bosques perdieron parte de su luz y comenzaron a reducirse.

Tras las lúminas se fueron los faunos. Hay quien dice que al enturbiarse las aguas de arroyos y torrentes por los avances de los humanos, las ninfas no pudieron sobrevivir y los faunos murieron de pena.

Las sierras asesinas establecieron un asedio permanente y durante el día no se escuchaba otra cosa que el trágico sonido de sus motores y el último quejido de los gigantes verdes al caer, derrotados y muertos.

Muchas criaturas, mágicas o no, se adentraron en las espesuras más sombrías e inaccesibles para intentar sobrevivir. Establecieron alianzas y pidieron ayuda al espíritu del bosque. El espíritu utilizó los poderes arcanos que siempre habían sido suficientes. Conjuró tormentas, dirigió certeros rayos e incluso modificó cauces de torrentes para expulsar a los humanos. Todo se demostró inútil. La antigua magia ya no servía frente a la codicia y la falta de escrúpulos de compañías sin corazón y máquinas sin cerebro.

Para intentar retrasar lo inevitable, recurrió a los pocos humanos que todavía creían en el poder de la naturaleza como fuente de vida, pero los tacharon de locos, los apalearon y los encerraron, acusándoles de ir contra el progreso y la humanidad.

Los belicosos orcos y los siempre organizados enanos propusieron luchar por lo que había sido suyo, pero no lograron el consenso suficiente y optaron por desaparecer en el subsuelo, adaptándose a la oscuridad eterna. Las hadas y los elfos fueron los últimos en desaparecer, tras letales expediciones en busca de las frondas que quizá les permitirían mantenerse en la superficie. Las enfermedades y la falta de libertad los fueron diezmando hasta convertirlos en insignificantes.

Pero lo que mató al espíritu del bosque no fueron las máquinas o la deforestación, ni siquiera la codicia. El espíritu del bosque fue derrotado por la falta de imaginación y el abandono de los niños, sustituido por juegos electrónicos diseñados para crear esclavos y cercenar la fantasía.

El espíritu murió sobre una mesa de diseño, humillado y derrotado por un nuevo relato en el que no cabían las criaturas mágicas, en el que los héroes vivían en el hiperespacio o en el multiverso y no en la tierra. Nunca entre los árboles que rodeaban las casa de los niños, desde donde jugaban con ellos y les lanzaban guiños hasta que cruzaban el umbral de la racionalidad. Sus brazos, como ramas, fueron secándose y las raíces que surgían de su tronco se endurecieron y entrelazaron formando un laberinto estéril.

Esa racionalidad era la asesina. Una forma de pensar que cada vez llegaba más pronto en el crecimiento de los niños, que ahogaba la imaginación y negaba la existencia de cualquier criatura o suceso que no se ajustase a sus rígidas leyes.

A lo que quedaba del espíritu del bosque, apenas un tocón seco, lo encerraron en un enorme almacén subterráneo, junto con las primeras ediciones de los libros malditos secuestrados. El resto de los libros peligrosos murió en la hoguera, para que no inflamasen las mentes de los niños y los jóvenes con sus relatos fantásticos de criaturas extraordinarias. Arriba dejaron otros, inofensivos, en los que cualquier atisbo de veleidad mágica había sido extirpado y cauterizado. Cuando las autoridades clausuraron las puertas del almacén, la decadencia se adueñó del mundo y los humanos dejaron de brillar.

Pensaron que habían vencido y fue pasando el tiempo. La uniformidad ya era casi completa cuando, en un lejano pueblo entre montañas, una niña muy pequeña se perdió en el bosque y encontró un hada.

Cuando se produjo ese encuentro, en un enorme almacén subterráneo, oscuro y polvoriento, una pequeña raíz verde comenzó a crecer de un viejo tocón seco.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 13 de junio de 2020

 

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La habitación rosa

children-girls-4508290_1920Era una habitación como la que a cualquier niña le hubiera encantado tener cuando todavía soñaba con princesas y cuentos de hadas.

De un tamaño suficiente como para que cupiera una cama, una mesa para estudiar, una cómoda de cuatro cajones y bastante espacio para bailar al pie de la cama.

