Pipo

Mamá nunca me cree. Dice que me invento las cosas y que no tengo que mentirle, pero yo jamás hago eso.

Cuando le conté lo de Pipo, el que vive en mi armario, vino a mi habitación y la inspeccionó. A continuación, me miró con esa cara que pone cuando alguien le lleva la contraria. Con las mejillas coloradas y las cejas apuntando hacia su pelo. No hubiera hecho falta que añadiera nada más, pero me llamó fantasiosa. Eres como Antoñita la fantástica, me dijo, y vas a tener muchos problemas en la vida como no cambies.

Solo insistí otra vez y me gané un día sin postre. Había natillas, de esas que me gustan tanto, con una galleta María en el centro y sobre ella, como una nube o un montoncito de nieve, clara de huevo batida.

Ahora ya no le cuento nada, pero Pipo sigue aquí y cada vez se porta peor. Ayer le vi coger de la cocina el cuchillo más grande y observar un rato a mamá mientras dormía la siesta en el sofá, acunada por el serial de la tele.

Tendría que decírselo, pero como ella piensa que todo son imaginaciones mías no se lo voy a repetir. Hoy hay helado de chocolate de postre. 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 16 de noviembre de 2020.

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Travelling de una vida recuperada

Entre nubes: Plano general

Creció cerca de las nubes y un poco en ellas. Aparentemente no le afectaba nada, era libre y etérea, casi sutil.

Creció feliz y sin problemas, maduró y se hizo mujer casi sin dejar de ser niña. Pasaba el tiempo observando el mundo desde fuera, desde su atalaya protegida y cómoda, sin mojarse ni implicarse. La vida mancha, decía cuando la acusaban de estar siempre ausente.

Nadie recordaría su paso por el mundo. Su único legado serían las huellas del roce de sus pies en la gran piedra blanca junto a la orilla del lago alpino. Allí, cerca del cielo, observaba el triángulo alado de las ánades al migrar hacia el sur sin hacer nada, sin ofrecer apenas resistencia al paso del tiempo. Raudas y geométricas flechas negras atravesando blancas nubes algodonosas como panza de burro.

Como en una comedia de cine clásico, el artista consagrado dejó la gran ciudad en busca de inspiración y la encontró a ella. Madurez e inocencia casan bien en determinadas ocasiones.

Las cosas no siempre suceden como deseas y la vida te sacude para desperezarte. Unas veces con amor, otras sin él. Sus paseos dejaron de ser en solitario, aunque a veces una pareja no suma, sino resta.

Metamorfosis: Plano medio

Se convirtió en su musa, abandonó su plácida vida sin mirar atrás y se fue con él. Sustituyó las cumbres por un coqueto apartamento en la ciudad. Cambió sus paseos por las compras, las nubes por el tráfico, el lago por las aceras y el asfalto de la gran ciudad.

Al principio todo eran risas y besos, pero con el tiempo la relación cambió. La comedia se agrió y se transformó en drama. Ella dejó de ser una observadora para convertirse en una sufridora. Él dejó de prestarle atención, salvo cuando necesitaba llevarla del brazo y exhibirla en eventos y actos sociales, como un exótico trofeo. Sus creaciones y sus tertulias siempre eran lo primero. Ella se consumía entre vacíos y aburrimientos mientras se transformaba en una mujer florero. Entre cuadros y recepciones dejó de ser feliz y su sonrisa desertó

Poco a poco fue desvaneciéndose, fundiéndose en el decorado, hasta que un día dejó de existir salvo en las fotografías y los lienzos. Su espíritu se rindió durante un interminable momento en el que incluso pensó en soluciones drásticas y sin retorno, pero el recuerdo del lago y sus nubes la salvaron in extremis.

 La salvación: Primer plano

Creyeron que había desaparecido, que se había suicidado arrojándose al lago junto al que era feliz. Incluso hubo quien aseguró que la habían secuestrado y que su marido se había negado a pagar un rescate.

Nada era cierto, la realidad era mucho más banal. Harta de aquella sociedad mediocre que no le aportaba nada, saltó por la borda, metafóricamente hablando, y cambió de vida.

Vagando por la ciudad llegó al extrarradio. Nunca te acerques allí, le habían dicho, es muy peligroso, hay mala gente. Sin embargo, lo que encontró en una diminuta plaza fue a unos niños jugando felices. Unos ojos vivaces, a pesar de las necesidades, la cautivaron y volvió a ser ella misma y no un apéndice decorativo de otra persona.

Halló otra ciudad dentro de la ciudad. Un barrio que no se parecía en nada a aquel en que vivía. Un lugar quizá sucio y maloliente, pero donde la gente estaba viva e incluso era feliz. Un lugar donde personas de todas las razas comparten el hambre y la miseria, pero los niños sonríen jugando con lo que desechan los beneficiados por la fortuna.

