Decadencia

forest-3394066_1920El espíritu del bosque se moría. Los tentáculos de las hiedras y las enredaderas ya no crecían y se habían ido endureciendo hasta convertirse en sarmientos rígidos, como los dedos de los ancianos abandonados en la residencias.

Los antaño bosques rumorosos, que cobijaban múltiples criaturas bajo el artesonado vegetal de sus ramas, habían dado paso a muñones tristes y melancólicos como postes telefónicos sin cables en medio del desierto. Las gamas infinitas de verdes y ocres se habían transformado en un gris monocromático igual que el de los uniformes de los sepultureros o el de las yermas cuencas mineras.

Primero desaparecieron las lúminas, esas preciosas criaturas nocturnas que alumbraban los claros con el fulgor de sus sonrisas y sus alas. Muchas sucumbieron bajo las redes de los cazadores, que las vendían a dueños de circo sin escrúpulos para sus espectáculos itinerantes por pueblos dejados de la mano de Dios. Otras acabaron empaladas sobre láminas de corcho, para servir de entretenimiento en polvorientos y solitarios museos de historia natural de provincias. Sin ellas, los bosques perdieron parte de su luz y comenzaron a reducirse.

Tras las lúminas se fueron los faunos. Hay quien dice que al enturbiarse las aguas de arroyos y torrentes por los avances de los humanos, las ninfas no pudieron sobrevivir y los faunos murieron de pena.

Las sierras asesinas establecieron un asedio permanente y durante el día no se escuchaba otra cosa que el trágico sonido de sus motores y el último quejido de los gigantes verdes al caer, derrotados y muertos.

Muchas criaturas, mágicas o no, se adentraron en las espesuras más sombrías e inaccesibles para intentar sobrevivir. Establecieron alianzas y pidieron ayuda al espíritu del bosque. El espíritu utilizó los poderes arcanos que siempre habían sido suficientes. Conjuró tormentas, dirigió certeros rayos e incluso modificó cauces de torrentes para expulsar a los humanos. Todo se demostró inútil. La antigua magia ya no servía frente a la codicia y la falta de escrúpulos de compañías sin corazón y máquinas sin cerebro.

Para intentar retrasar lo inevitable, recurrió a los pocos humanos que todavía creían en el poder de la naturaleza como fuente de vida, pero los tacharon de locos, los apalearon y los encerraron, acusándoles de ir contra el progreso y la humanidad.

Los belicosos orcos y los siempre organizados enanos propusieron luchar por lo que había sido suyo, pero no lograron el consenso suficiente y optaron por desaparecer en el subsuelo, adaptándose a la oscuridad eterna. Las hadas y los elfos fueron los últimos en desaparecer, tras letales expediciones en busca de las frondas que quizá les permitirían mantenerse en la superficie. Las enfermedades y la falta de libertad los fueron diezmando hasta convertirlos en insignificantes.

Pero lo que mató al espíritu del bosque no fueron las máquinas o la deforestación, ni siquiera la codicia. El espíritu del bosque fue derrotado por la falta de imaginación y el abandono de los niños, sustituido por juegos electrónicos diseñados para crear esclavos y cercenar la fantasía.

El espíritu murió sobre una mesa de diseño, humillado y derrotado por un nuevo relato en el que no cabían las criaturas mágicas, en el que los héroes vivían en el hiperespacio o en el multiverso y no en la tierra. Nunca entre los árboles que rodeaban las casa de los niños, desde donde jugaban con ellos y les lanzaban guiños hasta que cruzaban el umbral de la racionalidad. Sus brazos, como ramas, fueron secándose y las raíces que surgían de su tronco se endurecieron y entrelazaron formando un laberinto estéril.

Esa racionalidad era la asesina. Una forma de pensar que cada vez llegaba más pronto en el crecimiento de los niños, que ahogaba la imaginación y negaba la existencia de cualquier criatura o suceso que no se ajustase a sus rígidas leyes.

A lo que quedaba del espíritu del bosque, apenas un tocón seco, lo encerraron en un enorme almacén subterráneo, junto con las primeras ediciones de los libros malditos secuestrados. El resto de los libros peligrosos murió en la hoguera, para que no inflamasen las mentes de los niños y los jóvenes con sus relatos fantásticos de criaturas extraordinarias. Arriba dejaron otros, inofensivos, en los que cualquier atisbo de veleidad mágica había sido extirpado y cauterizado. Cuando las autoridades clausuraron las puertas del almacén, la decadencia se adueñó del mundo y los humanos dejaron de brillar.

Pensaron que habían vencido y fue pasando el tiempo. La uniformidad ya era casi completa cuando, en un lejano pueblo entre montañas, una niña muy pequeña se perdió en el bosque y encontró un hada.

Cuando se produjo ese encuentro, en un enorme almacén subterráneo, oscuro y polvoriento, una pequeña raíz verde comenzó a crecer de un viejo tocón seco.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 13 de junio de 2020

 

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La habitación rosa

children-girls-4508290_1920Era una habitación como la que a cualquier niña le hubiera encantado tener cuando todavía soñaba con princesas y cuentos de hadas.