La luz que provenía de dos ventanas paralelas que daban al patio la hacía todavía más adorable. Simétricas a ambos lados de la cama, estaban flanqueadas por unos etéreos visillos blancos que enmarcaban unos estores rosas siempre enrollados a media altura. Los visillos estaban recogidos con unos alzapaños de pasamanería fucsia que colgaban de discretos ganchos metálicos. Por la mañana el sol se colaba y llegaba hasta la puerta del armario empotrado, que estaba en la pared opuesta al cabecero.

Todo en la habitación era rosa o blanco y estaba impecable. La cama individual, con un cabecero blanco, estaba cubierta por un edredón rosa con algodonosas nubecillas blancas. La puerta de la habitación, la del armario, la cómoda y la mesa de estudio eran blancas, contrastando con las alfombras de ambos lados de la cama, que eran rosas.

Las lamparitas, que descansaban sobre unas mesillas de noche rosas, tenían las pantallas blancas, del mismo tono que las sábanas y las almohadas.

Sobre la mesa de estudio, un ordenador portátil rosa con unas fotografías enmarcadas en blanco.

Aquella familia había tenido muy mala suerte. Dos de sus hijos varones habían fallecido, por causas naturales, antes de cumplir los siete años y ahora Laura, la hermana mayor que iba a cumplir diez años, había desaparecido sin dejar rastro y sin que, al parecer, nadie forzara ningún acceso.

La policía registró la casa a conciencia y especialmente la habitación de la niña, esa habitación rosa que encandilaba a las veteranas y curtidas policías y las incitaba a investigar con más ahínco y a obligar a sus compañeros varones a hacer lo mismo. Todos habían empatizado con una familia encantadora perseguida por un fatal sino.

Si el subinspector García no hubiera llegado a tiempo, todo hubiera seguido igual, salvo que una nueva desgracia se hubiera añadido a las de esos padres que se desvivían por sus hijos y a los que se les saltaban las lágrimas al hablar de cualquiera de ellos.

Pero al encontrar a Laura llena de hematomas y heridas en un callejón de los suburbios antes de lo que su asesino había previsto, se desbarató el plan. Aferrándose a una vida que la abandonaba sin remedio con la fuerza que otorga la rabia, consiguió hablarle de la otra habitación.

De esa otra habitación a la que se accedía a través de una puerta simulada dentro del armario empotrado y de la que nadie hubiera encontrado el pestillo si ella no les hubiera indicado dónde buscarlo.

Esa habitación blanca con manchas rojas de las salpicaduras de sangre que provocaban los golpes propinados con instrumentos que colgaban de las paredes. Esa habitación donde aquellos encantadores padres torturaban a sus hijos procurando no dejar marcas o impidiendo que fueran al colegio hasta que desaparecían. Esa habitación que había visto morir al menos a los dos hermanos menores, aunque se estaban investigando desapariciones en el entorno y rastros de ADN.

La habitación rosa siempre impoluta, porque, como después descubrieron, Laura dormía en un rincón del sótano lleno de humedad hasta que, tras la última paliza, su padre la abandonó, pensando que estaba muerta, en el callejón donde la encontraron.

La habitación rosa, como la vida, ocultaba monstruos.

Bartolomé, Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 7 de junio de 2020.

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Ojos

log-cabin-682013_1920«Los ojos pertenecen al cielo, no a la tierra». Esa cita de Christian Bobin era su preferida y la que invariablemente murmuraba en voz baja cuando, al empezar a anochecer, se asomaba a la ventana que daba al valle.

A continuación echaba las cortinas, removía las ascuas y se sentaba de nuevo en aquel agrietado sillón orejero que había conocido al menos tres generaciones de O´Hara, la familia maldita. Cogía la Biblia familiar que había pertenecido a su bisabuelo y comenzaba a recitar, en voz baja, versículos del Génesis hasta que el sopor le vencía y el libro resbalaba hasta la raída manta que cubría sus piernas.

Entre cabezada y cabezada se acordaba de la última chica rubia, aquella cuyos ojos verdes hacían juego con la mochila que ahora la acompañaba en la sima, en lo profundo del prácticamente inaccesible bosque milenario que rodeaba el Pico Negro. ¿Acaso no le habían enseñado sus mayores que nunca debía caminar sola por el bosque?

Esta vez le había costado más, ya se empezaban a notar los años. Aunque se mantenía ágil con sus largos paseos por el bosque, ya no era lo mismo. Lo peor de todo es que cuando desapareciera se extinguiría su apellido. Su mujer había muerto, debilitada como todos aquellos pálidos y azulados retoños que había parido en la montaña sin ayuda. Dios no quería que su clan se perpetuara. El sería el último de su estirpe, una estirpe de cazadores que sobrevivía en aquellos montes desde hacía más de tres generaciones.