Dejó su apartamento del centro y se llevó poco más que la fotografía de su lago alpino. Vive en una casa okupada y toda su vida cabe en una mochila. En el siguiente desahucio se encadenó con los vecinos y recibió porrazos de la policía, porrazos que la despertaron y la sacaron del estupor existencial donde se había mantenido hasta entonces.

La podéis encontrar, alegre e inquieta, arrimando el hombro en las colas en los bancos de alimentos que conoce por primera vez. Incluso ayuda a los más miserables a rebuscar en los contenedores de las grandes superficies, sujetando la tapa y evitando accidentes, sin importarle el olor o la suciedad. Ha cambiado el Chanel nº 5 por felicidad y los Carolina Herrera por sonrisas. Ni en sus montañas ni en su coqueto apartamento era consciente de ello.

Los estudios de medicina que abandonó por falta de motivación ahora son útiles. En un pequeño dispensario improvisado, presidido por la fotografía de su lago, cura cortes, alivia torceduras o venda luxaciones con los escasos medios disponibles. Mientras, tararea canciones a los niños o tranquiliza a las embarazadas. Sus escasos conocimientos, unidos a su enorme interés, representan mucho donde no había nada. Ahora sabe que no es necesario abandonar el país para ayudar, allí también la necesitan. Ellos la han adoptado sin hacer preguntas y se ha convertido en una más, compartiendo su pobreza, la llaman «la sanadora».

Ha vuelto a soltarse el pelo y su melena indómita la representa. Vuelve a pasear feliz, a reír a carcajadas, a sentirse viva y necesaria, incluso a amar a aquellos niños que no tienen nada más que enormes ojos y sonrisas. Esos niños que la rodean continuamente como polluelos alrededor de una clueca. Al verla las mujeres la abrazan, los hombres la respetan y la protegen, ya nunca se siente sola.

Algunas veces, cuando su mirada se pierde en los ojos insondables de los niños, vuelve a ver las nubes y el lago donde era feliz, donde no necesitaba nada.

Él nunca ha tratado de encontrarla.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 19 de octubre de 2020.

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Venganza demorada

Debió de ser la anestesia, porque se volvió loca. Al inyectársela todo parecía ir normal, pero algo cambió.

En un momento en que el doctor se volvió para acceder al instrumental, ella se irguió en el sillón y con un movimiento felino asió con sus manos la garganta del galeno, que no pudo reaccionar a tiempo por lo sorpresivo de su ataque.

—Marina, me está ahogando, ¡suélteme por Dios!

Ella no aflojaba mientras desde lo más profundo de su garganta emitía unos sonidos guturales que no parecían humanos. La presa iba haciendo mella y la piel del doctor comenzaba a adquirir tonos rojizos cada vez más intensos.

—Voy a llamar a la enfermera —dijo él intentando desprenderse de aquella tenaza humana que amenazaba con asfixiarlo.

—¡Jamás te lo voy a permitir! ¡No volverás a hacer daño a nadie! —gritó ella mientras se afirmaba sobre la silla para poder ejercer más fuerza.

—¡Susana, por favor, ayúdeme! ¡Llame a la policía y a Emergencias! —gritó el dentista con una voz que comenzaba a quebrarse por la falta de oxígeno.

Haciendo un esfuerzo consiguió levantarse y aproximarse hacia la puerta, con la paciente colgada de su cuello y sin aflojar la presión. Cuando apenas le quedaba un metro para alcanzarla, se desplomó y ella cayó sobre él inerte, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Sus manos, sin embargo, no abandonaron el cuello de su víctima.

Al otro lado de la puerta y cuando todavía se escuchaba gritos, la enfermera cogió una jeringuilla nueva, la cargó con el resto de la anestesia que quedaba en la ampolla que habían utilizado la primera vez y esperó.

Al cesar los gritos entreabrió la puerta y comprobó que ni el doctor ni la paciente estaban conscientes. Entró en la sala y con mucho cuidado inyectó ese resto de anestesia en la encía de Marina, antes de salir y cerrar de nuevo.

Con precaución, depositó esa jeringuilla y el vial vacío de anestesia en el contenedor sanitario. A continuación cogió la jeringuilla que habían utilizado para anestesiar a la paciente la primera vez, la vació en el fregadero y limpió este a conciencia con jabón. Después de retirar la aguja, metió ambas cosas en una bolsa junto con la ampolla de Xeridol, el medicamento que había añadido a la anestesia inicial y lo guardó todo en su bolso. Si no se buscaba expresamente, el Xeridol no aparecía en los análisis toxicológicos habituales. Si había transcurrido tiempo suficiente, no aparecía incluso buscándolo expresamente.