De un tamaño suficiente como para que cupiera una cama, una mesa para estudiar, una cómoda de cuatro cajones y bastante espacio para bailar al pie de la cama.

La luz que provenía de dos ventanas paralelas que daban al patio la hacía todavía más adorable. Simétricas a ambos lados de la cama, estaban flanqueadas por unos etéreos visillos blancos que enmarcaban unos estores rosas siempre enrollados a media altura. Los visillos estaban recogidos con unos alzapaños de pasamanería fucsia que colgaban de discretos ganchos metálicos. Por la mañana el sol se colaba y llegaba hasta la puerta del armario empotrado, que estaba en la pared opuesta al cabecero.

Todo en la habitación era rosa o blanco y estaba impecable. La cama individual, con un cabecero blanco, estaba cubierta por un edredón rosa con algodonosas nubecillas blancas. La puerta de la habitación, la del armario, la cómoda y la mesa de estudio eran blancas, contrastando con las alfombras de ambos lados de la cama, que eran rosas.

Las lamparitas, que descansaban sobre unas mesillas de noche rosas, tenían las pantallas blancas, del mismo tono que las sábanas y las almohadas.

Sobre la mesa de estudio, un ordenador portátil rosa con unas fotografías enmarcadas en blanco.

Aquella familia había tenido muy mala suerte. Dos de sus hijos varones habían fallecido, por causas naturales, antes de cumplir los siete años y ahora Laura, la hermana mayor que iba a cumplir diez años, había desaparecido sin dejar rastro y sin que, al parecer, nadie forzara ningún acceso.

La policía registró la casa a conciencia y especialmente la habitación de la niña, esa habitación rosa que encandilaba a las veteranas y curtidas policías y las incitaba a investigar con más ahínco y a obligar a sus compañeros varones a hacer lo mismo. Todos habían empatizado con una familia encantadora perseguida por un fatal sino.

Si el subinspector García no hubiera llegado a tiempo, todo hubiera seguido igual, salvo que una nueva desgracia se hubiera añadido a las de esos padres que se desvivían por sus hijos y a los que se les saltaban las lágrimas al hablar de cualquiera de ellos.

Pero al encontrar a Laura llena de hematomas y heridas en un callejón de los suburbios antes de lo que su asesino había previsto, se desbarató el plan. Aferrándose a una vida que la abandonaba sin remedio con la fuerza que otorga la rabia, consiguió hablarle de la otra habitación.

De esa otra habitación a la que se accedía a través de una puerta simulada dentro del armario empotrado y de la que nadie hubiera encontrado el pestillo si ella no les hubiera indicado dónde buscarlo.

Esa habitación blanca con manchas rojas de las salpicaduras de sangre que provocaban los golpes propinados con instrumentos que colgaban de las paredes. Esa habitación donde aquellos encantadores padres torturaban a sus hijos procurando no dejar marcas o impidiendo que fueran al colegio hasta que desaparecían. Esa habitación que había visto morir al menos a los dos hermanos menores, aunque se estaban investigando desapariciones en el entorno y rastros de ADN.

La habitación rosa siempre impoluta, porque, como después descubrieron, Laura dormía en un rincón del sótano lleno de humedad hasta que, tras la última paliza, su padre la abandonó, pensando que estaba muerta, en el callejón donde la encontraron.

La habitación rosa, como la vida, ocultaba monstruos.

Bartolomé, Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 7 de junio de 2020.

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Ojos

log-cabin-682013_1920«Los ojos pertenecen al cielo, no a la tierra». Esa cita de Christian Bobin era su preferida y la que invariablemente murmuraba en voz baja cuando, al empezar a anochecer, se asomaba a la ventana que daba al valle.

A continuación echaba las cortinas, removía las ascuas y se sentaba de nuevo en aquel agrietado sillón orejero que había conocido al menos tres generaciones de O´Hara, la familia maldita. Cogía la Biblia familiar que había pertenecido a su bisabuelo y comenzaba a recitar, en voz baja, versículos del Génesis hasta que el sopor le vencía y el libro resbalaba hasta la raída manta que cubría sus piernas.

Entre cabezada y cabezada se acordaba de la última chica rubia, aquella cuyos ojos verdes hacían juego con la mochila que ahora la acompañaba en la sima, en lo profundo del prácticamente inaccesible bosque milenario que rodeaba el Pico Negro. ¿Acaso no le habían enseñado sus mayores que nunca debía caminar sola por el bosque?

Esta vez le había costado más, ya se empezaban a notar los años. Aunque se mantenía ágil con sus largos paseos por el bosque, ya no era lo mismo. Lo peor de todo es que cuando desapareciera se extinguiría su apellido. Su mujer había muerto, debilitada como todos aquellos pálidos y azulados retoños que había parido en la montaña sin ayuda. Dios no quería que su clan se perpetuara. El sería el último de su estirpe, una estirpe de cazadores que sobrevivía en aquellos montes desde hacía más de tres generaciones.