Abajo, en el valle, los grupos de voluntarios y las unidades de búsqueda regresaban desanimados, un día más, al punto de reunión. En los corrillos y en temerosos murmullos se volvía recordar una vieja leyenda de la comarca, la del monstruo que habitaba en el bosque y que secuestraba jovencitas rubias, solo rubias. Un monstruo al que nadie había visto jamás, pero que desde hacía más o menos un siglo o el equivalente a tres generaciones, moraba en las pesadillas de los escasos habitantes de esos valles alejados de la civilización y de la mano de Dios.

En la alacena del sótano bajo la cabaña O´Hara, en un bote de cristal idéntico al de otros muchos, algunos cubiertos por el polvo que se deposita tras varias generaciones, unos ojos verdes flotaban sin vida en un líquido transparente esperando la vida eterna y la resurrección de la carne.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 6 de mayo de 2019

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Colores de vida

japan-4744614_1920Chubasqueros amarillos, ramitos de violetas en sus frágiles manos, sorpresa y asombro continuo en unas oblicuas miradas dulces que trascienden el tiempo y el espacio.

Han realizado un largo viaje para llegar a esta sociedad que parece de otro mundo, tan distinto al suyo y sin embargo tan parecido. Quieren saber si los que dieron la orden son diferentes a los fanáticos imperiales que los empujaron a la guerra, a la destrucción y a la ruina.

Mientras esperan, sus mentes navegan aladas, saltando años y distancia. Frente al cemento y las aglomeraciones de edificios y personas, recuerdan una estructura solitaria y ennegrecida, solo un esqueleto de acero entre las ruinas que dejó el hongo. Lo que aquí es bullicio y trasiego, allí era silencio, un terrible y letal silencio.

Quedan muy pocas como ellas, las supervivientes. Con sus impermeables amarillos pasean por Nueva York, pero su alma sigue en Hiroshima. En sus manos portan violetas, pero en su mente evocan el aroma de los cerezos en flor que han vuelto a renacer alrededor de la Clínica de Shima, el punto cero.

Las personas a su alrededor solo ven unas ancianitas sonrientes que esperan el metro en Times Square. Ellas ven la vida después de la muerte. Su sonrisa es un canto a la supervivencia, una llamada a la paz, un voto a la reconciliación.

Han venido a mirar a los ojos de su enemigo y se han dado cuenta de que, tras las máscaras, no había monstruos, solo seres humanos perdidos y asustados. No hay peor monstruo que un hombre convencido.

El metro llega puntual, pero ellas se quedan en el andén sonriendo, recordando, disfrutando de la primavera adelantada y de aquel tramo de vida regalada.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 29 de abril de 2019

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El primer café

coffee-751691_1920Estaba desayunando tarde, como corresponde a un día festivo, a pesar del confinamiento. En la radio trenzaban una tertulia sobre el retorno a los bares al acabar la cuarentena y dónde se tomarían la primera caña los oyentes, algo que en los países escandinavos me imagino que ni habrá pasado por su imaginación, pero aquí es «trending topic» y una necesidad vital. Tras varios testimonios siguiendo el tema propuesto, una mujer ha cambiado de tercio.  Ha confesado ante toda la audiencia que, antes de la primera caña, se moría por un café bien hecho y citaba un lugar en su localidad donde desearía tomarlo, como hacía cada mañana antes de la pandemia.

Esa conversación me ha hecho reflexionar sobre mis gustos, si yo era más de café o de caña y cual de esos productos elegiría para celebrar el día de la liberación. Ese dilema y su desenlace han retado a mi yo creativo, convirtiéndose en el disparadero idóneo para un peregrinaje sentimental por el tiempo y el espacio. A modo de gastronómico diario de viajes, intentaré volcar en el papel en blanco algunas de mis experiencias y opiniones personales relacionadas con los productos antes comentados. Mi humilde intención es que, al leerlo, sea como abrir una claraboya aromática que nos permita olvidarnos, al menos durante un rato, de las miserias del confinamiento.