El Vademécum era taxativo, jamás se debía mezclar la Xeridina, el principio activo del Xeridol, con anestésicos, porque provocaba delirios, alucinaciones y violencia desmedida hacia las personas de alrededor.

Sin apresurarse, llamó a Emergencias y abandonó la consulta.

En los noticiarios del día siguiente no se hablaba de otra cosa que del asesinato del dentista. La mayoría destacaban que su presunta asesina había sido la testigo que le libró de una larga condena por abuso sexual a una menor, que posteriormente se había suicidado. La policía buscaba a la enfermera para interrogarla, pero había desaparecido y todos sus datos eran falsos.

En un pequeño nicho del cementerio local habían depositado unas flores con una dedicatoria: «Ya puedes descansar en paz, hija mía».

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 17 de octubre de 2020.

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La carta no escrita

Juan llevaba raro toda la semana. Se le veía taciturno y melancólico, como desnortado. No sabíamos qué le pasaba y él no respondía a nuestras preguntas sobre su estado.

Una tarde, al volver del trabajo, rebuscó por los cajones del salón hasta que encontró una libreta que ya dábamos por perdida. Aquella humilde libreta de espiral guardaba sus dibujos y algunos intentos fallidos de escribir un poema. Eso lo supimos cuando la dejó olvidada encima de la camilla antes de irse a dormir y la fisgamos de forma subrepticia, con el agravante de nocturnidad y alevosía.

Hacía tiempo que la habíamos perdido de vista y estábamos seguros de que la había destruido, pero al parecer solo la había guardado en un lugar diferente al habitual. Tan diferente que ni él mismo recordaba dónde.

El viernes por la tarde después de echarse un rato de siesta, puesto que ese día solo trabajaba por la mañana, su actitud cambió. Irguió los hombros, cogió la susodicha libreta y un bolígrafo y se sentó a la mesa camilla frente a la ventana que daba al paseo. Como el otoño ya estaba avanzado se cubrió las piernas con los faldones. Aunque bajo la mesa no había ninguna fuente de calor, quizá eso le daba confianza.

Abrió la libreta, buscó una página en blanco a la derecha, puso la fecha en el borde superior derecho y apoyó el bolígrafo de nuevo sobre la mesa. Le vimos titubear, mesarse los cabellos y frotarse las manos durante un rato hasta que, de repente, se levantó, guardó libreta y bolígrafo y se marchó a la calle hasta la noche.

El sábado por la tarde se repitió la misma rutina, con el mismo resultado, pero por sus gestos notamos que el valor para ponerse frente al papel en blanco iba disminuyendo.

Llegó la tarde del domingo y animado por el par de «marianitos» que se había tomado con los colegas antes de comer y la media botella de vino con la que ayudó a bajar la comida, se enfrentó de nuevo al vacío blanco del papel. Esta vez escribió algo más, pero no pudimos ver qué era porque su espalda nos lo ocultaba. Parecía que esta sería la definitiva, pero tras un momento de inactividad se levantó y como una furia rompió la libreta en pedazos diminutos que arrojó al cubo de la basura antes de salir de casa dando un portazo.

Nos costó un poco reconstruir la hoja, pero pudimos hacerlo. Bajo la fecha había escrito una simple frase, que sin embargo era toda una declaración de intenciones: «Queridos padres».

Quien os diga que los fantasmas no tenemos sentimientos, miente. Unas enormes lágrimas invisibles humedecieron nuestras invisibles mejillas al saber que no nos había olvidado y que incluso quizá nos había perdonado.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 14 de octubre de 2020.

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A lo garçon

María tenía la esperanza de que esta vez la historia fuera distinta. Nueva ciudad, nuevo colegio, nueva actitud. No tenía otra pretensión que la de ser feliz, sentirse acogida, integrarse. Sus padres se habían sacrificado y trastocado sus vidas para que lo consiguiera.

Volvía a ser la nueva del grupo y apenas sin hablarle o concederle un margen de cortesía para conocerla ya la demonizaron. A diferencia del resto de las chicas, con abundantes melenas y cuidados estilismos, era un poco desaliñada y llevaba el pelo como un chico. Al cortárselo, su abuela le explicó que  a mediados del pasado siglo ese estilo de peinado se llamaba «a lo garçon» y no todas se atrevían a hacérselo, solo las mujeres independientes y valerosas.