Abajo, en el valle, los grupos de voluntarios y las unidades de búsqueda regresaban desanimados, un día más, al punto de reunión. En los corrillos y en temerosos murmullos se volvía recordar una vieja leyenda de la comarca, la del monstruo que habitaba en el bosque y que secuestraba jovencitas rubias, solo rubias. Un monstruo al que nadie había visto jamás, pero que desde hacía más o menos un siglo o el equivalente a tres generaciones, moraba en las pesadillas de los escasos habitantes de esos valles alejados de la civilización y de la mano de Dios.

En la alacena del sótano bajo la cabaña O´Hara, en un bote de cristal idéntico al de otros muchos, algunos cubiertos por el polvo que se deposita tras varias generaciones, unos ojos verdes flotaban sin vida en un líquido transparente esperando la vida eterna y la resurrección de la carne.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 6 de mayo de 2019

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Colores de vida

japan-4744614_1920Chubasqueros amarillos, ramitos de violetas en sus frágiles manos, sorpresa y asombro continuo en unas oblicuas miradas dulces que trascienden el tiempo y el espacio.

Han realizado un largo viaje para llegar a esta sociedad que parece de otro mundo, tan distinto al suyo y sin embargo tan parecido. Quieren saber si los que dieron la orden son diferentes a los fanáticos imperiales que los empujaron a la guerra, a la destrucción y a la ruina.

Mientras esperan, sus mentes navegan aladas, saltando años y distancia. Frente al cemento y las aglomeraciones de edificios y personas, recuerdan una estructura solitaria y ennegrecida, solo un esqueleto de acero entre las ruinas que dejó el hongo. Lo que aquí es bullicio y trasiego, allí era silencio, un terrible y letal silencio.

Quedan muy pocas como ellas, las supervivientes. Con sus impermeables amarillos pasean por Nueva York, pero su alma sigue en Hiroshima. En sus manos portan violetas, pero en su mente evocan el aroma de los cerezos en flor que han vuelto a renacer alrededor de la Clínica de Shima, el punto cero.

Las personas a su alrededor solo ven unas ancianitas sonrientes que esperan el metro en Times Square. Ellas ven la vida después de la muerte. Su sonrisa es un canto a la supervivencia, una llamada a la paz, un voto a la reconciliación.

Han venido a mirar a los ojos de su enemigo y se han dado cuenta de que, tras las máscaras, no había monstruos, solo seres humanos perdidos y asustados. No hay peor monstruo que un hombre convencido.

El metro llega puntual, pero ellas se quedan en el andén sonriendo, recordando, disfrutando de la primavera adelantada y de aquel tramo de vida regalada.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 29 de abril de 2019

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El primer café

coffee-751691_1920Estaba desayunando tarde, como corresponde a un día festivo, a pesar del confinamiento. En la radio trenzaban una tertulia sobre el retorno a los bares al acabar la cuarentena y dónde se tomarían la primera caña los oyentes, algo que en los países escandinavos me imagino que ni habrá pasado por su imaginación, pero aquí es «trending topic» y una necesidad vital. Tras varios testimonios siguiendo el tema propuesto, una mujer ha cambiado de tercio.  Ha confesado ante toda la audiencia que, antes de la primera caña, se moría por un café bien hecho y citaba un lugar en su localidad donde desearía tomarlo, como hacía cada mañana antes de la pandemia.

Esa conversación me ha hecho reflexionar sobre mis gustos, si yo era más de café o de caña y cual de esos productos elegiría para celebrar el día de la liberación. Ese dilema y su desenlace han retado a mi yo creativo, convirtiéndose en el disparadero idóneo para un peregrinaje sentimental por el tiempo y el espacio. A modo de gastronómico diario de viajes, intentaré volcar en el papel en blanco algunas de mis experiencias y opiniones personales relacionadas con los productos antes comentados. Mi humilde intención es que, al leerlo, sea como abrir una claraboya aromática que nos permita olvidarnos, al menos durante un rato, de las miserias del confinamiento.

Debo confesar que, aunque me gusta una caña bien tirada, deben darse las circunstancias adecuadas para ello como la temperatura, el horario y la disponibilidad de las marcas que me atraen. Esto no ocurre con el café, que me apetece en cualquier momento. Además practico una peculiar y personal costumbre. Si encuentro un sitio donde el café es muy bueno, me pido otro, para almacenar una sensación que no sé cuando volverá a repetirse. Por desgracia, eso ocurre menos veces de las que desearía.

Es sobradamente conocido que las virtudes de un buen café se incluyen en su propio nombre a modo de letras capitales: Caliente, Amargo, Fuerte y Estimulante. Por mi parte, y dado que en nuestra vida diaria no nos tomamos uno, sino más, yo añadiría una S. Ese de Situaciones o lugares donde lo tomamos, de Sensaciones que provoca en nosotros y de Social, porque, al menos en mi caso, su disfrute aumenta en buena compañía.