Debo confesar que, aunque me gusta una caña bien tirada, deben darse las circunstancias adecuadas para ello como la temperatura, el horario y la disponibilidad de las marcas que me atraen. Esto no ocurre con el café, que me apetece en cualquier momento. Además practico una peculiar y personal costumbre. Si encuentro un sitio donde el café es muy bueno, me pido otro, para almacenar una sensación que no sé cuando volverá a repetirse. Por desgracia, eso ocurre menos veces de las que desearía.

Es sobradamente conocido que las virtudes de un buen café se incluyen en su propio nombre a modo de letras capitales: Caliente, Amargo, Fuerte y Estimulante. Por mi parte, y dado que en nuestra vida diaria no nos tomamos uno, sino más, yo añadiría una S. Ese de Situaciones o lugares donde lo tomamos, de Sensaciones que provoca en nosotros y de Social, porque, al menos en mi caso, su disfrute aumenta en buena compañía.

Por cierto, no os lo he dicho, pero a mi me gusta el café solo, sin más aditivos que el azúcar y, en contadas ocasiones, un ligero bautizo de orujo de buena calidad. Lo del azúcar sé que va en contra de lo que opinan los puristas, pero me da igual, bastante amarga es ya la existencia.

Me inició en el café mi abuela materna. Los días en los que, ya casi adolescente, dormía en su casa, me despertaba con una pequeña taza que llevaba a la cama, antes del desayuno. A pesar de que mi memoria funciona fatal, todavía recuerdo el aroma y el calor de aquella taza de café, que me hacía sentirme más adulto. Esas eran las ventajas de ser el primogénito con años de diferencia sobre el siguiente, además de ser un niño formal, educado y despegado de las faldas de mamá. Se me podía llevar a cualquier sitio sin que protestara o desentonara. Una joya de niño, vaya.

Otros cafés, ligados a mi entorno familiar, que recuerdo con nostalgia, eran los que tomaba a veces con mi padre, de madrugada, antes de salir a pescar. Café con leche en vaso y ensaimadas recién traídas del horno en alguno de los escasos bares abiertos cerca del puerto. Lástima que la mayoría de ellas acabaran luego en la bahía por el mareo. Cafés pequeños y estrechos, frecuentados a esas horas únicamente por pescadores y otros trabajadores invisibles.

Con horror estomacal recuerdo los cafés castrenses. Noches de guardia académica soportando el frío cierzo aragonés, con unos tabardos que habían conocido su juventud en tiempos del Cid y un brebaje horrible al volver de la garita que, eso sí, facilitaba de manera insuperable nuestro tránsito intestinal. La cosa no mejoraba cuando lo animaban con brandy Solera, pero de eso podría contar otras historias de hazañas bélicas.

Pensar en el café siempre consigue que evoque episodios y lugares felices. Nuestra memoria selectiva facilita eso, lo que le agradezco enormemente. Bastantes desgracias nos asedian todos los días. Ese oscuro y maravilloso brebaje, como una pócima mágica, consigue mover en sentido contrario las manecillas del reloj y restituir las arrancadas hojas del calendario, rememorando experiencias y sensaciones que constituyen una parte imprescindible de lo mejor de mi vida.

De aquella breve estancia en Milán por un congreso, allá por los noventa, recuerdo un ristretto diminuto e inolvidable cerca de la Piazza del Duomo. Además de su escasísima cantidad y su sabor perfecto, lo que se me quedó grabado a fuego fue la larga cuchara comunal para servirte el azúcar desde un azucarero colectivo. No lo he vuelto a ver jamás.

Los cafés franceses, perfectamente olvidables en lo que se refiere a la infusión, se salvaban por sus preciosas cafeterías, salvo que los tomases en un entorno laboral. En ese caso no los salvaba nada, salvo quizá, más recientemente, el milagro de las cafeteras de cápsulas. De Francia se me han quedado grabados a fuego otros productos, especialmente para un ratón como yo, pero no voy a hablar aquí de sus quesos. Mis papilas todavía se resienten del ataque de aquellas mostazas variadas de l´Ile du Levant, frente a Hyères, donde participé en unas maniobras con el 54 regimiento de artillería del ejército francés. La curiosidad me ha llevado a comprobar que esa unidad todavía sigue en la ciudad y en activo, casi treinta años después de lo que constituyó la única misión internacional de mi carrera castrense.