Apenas habían pasado unos días desde su llegada,  cuando en una de las clases María se aproximó a Julia, su compañera de pupitre, para comentarle algo al oído, apoyándole la mano en el hombro de la forma más natural. Esa aproximación no tardo en ser malinterpretada con saña. Comenzaron las maledicencias, los comentarios y las miradas furtivas al considerar que no había respetado la distancia física que su doble moral consideraba adecuada. No era como ellas y la criticaban por ello, mientras le impedían serlo. La tragedia se repetía de nuevo, aunque con actores y decorados diferentes.

Sabiendo lo que le había sucedido en otros lugares, debería haber evitado cualquier gesto que pudiera interpretarse de forma aviesa, pero le resultaba casi imposible. Ella era natural, cercana y sin doblez o segundas intenciones, pero el ambiente que la rodeaba era todo lo contrario.

Chicazo o machirulo fue lo menos ofensivo, pero en los corrillos y cuando no estaba presente circularon otros calificativos más descriptivos y excluyentes como bollera, tortillera o lesbiana.

No tardó en darse cuenta, siempre sucedía igual. El grupo no admitía las disidencias y expulsaba a los diferentes de forma brutal, sin posibilidad alguna de indulto o amnistía. No hay nadie más cruel que un adolescente en grupo, que se cree en posesión de la verdad.

Ya estaba agotada de tener que explicar o justificarse, de bajar la cabeza y transigir, de someterse a las reglas del grupo. Era como era y punto, tenía todo el derecho del mundo para ello. Si les gustaba, bien, si no, a hacer puñetas.

Pero según pasaba el tiempo, la soledad y la presión sobre ella fueron minando su espíritu, ya debilitado por otras peleas, por otras derrotas. La intransigencia se había cobrado una nueva víctima.

Cuando encontraron su cuerpo al pie del viaducto, el periodista encargado de la crónica solo destacó su corte de pelo a lo garçon.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 5 de septiembre de 2020.

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Un barrio frontera

Unas señoras con la tradicional bata de andar por casa se cruzan con los extranjeros que habitan en alguna de las casas rehabilitadas del barrio, convertidas ahora en apartamentos turísticos de corta estancia. Rubios y despistados deambulan como pingüinos en el desierto, desubicados y desorientados en una zona que jamás fue turística.

La gente se saluda por la calle y todavía se pueden ver personas tomando el fresco en el portal, esquivando los coches en aquellas calles estrechas y desprovistas de aceras.

La agradable homogeneidad del barrio, caracterizada por las imprescindibles persianas mallorquinas verdes, se ve truncada, más veces de las deseables, por aberraciones urbanísticas fruto de pelotazos o de la falta de supervisión endémica del Mediterráneo turístico. Salvo esas tristes discontinuidades, el urbanismo podría asemejarse al de Pombal en Lisboa o al de Haussmann en París, aunque en una versión más modesta y popular.

Si el calvinismo hubiera sido la religión oficial en Mallorca, en lugar del catolicismo papista, las ventanas de las viviendas de planta baja, la gran mayoría del barrio, permitirían observar la vida que se desarrolla en su interior. En vez de eso, todo parece hibernar sin diferenciar estaciones ni épocas del año. Vida en clausura manteniendo siempre ocultas las penas y las alegrías, los nacimientos y las defunciones.

Sin embargo y como haciendo un guiño, algunas persianas entornadas nos permiten vislumbrar escenas cotidianas. Un anciano dejando pasar la vida recostado en una butaca desde la que puede verse la calle o una mujer pasando la fregona a un suelo de baldosas, típicas de otros tiempos ya pasados. Una parroquia vecina todavía da las horas con sus argentinas campanas, regulando un tiempo con regusto de otras épocas.

Barrio de frontera con alma de pueblo, rodeado y asediado por altas edificaciones y manadas de coches que ocupan cada uno de los escasos espacios libres. Al otro lado de la amplia calle de tráfico bullicioso comienza otro mundo. Otros barrios que nuestros padres nos ordenaban evitar por sistema. El lumpen, lo diferente, la pobreza, el peligro acechante.

Como si de una frontera se tratara, la calle separa colores y matices de piel, criminalizando lo diferente. Lo oscuro es el peligro, subyace en el mensaje atávico y xenófobo, tristemente resucitado por fantasmas que emergen de las cloacas de una historia mal rematada.

Paradójico mensaje viniendo de una sociedad amalgamada por el aluvión y la hibridación de las razas y pueblos que han cruzado el Mediterráneo y sus tonalidades étnicas.