Por cierto, no os lo he dicho, pero a mi me gusta el café solo, sin más aditivos que el azúcar y, en contadas ocasiones, un ligero bautizo de orujo de buena calidad. Lo del azúcar sé que va en contra de lo que opinan los puristas, pero me da igual, bastante amarga es ya la existencia.

Me inició en el café mi abuela materna. Los días en los que, ya casi adolescente, dormía en su casa, me despertaba con una pequeña taza que llevaba a la cama, antes del desayuno. A pesar de que mi memoria funciona fatal, todavía recuerdo el aroma y el calor de aquella taza de café, que me hacía sentirme más adulto. Esas eran las ventajas de ser el primogénito con años de diferencia sobre el siguiente, además de ser un niño formal, educado y despegado de las faldas de mamá. Se me podía llevar a cualquier sitio sin que protestara o desentonara. Una joya de niño, vaya.

Otros cafés, ligados a mi entorno familiar, que recuerdo con nostalgia, eran los que tomaba a veces con mi padre, de madrugada, antes de salir a pescar. Café con leche en vaso y ensaimadas recién traídas del horno en alguno de los escasos bares abiertos cerca del puerto. Lástima que la mayoría de ellas acabaran luego en la bahía por el mareo. Cafés pequeños y estrechos, frecuentados a esas horas únicamente por pescadores y otros trabajadores invisibles.

Con horror estomacal recuerdo los cafés castrenses. Noches de guardia académica soportando el frío cierzo aragonés, con unos tabardos que habían conocido su juventud en tiempos del Cid y un brebaje horrible al volver de la garita que, eso sí, facilitaba de manera insuperable nuestro tránsito intestinal. La cosa no mejoraba cuando lo animaban con brandy Solera, pero de eso podría contar otras historias de hazañas bélicas.

Pensar en el café siempre consigue que evoque episodios y lugares felices. Nuestra memoria selectiva facilita eso, lo que le agradezco enormemente. Bastantes desgracias nos asedian todos los días. Ese oscuro y maravilloso brebaje, como una pócima mágica, consigue mover en sentido contrario las manecillas del reloj y restituir las arrancadas hojas del calendario, rememorando experiencias y sensaciones que constituyen una parte imprescindible de lo mejor de mi vida.

De aquella breve estancia en Milán por un congreso, allá por los noventa, recuerdo un ristretto diminuto e inolvidable cerca de la Piazza del Duomo. Además de su escasísima cantidad y su sabor perfecto, lo que se me quedó grabado a fuego fue la larga cuchara comunal para servirte el azúcar desde un azucarero colectivo. No lo he vuelto a ver jamás.

Los cafés franceses, perfectamente olvidables en lo que se refiere a la infusión, se salvaban por sus preciosas cafeterías, salvo que los tomases en un entorno laboral. En ese caso no los salvaba nada, salvo quizá, más recientemente, el milagro de las cafeteras de cápsulas. De Francia se me han quedado grabados a fuego otros productos, especialmente para un ratón como yo, pero no voy a hablar aquí de sus quesos. Mis papilas todavía se resienten del ataque de aquellas mostazas variadas de l´Ile du Levant, frente a Hyères, donde participé en unas maniobras con el 54 regimiento de artillería del ejército francés. La curiosidad me ha llevado a comprobar que esa unidad todavía sigue en la ciudad y en activo, casi treinta años después de lo que constituyó la única misión internacional de mi carrera castrense.

Este nostálgico y aromático viaje me transporta, con un inevitable salto en el tiempo, a Ecuador y los desayunos en el Hostal Madre Tierra, allá por el año 2000. Era un curioso alojamiento rural para mochileros, como decían ellos, cerca de Loja, casi en el Perú. Desde su terraza podíamos saborear, cada mañana, un café muy mejorable, un zumo de guayaba espléndido y unas vistas inenarrables del Valle de Vilcabamba o de la Longevidad. Nuestro contacto local decía que para dormir en un hotel ya lo haríamos en Europa, que teníamos que aprovechar para conocer el país real en el que estábamos.

Bastantes años más tarde, unos diecisiete, regresé a Latinoamérica, en concreto a Chile. Mis recuerdos cafeteros no los evoca precisamente la calidad local del producto. Se asocian principalmente al Starbucks próximo a la Plaza de Armas, en Santiago, por su wifi o a los desayunos en la cafetería de mi hotel, situada en el último piso, desde donde podía admirar las azoteas del centro de la capital y la Plaza de la Moneda, de infausto recuerdo. Me marché de Santiago sin conocer ninguno de sus famosos «cafés con piernas» elogiados por mis amigos chilenos, quizá la próxima vez que vaya.