Este nostálgico y aromático viaje me transporta, con un inevitable salto en el tiempo, a Ecuador y los desayunos en el Hostal Madre Tierra, allá por el año 2000. Era un curioso alojamiento rural para mochileros, como decían ellos, cerca de Loja, casi en el Perú. Desde su terraza podíamos saborear, cada mañana, un café muy mejorable, un zumo de guayaba espléndido y unas vistas inenarrables del Valle de Vilcabamba o de la Longevidad. Nuestro contacto local decía que para dormir en un hotel ya lo haríamos en Europa, que teníamos que aprovechar para conocer el país real en el que estábamos.

Bastantes años más tarde, unos diecisiete, regresé a Latinoamérica, en concreto a Chile. Mis recuerdos cafeteros no los evoca precisamente la calidad local del producto. Se asocian principalmente al Starbucks próximo a la Plaza de Armas, en Santiago, por su wifi o a los desayunos en la cafetería de mi hotel, situada en el último piso, desde donde podía admirar las azoteas del centro de la capital y la Plaza de la Moneda, de infausto recuerdo. Me marché de Santiago sin conocer ninguno de sus famosos «cafés con piernas» elogiados por mis amigos chilenos, quizá la próxima vez que vaya.

Además de Santiago viajé a Concepción, al sur, por motivos de trabajo. Lo cito porque de esos días no puedo por menos que evocar la cara de asco que ponía mi amigo Bruno, un italo-chileno afincado en Milán desde hacía mucho años, cuando intentaba tragar el café de la sobremesa. Y eso que se lo preparaban especialmente para él y siguiendo sus instrucciones.

Mis experiencias cafeteras en el extranjero finalizan en un país donde esa infusión me ha generado, junto con Italia, las mayores satisfacciones sensoriales. Portugal y sus excelsas bicas, perfectas en cualquier lugar donde las degustes y sea cual sea la marca del producto.

Bicas como aquella de la Avenida dos Aliados en Oporto en la terracita de una «cafetaria» clásica. Como cualquiera de las de Lisboa, tanto en el Chiado, Alfama o cualquier otro barrio de una capital que te cautiva desde su decadencia elegante y discreta, ahora repleta de turistas.

Bicas como las que tomé en el pueblo de Almeida, con la sensación de haber regresado al siglo XVII y a las guerras fronterizas. Nada desentonaba en un casco antiguo limpio y perfectamente fiel a sus orígenes. Cuánto tendríamos que aprender de nuestros, aparentemente, retrasado vecinos del oeste, en lo referente a la conservación del patrimonio histórico. También en otras muchas cosas en las que no voy a extenderme, porque se me vería el plumero.

Mis más recientes recuerdos cafeteros de Portugal son del año pasado, entre primavera y verano. El primero de Viseu, ciudad que desconocía y a la que me llevó un proyecto muy interesante con jóvenes emprendedores. Otros en el Algarve, vacacionales. De Viseu, además del café perfecto como en todo Portugal, debo destacar los Viriatos, repostería exquisita que hay que probar, eso si, sin remordimientos posteriores por su carga calórica. Del Algarve añoro el café en una terraza junto al río en Portimao, tras degustar una deliciosa y sencilla cataplana de pescado en un pequeño restaurante para lugareños, oculto en el laberinto de callejuelas cercanas al puerto. Otro café con sabor y vistas excepcionales que archivé en mi memoria fue el de la Praia da Mareta, junto a Sagres. Una playa de lujo, prácticamente vacía debido a un viento incómodo y un agua helada, a pesar de estar en julio.

He reservado para el final mis cafés en suelo patrio, caracterizados por su enorme variabilidad. Muchos tan olvidables que ni los recuerdo. Otros merecen una mención aparte en este atlas personal de sensaciones y experiencias placenteras.

De mi tierra, esa Mallorca maravillosa destrozada por el maligno tándem de turismo desaforado y avaricia desatada, atesoro imágenes adheridas a mi memoria con el pegamento de la felicidad. Por desgracia, el abuso del torrefactado empañaba muchas veces el sabor y la calidad, lo que hace que mis sensaciones positivas estén más asociadas a experiencias no gustativas. Cafés de mi época de vagabundeo juvenil, al principio en aquella vieja y añorada Gucci-Hispania roja, de cambio de marchas en el depósito. Posteriormente en el viejo y veleidoso seiscientos que me dejaba tirado en cualquier cuneta cuando se ofendía. Veladores de mármol en oscuros bares de pueblos, donde todavía los parroquianos te miraban de arriba a abajo para hacerte la filiación y el ron de caña, o las hierbas dulces, eran imprescindibles para digerir aquel brebaje oscuro y amargo, a pesar del azúcar. La mixtura del café con el sabor salino del aire, en cualquier terraza frente al mar, produce siempre un resultado que merece la pena experimentar, aunque cada vez sea más difícil conseguir una mesa para lograrlo y la broma te salga más cara.