Casitas bajas con patio. Sin duda una mejora considerable para los payeses que, a finales del XIX, dejaban el interior y su dedicación de sol a sol a unas tierras ajenas por salarios de hambre y sin derechos, para intentar mejorar en la capital. Los ensanches, símbolo de liberación, de burguesía y de mejora en un sistema de castas. Ese sistema, capaz de seguir recordando y humillando todavía a los descendientes de alguno de los quince apellidos malditos, expuestos para escarnio público por la Inquisición en el Monasterio de Santo Domingo, hace casi cuatro siglos. Siglos de infamia y estigma que ahora se trasladan a otras víctimas sin más delitos que su pobreza, su incultura o su nacimiento en un país equivocado.

Barrio tornasol de colores y sonidos. Abanico de idiomas, de vestimentas y costumbres que conviven en armonía. Nuevos negocios sustituyen a los clásicos, que se agostan y mueren, incapaces de adaptarse a las nuevas modas y gentes.

Al anochecer, el silencio estival solo se ve turbado por ladridos ocasionales o el ruido del tráfico que va disminuyendo según pasan las horas. Cuando regreso de depositar la basura en la zona de contenedores, una escena ilumina mi mente y evoco con cariño los corrillos a la fresca, en las aceras de los pueblos de mi infancia.

Conversaciones intrascendentes al haber niños delante, mientras las manos de mayores y pequeños se afanaban en despojar a las almendras recién cogidas de su ya reseca capa  externa. A falta de televisión, conversación. Mientras, la jarra de agua fresca endulzada con un poco de anís pasaba de mano en mano para refrescar las gargantas y animar a continuar con la faena. Las almendras se convertirían posteriormente en el delicioso turrón casero de las siguientes navidades o servirían como muleta de las escuetas economías familiares si el año había sido bueno. Economía de subsistencia, aprovechando todo y sin permitirse derroches, impensables en aquellas épocas.

El sonido de uno de esos abominables engendros para reproducir la música de los móviles, contaminando la antes tranquila noche, me devuelve a la realidad de forma brusca. Ya no estoy en un pueblo de interior a mediados del siglo pasado, sino en un barrio de frontera en mitad de la pandemia. Me ajusto la mascarilla mientras me dirijo al que ha sido mi refugio provisional a la espera del retorno a mi casa y mi rutina.

Al final de una calle estrecha, una cruz iluminada en una pequeña hornacina comparte protagonismo con una troupe de enanos de jardín anacrónicos, alumbrados por lámparas solares adquiridas en un establecimiento de esa compañía nórdica de productos con nombres impronunciables que ha colonizado nuestras vidas y haciendas, a pesar de la diferencia de costumbres.

Al apagar la luz para dormirme, un helicóptero de la policía sobrevuela el barrio. La frontera puede manifestarse de muchas maneras.

Apenas unos minutos en coche separan ese peculiar microcosmos de un paseo marítimo trufado de yates y que es el escaparate del lujo y la ostentación más vergonzosa. Embarcaciones exageradas frente a renta mínima. Excesos frente a necesidades. Mediterráneo de ricos y pobres, de cruceros y pateras, de hambre y cenas en restaurantes de lujo frente a la bahía solo para VIP,s. Un mar que antes transportó cultura y ahora engulle vidas mientras todos miramos hacia otro lado sin esfuerzo ni remordimientos. Frontera y contrastes, cultura y excesos con el mar al fondo.

Los nuevos negocios confirman la idiosincrasia fronteriza del barrio. Mientras desaparecen hornos de pan, talleres mecánicos o colmados, florecen bazares, salones de estética y locutorios hibridados con supermercados mini. La hostelería mantiene su preeminencia, pero no es extraño hallar establecimientos propiedad de asiáticos, donde te ponen una tapa de embutido «ibérico» y ostentan denominaciones tan castizas como «Mariana la del Jamón».

Anchas avenidas acotan un laberinto de callejas donde la altura de construcción raramente supera una planta, salvo las aberraciones. Al otro lado de esas avenidas crecen los edificios a modo de murallas, preservando el barrio como un tesoro apenas conocido.

Antonia nació con la guerra, en concreto en junio de 1937. Sus padres habían emigrado a la capital y con lo que les dieron malvendiendo sus tierras y una casa en el pueblo, montaron un pequeño colmado en una planta baja, habitando ellos la planta superior. El inmueble se lo alquilaron a una de las familias pudientes, propietarias de la mayor parte de los del barrio.

Jugó por sus callejas y realizó sus estudios primarios mientras en el mundo se libraba la continuación de una guerra iniciada en España, donde la mayor parte de la población pasaba hambre y necesidades a pesar del estraperlo. Al dejar la escuela pasó a ayudar a sus padres, como no podía ser de otra manera.

Mientras la ciudad crecía alrededor del barrio, conoció a un muchacho, Colau, se casaron y tuvieron dos hijos que al crecer abandonaron ese entorno en busca de una vida mejor.