Además de Santiago viajé a Concepción, al sur, por motivos de trabajo. Lo cito porque de esos días no puedo por menos que evocar la cara de asco que ponía mi amigo Bruno, un italo-chileno afincado en Milán desde hacía mucho años, cuando intentaba tragar el café de la sobremesa. Y eso que se lo preparaban especialmente para él y siguiendo sus instrucciones.

Mis experiencias cafeteras en el extranjero finalizan en un país donde esa infusión me ha generado, junto con Italia, las mayores satisfacciones sensoriales. Portugal y sus excelsas bicas, perfectas en cualquier lugar donde las degustes y sea cual sea la marca del producto.

Bicas como aquella de la Avenida dos Aliados en Oporto en la terracita de una «cafetaria» clásica. Como cualquiera de las de Lisboa, tanto en el Chiado, Alfama o cualquier otro barrio de una capital que te cautiva desde su decadencia elegante y discreta, ahora repleta de turistas.

Bicas como las que tomé en el pueblo de Almeida, con la sensación de haber regresado al siglo XVII y a las guerras fronterizas. Nada desentonaba en un casco antiguo limpio y perfectamente fiel a sus orígenes. Cuánto tendríamos que aprender de nuestros, aparentemente, retrasado vecinos del oeste, en lo referente a la conservación del patrimonio histórico. También en otras muchas cosas en las que no voy a extenderme, porque se me vería el plumero.

Mis más recientes recuerdos cafeteros de Portugal son del año pasado, entre primavera y verano. El primero de Viseu, ciudad que desconocía y a la que me llevó un proyecto muy interesante con jóvenes emprendedores. Otros en el Algarve, vacacionales. De Viseu, además del café perfecto como en todo Portugal, debo destacar los Viriatos, repostería exquisita que hay que probar, eso si, sin remordimientos posteriores por su carga calórica. Del Algarve añoro el café en una terraza junto al río en Portimao, tras degustar una deliciosa y sencilla cataplana de pescado en un pequeño restaurante para lugareños, oculto en el laberinto de callejuelas cercanas al puerto. Otro café con sabor y vistas excepcionales que archivé en mi memoria fue el de la Praia da Mareta, junto a Sagres. Una playa de lujo, prácticamente vacía debido a un viento incómodo y un agua helada, a pesar de estar en julio.

He reservado para el final mis cafés en suelo patrio, caracterizados por su enorme variabilidad. Muchos tan olvidables que ni los recuerdo. Otros merecen una mención aparte en este atlas personal de sensaciones y experiencias placenteras.

De mi tierra, esa Mallorca maravillosa destrozada por el maligno tándem de turismo desaforado y avaricia desatada, atesoro imágenes adheridas a mi memoria con el pegamento de la felicidad. Por desgracia, el abuso del torrefactado empañaba muchas veces el sabor y la calidad, lo que hace que mis sensaciones positivas estén más asociadas a experiencias no gustativas. Cafés de mi época de vagabundeo juvenil, al principio en aquella vieja y añorada Gucci-Hispania roja, de cambio de marchas en el depósito. Posteriormente en el viejo y veleidoso seiscientos que me dejaba tirado en cualquier cuneta cuando se ofendía. Veladores de mármol en oscuros bares de pueblos, donde todavía los parroquianos te miraban de arriba a abajo para hacerte la filiación y el ron de caña, o las hierbas dulces, eran imprescindibles para digerir aquel brebaje oscuro y amargo, a pesar del azúcar. La mixtura del café con el sabor salino del aire, en cualquier terraza frente al mar, produce siempre un resultado que merece la pena experimentar, aunque cada vez sea más difícil conseguir una mesa para lograrlo y la broma te salga más cara.

Málaga me impactó en su conjunto, aunque de allí destacaría el sabor perfecto, aunque caro, de una taza de café en el patio del Museo Picasso. También una sobremesa en un pequeño restaurante de la calle San Juan, donde ejecuté mi ritual de repetirlo para almacenar su paladar hasta la siguiente experiencia digna de ser contada. Dejando aparte el sabor, esa ciudad sorprendente tiene numerosos rincones para descubrir. A mí me impactaron especialmente dos, uno con degustación y otro solo de hallazgo.

El primero, cualquiera de las numerosas terrazas de la Plaza de la Merced. Allí hay que acercarse, sin excusa, al monumento del centro de la plaza. Está dedicado al General Torrijos y sus cuarenta y ocho compañeros, fusilados por orden de Fernando VII en 1831, en la playa de San Andrés, por defender una Constitución que el mismo y nefasto monarca había jurado, supongo que cruzando los dedos a la espalda. Recordad el «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional[1]».

El otro rincón que me sorprendió y que, de alguna manera, está relacionado con el anterior, es el cementerio inglés, junto a la plaza de toros. Recorrer aquella pequeña parcela y leer sus lápidas y túmulos es retroceder en el tiempo hasta batallas y hechos heroicos hoy prácticamente olvidados.