Málaga me impactó en su conjunto, aunque de allí destacaría el sabor perfecto, aunque caro, de una taza de café en el patio del Museo Picasso. También una sobremesa en un pequeño restaurante de la calle San Juan, donde ejecuté mi ritual de repetirlo para almacenar su paladar hasta la siguiente experiencia digna de ser contada. Dejando aparte el sabor, esa ciudad sorprendente tiene numerosos rincones para descubrir. A mí me impactaron especialmente dos, uno con degustación y otro solo de hallazgo.

El primero, cualquiera de las numerosas terrazas de la Plaza de la Merced. Allí hay que acercarse, sin excusa, al monumento del centro de la plaza. Está dedicado al General Torrijos y sus cuarenta y ocho compañeros, fusilados por orden de Fernando VII en 1831, en la playa de San Andrés, por defender una Constitución que el mismo y nefasto monarca había jurado, supongo que cruzando los dedos a la espalda. Recordad el «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional[1]».

El otro rincón que me sorprendió y que, de alguna manera, está relacionado con el anterior, es el cementerio inglés, junto a la plaza de toros. Recorrer aquella pequeña parcela y leer sus lápidas y túmulos es retroceder en el tiempo hasta batallas y hechos heroicos hoy prácticamente olvidados.

Doblo el mapa y salto a Santander, donde se sigue manteniendo la perfecta fusión entre el café y la brisa marina. Aunque la especialidad local son sus maravillosas rabas, no desmerecen degustaciones cafeteras como la del Cazurro en Arnía, admirando el mar chocando contra las rompientes al pie del acantilado. Más tranquilas e íntimas las del Santa & Co, un ecosistema completamente millenial cerca de la calle del Arrabal, en el casco antiguo.

Podría hablar de otras muchas experiencias ligadas a la negra infusión a lo largo de la piel de toro hispánica. La mayor parte de ellas recordadas por la compañía o el lugar, las menos por la calidad del género, lamentablemente.

Quiero cerrar el círculo en Valladolid, ciudad de acogida de la que puedo hablar con cierto conocimiento, tras muchos años de residencia. En mi barrio encuentras un café aceptable, dependiendo de los locales. Incluso el Nuberu ha recibido varios premios al barista de ámbito nacional. Las vistas son, por desgracia, de lo más normal, pero siempre han salvado la situación los acompañantes. El componente social que acompaña, por lo general, a esa infusión, puede compensar otros factores.

Quizá si tuviera que elegir un único lugar para tomarlo me quedaría con el Continental, en la Plaza Mayor. Aúna buen café, un local agradable, una buena terraza y además tienes asegurado el entretenimiento, puesto que es la sala de reuniones oficiosa de la corporación municipal. Hay muchos otros sitios, algunos destacables por sus vistas a un río desperdiciado todavía, e incluso otros en el alfoz dignos de mencionar, pero sería alargar demasiado.

No se si habré conseguido mi objetivo al escribir esto. Deseaba que, prendados del aroma del café, abrierais de par en par las ventanas de vuestra mente y os dejarais arrastrar a una excursión sensitiva que amortiguara el efecto de la reclusión, al menos durante un momento. Uno suficiente como para tomar impulso y fuerzas para resistir hasta un final, que cada vez está más cercano.

Tras las reflexiones anteriores sigo sin decidirme. Quizá lo más importante no sea lo que tomas, sino con quién y la felicidad de volver a retomar tu vida, que con total seguridad será diferente a la de antes de la pandemia.

Mi conclusión, tras ese viaje sensorial y emotivo, sería que por el café y otras muchas cosas más, mañana mismo o cuando pueda, hago las maletas y me exilio a Portugal.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 27 de abril de 2020

[1] El 10 de marzo de 1820, Fernando VII el Deseado -curiosa paradoja- publicaba el Manifiesto del Rey a la Nación Española en el que refrenda su decidido apoyo a la Constitución de Cádiz de 1812.

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