Una dolorosa pero breve enfermedad se llevó a su marido, como antes a sus padres, y se quedó sola. El negocio ya no era rentable y lo traspasó. Ahora es un local de apuestas, de los que infestan los barrios menos pudientes de todas nuestras ciudades a la caza de la necesidad que emana de la miseria.

Con sus ahorros y una pequeña hipoteca pudo comprarse una planta baja con un pequeño patio, donde pasa las horas cuidando de sus plantas y hortalizas. «Nací en este barrio y en él moriré», dice a quien quiere escucharla. Menuda y enjuta como un ratón de campo, se la puede encontrar a primera hora de la mañana por las calles del barrio cuando va a hacer la compra y aprovecha para estirar las piernas que la artrosis ya retarda.

Algunas tardes va a visitar a sus hijos o aprovecha para bajar al centro, repleto de turistas y muy diferente del que conoció en su juventud. A ella no le preocupa, su barrio sigue siendo un remanso de paz, tan tranquilo que incluso puede sacar una silla a la calle para tomar el fresco sin que la atropelle un coche.

Ya casi no queda ninguno de los antiguos vecinos, pero ha hecho nuevas amistades que le hablan de tierras muy lejanas y experiencias más o menos dramáticas hasta llegar a este primer mundo que hace agua y empieza a resquebrajarse por sobreexplotación y falta de mantenimiento.

Mañana será otro día, piensa al acostarse sin temor alguno a no despertar. Sabe que aquí lo ha hecho lo mejor que ha sabido y que si hay algo al otro lado no podrá ser peor que lo de este. En el silencio de la noche, el petardeo de la moto de un adolescente parece un sacrilegio.

Por su escaso porte no le cuesta demasiado moverse, a pesar de que la artrosis cada día la limita mas. Desde que murió Colau, su marido, se las ha apañado sola, aunque los años comienzan a pesar. Hace unos meses se llevó un pequeño susto que no ha contado a sus hijos para no alarmarlos y porque el episodio tuvo un final feliz.

Estaba intentando colgar unas cortinas, subida a un taburete, cuando perdió el equilibrio y cayó de forma aparatosa. Al hacerlo se golpeó la cadera en un aparador, lo que la hizo gritar de dolor.

Como era verano y tenía las ventanas abiertas, alguien que pasaba en ese momento por la calle la oyó y se asomó para preguntar si podía ayudar. Aunque en principio ella se asustó un poco por las pintas de su presunto salvador, la necesidad pudo más. El buen samaritano entró por la ventana, la ayudó a levantarse y se quedó con ella hasta que llegó el personal de emergencias que habían avisado por si acaso.

Todo se quedó en un susto, pero fue el inicio de una curiosa amistad entre Antonia, la anciana mallorquina y Ngosi, su vecino, un senegalés negro azabache, grande como un castillo y con unas enormes rastas que acababa de alquilar la casa de al lado.

El nuevo vecino había cruzado el estrecho en patera y tras muchas penalidades, de trabajar de sol a sol por sueldos de esclavo y de dar numerosos tumbos por varias ciudades españolas había conseguido legalizar su situación y recalar en la isla. Aquí por fin podía dedicarse a lo que mejor sabia hacer, componer música de su país, que comenzaba a tener un cierto mercado y le permitía vivir, alternándolo con bolos como DJ y haciendo de extra en la hostelería cuando era necesario.

A Antonia le costaba pronunciar su nombre y generalmente lo sustituía por «Es cosí», que en mallorquín significa «el primo», aunque a él no le molestaba. Cuando estuvo un poco mejor le invitó a tomar un café y el correspondió a su vez con un té con hierbabuena en su casa, otra tarde.

A partir de ahí, al menos una vez a la semana se reunían en una de las casas y hablaban de lo divino y de lo humano. Ella le enseñaba cocina mallorquina y el elaboraba delicias africanas para corresponder. Antonia le hablaba de cómo había cambiado Mallorca en general y el barrio en particular y el africano le respondía contándole cosas de su tierra y de sus aventuras hasta llegar a Palma. También le ponía música, que aunque ella no entendía, le removía los entresijos y le hacía recordar los bailes y las verbenas de antaño a los que iba con Colau.

Un día ella se atrevió a probar uno de esos cigarrillos de aroma tan extraño que fumaba Ngosi de vez en cuando. Tras las primeras caladas y numerosas toses, un maravilloso bienestar la envolvió en sus brazos y la artrosis desapareció por arte de magia. Ese día Antonia durmió involuntariamente la siesta en el sofá de su vecino y al despertar, con los ojillos brillantes, le preguntó donde se compraba ese tabaco que le había sentado tan bien.