Doblo el mapa y salto a Santander, donde se sigue manteniendo la perfecta fusión entre el café y la brisa marina. Aunque la especialidad local son sus maravillosas rabas, no desmerecen degustaciones cafeteras como la del Cazurro en Arnía, admirando el mar chocando contra las rompientes al pie del acantilado. Más tranquilas e íntimas las del Santa & Co, un ecosistema completamente millenial cerca de la calle del Arrabal, en el casco antiguo.

Podría hablar de otras muchas experiencias ligadas a la negra infusión a lo largo de la piel de toro hispánica. La mayor parte de ellas recordadas por la compañía o el lugar, las menos por la calidad del género, lamentablemente.

Quiero cerrar el círculo en Valladolid, ciudad de acogida de la que puedo hablar con cierto conocimiento, tras muchos años de residencia. En mi barrio encuentras un café aceptable, dependiendo de los locales. Incluso el Nuberu ha recibido varios premios al barista de ámbito nacional. Las vistas son, por desgracia, de lo más normal, pero siempre han salvado la situación los acompañantes. El componente social que acompaña, por lo general, a esa infusión, puede compensar otros factores.

Quizá si tuviera que elegir un único lugar para tomarlo me quedaría con el Continental, en la Plaza Mayor. Aúna buen café, un local agradable, una buena terraza y además tienes asegurado el entretenimiento, puesto que es la sala de reuniones oficiosa de la corporación municipal. Hay muchos otros sitios, algunos destacables por sus vistas a un río desperdiciado todavía, e incluso otros en el alfoz dignos de mencionar, pero sería alargar demasiado.

No se si habré conseguido mi objetivo al escribir esto. Deseaba que, prendados del aroma del café, abrierais de par en par las ventanas de vuestra mente y os dejarais arrastrar a una excursión sensitiva que amortiguara el efecto de la reclusión, al menos durante un momento. Uno suficiente como para tomar impulso y fuerzas para resistir hasta un final, que cada vez está más cercano.

Tras las reflexiones anteriores sigo sin decidirme. Quizá lo más importante no sea lo que tomas, sino con quién y la felicidad de volver a retomar tu vida, que con total seguridad será diferente a la de antes de la pandemia.

Mi conclusión, tras ese viaje sensorial y emotivo, sería que por el café y otras muchas cosas más, mañana mismo o cuando pueda, hago las maletas y me exilio a Portugal.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 27 de abril de 2020

[1] El 10 de marzo de 1820, Fernando VII el Deseado -curiosa paradoja- publicaba el Manifiesto del Rey a la Nación Española en el que refrenda su decidido apoyo a la Constitución de Cádiz de 1812.

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Despedida

rocks-1246183_1920Mojé tus pestañas con el agua gélida de aquel arroyo de montaña.

Nuestras mochilas, tiradas entre la hierba, destacaban junto al granito gris que emergía de la tierra.

El aire cortaba, cada respiración era una victoria robada y nuestros corazones se aceleraban al unísono, o eso deseaba.

Intenté reanimarte, te apliqué calor, besé tus mejillas, tomé tus manos entre las mías y las masajeé sin descanso y poco a poco sin esperanza.

Intenté que abrieras los ojos, que volvieras, que tus pulmones se expandieran, pero fue inútil.

Intenté llorar, pero no pude, mi corazón seguía pendiente del tuyo, de tu palidez y del tono azulado que capturaba tus labios.

Con un tenue beso en tus párpados te dejé volar y bendije el tiempo que habíamos pasado juntos.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 26 de marzo de 2018.

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Tras el cristal

drop-of-water-4447343_1920La luz disminuía a través del vidrio mojado y la noche imponía su manto opaco sobre el campo. Llovía desde la mañana y todos los árboles que flanqueaban las vías goteaban. Pronto llegarían a los túneles, todos esos túneles que permitían que el tren cruzara la Sierra Norte y llegara al puerto.

Un potente silbido de la locomotora me sobresaltó; me había quedado traspuesto sobre el libro que Susana me había regalado la última vez que nos vimos. Abrí los ojos, dudé, volví a cerrarlos y me los restregué con las manos para asegurarme de que no seguía dormido.

Al abrirlos de nuevo miré tras el cristal. Fuera, un sol espléndido iluminaba la pequeña cala donde un bosque de pinos iba a morir al mar. Del libro y del tren no quedaba ni rastro. ¿Habrían puesto algo en mi bebida? Tenía que dejar de frecuentar esos antros, lo que me estaba ocurriendo no era normal y no se parecía en nada a mis anteriores borracheras, ya que no me dolían la cabeza ni el estómago. Sin darme apenas cuenta volví a quedarme dormido.

Me despertó un sonido extraño, como si algo golpeara una ventana, y comprendí que esta vez no estaba soñando ni alucinando. Haciendo un esfuerzo abrí los ojos y todavía alcancé a ver la escena, antes de que el cristal que tenía frente a mis ojos se oscureciera por completo.

Mirándome desde arriba, Susana, con los ojos enrojecidos, sostenía una rosa roja en su mano y un pañuelo blanco en la otra. Junto a ella, un desconocido con una pala iba arrojando tierra que caía sobre la pequeña mirilla, con un sonido que anticipaba el silencio y la eternidad.

 Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 25 de noviembre de 2017

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Sara y los ventiladores

fan-1634571_1920El ventilador giraba y su sonido se mezclaba con el de aquella calle por donde circulaba la vida, ajena a todo y a todos.

Que Sara odiaba a los ventiladores era bien sabido por sus amigos, aunque nadie conocía el motivo. Cuando se juntaban en alguna de sus casas en verano, para comer o celebrar algo, lo primero que Sara hacía al llegar era pedir que los apagasen. Al principio se lo tomaban a broma y se burlaban de ella, pero cuando vieron que se marchaba llorando, dejaron de hacerlo. En su casa no había ninguno, hiciera el calor que hiciera.

Le preguntaron el motivo pero nunca se lo concretó. Insinuó un trauma infantil sin profundizar mucho y dejaron de insistir.

En las tardes calurosas de agosto, sentada en su casa en penumbras, seguía escuchando en su cabeza el ruido de aquel ventilador maldito que no le permitía olvidar, alejarse, descansar.

Ya habían pasado dos años y seguía recordando aquella triste habitación de hospital antiguo, compartida y calurosa, donde su madre iba abandonando poco a poco la realidad y la vida. En la mesita de noche desvencijada, Sara había puesto un ventilador que había encontrado por casa de sus padres. Un ventilador ruidoso y poco eficaz, que apenas refrescaba.

Desde la mañana a la noche estaba con ella. Eran sus vacaciones, pero sus hermanos se habían hecho cargo desde aquella tarde en que se cayó y comprendieron que no podía continuar viviendo sola. Había dejado su casa cerrada sin saber muy bien cuanto iba a regresar. El mes de vacaciones era un respiro, pero si la situación se alargaba habría que tomar otras medidas.

En el hospital apenas había movimiento, la mayor parte de los pacientes eran personas mayores. Algunos eran habituales, como le habían comentado alguna vez las auxiliares al traer la medicación o la comida. Cuando llega el verano, los familiares los traen con cualquier excusa y se van de vacaciones, así no tienen que ocuparse de ellos, le dijeron.

La otra paciente estaba sola, pero no se daba cuenta, ya había traspasado el umbral y estaba en un mundo propio, silencioso y distante. Apenas respiraba ni hacía ruido. Al principio su madre hablaba con ella o se quejaba, pero progresivamente también dejó de hacerlo. Ya apenas comía. Si seguía así tendrían que alimentarla con una sonda, les había dicho el médico.

Aquella tarde Sara se quedó dormida, amodorrada por el calor y acunada por el sonido del ventilador. Cuando la auxiliar la sacudió, despertó sobresaltada y presintiendo lo peor. Su madre había muerto sin que se diera cuenta, sin poder despedirse de ella ni cogerle la mano, sin llorar, sin sufrir.

Desde entonces Sara odia todos los ventiladores.

 Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 24 de septiembre de 2016.

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Un profesor olvidable

school-2844277_1920Esta mañana ha caído en mis manos, por casualidad, el periódico de hoy. Sin prestarle excesiva atención he ido pasando páginas rápidamente, ojeando las fotografías, hasta que una esquela ha atraído toda mi atención. He visto Anselmo Fuertes López y no he podido leer más porque mi mente ha dado una vuelta de campana y la cafetería de la Universidad se ha transformado en un gimnasio polvoriento, con una luz escasa que, atravesando unos sucios tragaluces, se sumaba a duras penas con la que aportaban algunas lámparas mortecinas que pendían de un alto techo lleno de telarañas.

Apoyado en una espaldera que había conocido mejores tiempos, Don Anselmo nos vigilaba. Era una de las firmes columnas del régimen, similar a muchas otras que sostenían el sistema represivo de un país tan triste y mortecino como las lámparas.

En fila nos dirigíamos hacia el potro, donde con mayor o menor pericia conseguíamos llegar al otro lado, algunos por encima, otros por debajo y Miguelón desplazándolo con su corpachón de gordo risueño que exasperaba a Don Anselmo.

Veo a Manuel, que sin coger apenas impulso pasa por encima casi sin rozarlo, con la agilidad de un gato y cómo la cara de Don Anselmo se contrae en un rictus. No puede ocultar sus sentimientos, odia a aquel desvergonzado que día a día y sin aparente esfuerzo parece desafiarlo y burlarse de él y de su afán por domarlo. Manuel siempre será aquel espíritu libre que consiguió superar el bachiller y la represión sin dejarse ningún pelo en la gatera. La vida le llevará por derroteros muy diferentes a los nuestros y le pasará una desorbitada factura.

La cuchara cae al suelo y este sonido me devuelve a la realidad. Don Anselmo se ha ido, pero bastante antes lo hizo Manuel.