Ahora, un día a la semana se permiten fumar juntos el extraño tabaco, ella le cuenta historias y rondallas de la isla y el les pone música. Una música exótica y vibrante que, junto al peculiar «tabaco», consiguen que a ella le bailen los pies sin que la artrosis se lo impida.

La amistad de Antonia y Ngosi es una historia más de este barrio de frontera donde todo es posible.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Palma de Mallorca, 21 de agosto de 2020

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De deseos y temores: Testamento vital

morning-3544712_1920Escucho en mis auriculares las canciones del disco homenaje a Sabina, mientras observo, un poco a hurtadillas, los jóvenes cuerpos en una playa que el COVID ha vaciado comparándola con veranos anteriores.

A mi lado, en lo que podría parecer un club de vacaciones del Politburó, por la presencia mayoritaria de viejas glorias, un grupo de cotorras emperifolladas pasan revista a la actualidad. No se cortan lo más mínimo mientras repasan vida y milagros de políticos y figuras conocidas de la actualidad nacional, ensañándose especialmente en la pareja que se ha convertido en la diana del conservadurismo casposo, el vicepresidente y la ministra de igualdad. Sé que no debería extrañarme, cada verano se repite lo mismo, con las únicas variaciones debidas al trabajo de la parca, que ha sido destajo estos últimos meses. También sé que cada verano pienso lo mismo: cuando sea mayor odiaría convertirme en uno de ellos.

No quiero que mis conversaciones se limiten a la crítica ni dictar dogmas de fe, los cumpla o no. No deseo la miopía impostada que concede una senectud burguesa, ni convertirme en un faro y referencia de conocimiento y virtudes.

Quiero seguir escuchando a Fito y emocionándome con Llach, aunque sea independentista. Quiero que mi mirada sea capaz de encontrar estímulos nuevos y maravillosos cada día, aunque gruña de vez en cuando, que me lo he ganado con creces.

Quiero seguir militando por la vida y, de virar, que sea siempre hacia estribor, demasiados lo hacen en sentido contrario para mi gusto. No quiero juzgar ni que me juzguen, no quiero mantenerme en silencio, sino manifestarme, con o sin pancartas.

Y aunque ya las jovencitas me traten de usted, no quiero escandalizarme de sus piercings, tatuajes o estilismos, es la escasa parcela de libertad que mantienen frente a una sociedad que ignora y estigmatiza a esta juventud, tan diferente de las anteriores.

Quiero tener derecho a discrepar y a tener mi opinión, aunque sea equivocada. Quiero que todos puedan disentir, aunque su parecer sea contrario al mío. Para eso luchamos y sufrimos, aunque parece que a muchos se les haya olvidado y a otros, como a mis vecinos de mesa, todo lo que ocurrió desde el 75 del siglo pasado sea una aberración sin sentido ni legitimidad.

Quiero no olvidar mis referencias en un mundo que cada vez las relativiza más y que propugna que las ideologías han muerto, mientras el gran hermano nos vigila a todos.

Quiero seguir cumpliendo años, pero con calidad, que en cuestión de supervivencia la cantidad no es lo prioritario. Y mientras la tecnología supla a mi memoria caduca y a una sordera incipiente, seguir pensando que, como decía Fidel, «un paso atrás, ni para coger impulso».

Lo único que quiero perder, con la edad, es la escasa vergüenza que aún me queda. El resto, pelo incluido, es solo biología imparable.

Quiero mantener mi ritmo, mi tempo y que me lo respeten, como yo respeto el del resto, apartándome a un lado para dejar pasar a los que tienen prisa por llegar antes a ninguna parte.

Quiero mantener mi capacidad de empatía y no sucumbir ante la esclerosis de la moral fácil del que lo tiene todo y es incapaz de comprender a los que no tienen nada. Quiero ser capaz de solidarizarme con quienes no teniendo casi nada, exigen derechos y lugar en la mesa del reparto de la riqueza y las comodidades globales.

Quiero seguir siendo el viejo irreverente y anarquista que perdió sus filtros al rebasar la barrera de los sesenta. Un verso suelto, un viejo pino junto al mar que ve pasar la vida mientras se inclina poco a poco hacia el Mediterráneo a la espera de una muerte dulce e indolora, atraído por el espejismo de unas olas tranquilas barriendo una cala diminuta y escondida desconocida para los turistas.

Y cuando llegue el final no quiero lagrimas sino whisky y alegría. Mi última solicitud, recordando al valiente irlandés Robert Boyd que murió con Torrijos en las playas de Málaga, sería que alguien entonara «Danny Boy» en su memoria.