Bartolomé Zuzama i BIsquerra. Valladolid 05/X/2015

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Diarios de encierro (I)

IMG_1431Aquello no se lo iba a perdonar a su mujer en la vida. Llevaba insistiendo en que tenían que hacer un crucero con los amigos un montón de años y él se había resistido como un gato panza arriba, pero al final se había salido con la suya. Se marcharon de crucero y regresaron con un virus que les obligaba a permanecer recluidos en su casa al menos durante treinta días.

Sus amigos estaban igual que ellos y como a casi todos les gustaba escribir, decidieron buscar temas comunes para ver qué salía de esa especie de loca creatividad colaborativa.

Como disparadero creativo para sus escritos, alguien propuso seguir la dinámica y la estructura del Decameron de Bocaccio y luego poner todas sus historias en común de forma telemática.

En la primera de las entregas cada persona debía hablar de lo que más le agradaba, lo que más le gustaba, de aquello que le hacía feliz.

Sin pensárselo mucho, Dámaso se lanzó de cabeza y sus manos aterrizaron en el teclado de su ordenador.

LO QUE ME AGRADA

No era muy dado a la introspección, aunque lógicamente pensaba las cosas antes de hacerlas. Su trabajo como consultor le exigía valorar y tomar decisiones en plazos de tiempo muy cortos. Era preferible un error, más o menos controlado, a la inacción.

¿Qué le gustaba? ¿Qué le hacía feliz? ¿Eran las mismas cosas? ¿Qué echaba de menos?

Reflexionar sobre estos aspectos a su edad era un ejercicio muy peligroso. Podía concluir que aquello que le gustaba o le hacía feliz no era lo que tenía o lo que guiaba su vida actual y hacer alguna tontería. No sería el primer cincuentón que dejaba a su mujer y se iba a ver mundo con otra mucho más joven, aunque sobre eso había mucha «fake news». Si a un más o menos agraciado físico no le acompañaba una cartera bien provista, lo más probable es que la aventura finalizase incluso antes de empezar, regresando a casa con el rabo entre las piernas, real y metafóricamente hablando, para suplicar perdón.

En fin, vamos a arriesgarnos, se dijo, no puede ser tan terrible. Soy razonablemente feliz con lo que tengo y con lo que he hecho y no debería llevarme ninguna sorpresa.

La música disco y las lentejuelas no me gustan, luego por esa parte estoy tranquilo, el travestismo no es lo mío. Al gen sueco oculto en mi ADN le debo mi aversión al futbol, a los toros y a cualquier otro tipo de entretenimiento casposo y cavernícola, respetando al personal a quien le gustan esas cosas. Las armas no me agradan y soy bastante cegato, luego podemos descartar la caza. De joven pesqué algo, pero me aburría y el pescado no me vuelve loco, salvo que previamente hayan tirado un cerdo al río y luego lo asen.

El esquí lo probé una vez de joven y casi me llevo por delante a dos viejas y siete niños que esperaban a su monitor, antes de que me expulsasen de las pistas, por ahí tampoco. La comida y la bebida me gustan, pero no me apasionan y no empeñaría mis bienes para ir al último gastrobar de moda, las aglomeraciones no son lo mío ni el cilantro tampoco.

La lista de placeres ocultos o insatisfechos se le iba acabando, por lo que debía empezar a sincerarse, a dejar de divagar y a buscar en su interior. Quizá la respuesta era mucho más sencilla y estaba a la vista, el mejor lugar para ocultar aquello que no quieres que nadie encuentre. Se acordó entonces de un concepto que cuando lo oyó por primera vez no le caló demasiado, pero el tiempo lo había mejorado, como a los buenos vinos. Ese concepto era el de ser feliz a través de las pequeñas cosas y se planteó que quizá fuera una buena óptica para analizar aquello que le hacía o le había hecho feliz en algún momento.

Ese café de media mañana con algún conocido o conocida por el centro, una caña fresquita cuando las temperaturas comienzan a subir, el nomadeo sin rumbo por cascos antiguos de ciudades caducas y burguesas, evitando a los enjambres de turistas que, cual modernos bárbaros, arrasaban todo a su paso.

Aquel lento navegar a vela cruzando una bahía que conocía y amaba o amodorrarse como un anfibio satisfecho bajo un sorpresivo sol invernal que llena de vida los grises de una Castilla lenta y triste.

La lectura de pasajes repetidos y familiares, pero que siempre te levantan el ánimo o esa música que te hace saltar de la silla y brincar como cuando tenías muchos menos lustros.

Los olores cálidos, los colores sabrosos y tú, familiar y conocida, color y olor, mi sol, mi vela y mi brújula, mi amante desconocida y mi familia cercana. Mujer, madre, amante, amiga, acicate y látigo, recuerdo y carne. Amor y cariño, ancla y soporte. Socia, jefa y aliada. Tú omnipresente, tú, mi pequeña cosa, mi felicidad, mi placer oculto, mi raíz perpetua, mi musa y siempre, siempre, mi mejor relato.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 16/03/2020 (Segundo día de clausura)

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