Antes de disolver el evento y que se marchen todos a casa, espero que tristes y ebrios, recordar a Rafael del Riego y Flórez y que la música de su himno suene sin vergüenzas ni ataduras, reclamando un futuro que quizá nunca exista.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Palma de Mallorca, 15/07/2020

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El buen ladrón

france-819807_1920Con un quejido sordo, el cierre de la claraboya cedió. Había sido relativamente fácil llegar hasta allí, el edificio decimonónico apenas tenía tres plantas y su tejado era accesible desde otros inmuebles.

Lo complicado viene ahora, pensó el ladrón. Cada vez las alarmas son más sofisticadas y más baratas, por lo que apenas quedan lugares vírgenes. Sabía donde iba a meterse porque había hecho sus deberes, pero eso no habría podido comprobarlo sin despertar sospechas.

La preciosa librería, fundada hacía casi cien años por el abuelo de la actual propietaria, había sabido mantener la afluencia de clientes gracias a actividades de todo tipo. Desde talleres de lectura a presentaciones de libros pasando por cafés literarios o tertulias sobre temas de interés. Lo sabía porque, para reconocer el terreno, había participado en algunas de ellas, y había disfrutado.

De pequeño leía mucho. La lectura era su evasión frente a un padre violento y una madre ausente. Oculto en alguno de sus lugares-refugio, dejaba pasar las horas leyendo hasta volver al colegio donde era feliz. Su padre nunca lo buscó bajo la cama de la habitación de invitados o en el armario ropero del sótano. Allí no llegaban los alaridos de su madre, ni el sonido seco de los golpes que encajaba, cada día más fuertes.

Cuando su vida se vino abajo y los servicios sociales se hicieron cargo de él, todo cambió. Su amor por la lectura se trocó en odio cerval, una reacción debida a la rabia acumulada por verse convertido, de la noche a la mañana, en un paria sin familia ni recursos.

Una cosa llevó a la otra y se perdió. Malas compañías y deudas no le dejaron más salida que sobrevivir a base de pequeños hurtos o de escalos sin violencia. Nunca se asoció con otros, no se fiaba más que de sí mismo.

Llevaba tiempo vigilando su objetivo. Sabía que el botín no sería como el de una joyería, pero una fuerza extraña tiraba de él y le atraía como un imán hacia la librería antigua, como la llamaba él. Sabía que cuando la dueña se quedaba sola para cerrar y había sido un día de mucha venta, no llevaba la recaudación al banco porque tenia miedo de que la atracaran en la calle.

Ese día se había celebrado San Jorge y había acudido mucha gente, incluso provocando colas en la calle para poder entrar a adquirir uno o más libros que acompañarían a las tradicionales rosas rojas. Para asegurarse, él había vigilado desde la cafetería de la esquina, esperando a que se apagaran las luces y bajaran las persianas. En unas horas sería el momento perfecto.

Había estudiado el itinerario y allanado el camino bloqueando la cerradura de la puerta por la que se accedía a la azotea en el edificio de al lado. Cuando la noche cayó y los sonidos menguaron, se puso en marcha. Enjuto como era y vestido de negro, le resultaba muy fácil pasar desapercibido. En una mochila a su espalda llevaba las herramientas necesarias, nada extraordinario ni fuera de lo común, la palanqueta, una linterna y pocas cosas más.

Iluminando antes el suelo con la linterna para evitar los obstáculos, abrió con cuidado la claraboya y saltó dentro. Si habían conectado una alarma silenciosa ya no había marcha atrás, aunque sabía que contaba con un margen de cinco minutos para realizar su tarea, antes de que apareciera la policía o los de la empresa de seguridad.

Estaba en una especie de desván, que en su día se debió de utilizar de almacén, pero ahora languidecía lleno de cajas vacías, polvo acumulado que casi le hace toser y algún mueble antiguo. Abrió la puerta, que se quejó levemente, y descendió hasta la planta baja donde estaba la caja principal. El silencio era absoluto, quizá la suerte le acompañara y no hubiera ninguna alarma.

No le fue difícil abrir la caja registradora, ni encontrar la pequeña caja metálica donde estaba la mayor parte de la recaudación. Iba a meter el dinero encontrado en su mochila cuando descubrió, medio oculto por otros libros, un antiguo ejemplar de Emilio Salgari, uno de sus autores favoritos cuando era joven. Al tomarlo en sus manos una sensación extraña le embargó, se sentó y comenzó a leerlo a la luz de la linterna, olvidándose del tiempo.

Cuando la librera abrió a la mañana siguiente, le extraño encontrar la carretilla que utilizaban para acarrear cajas de libros junto a la puerta que daba al callejón y que ésta no estuviera cerrada con llave, pero no le dio demasiada importancia. Al hacer el arqueo del final de mes echaron en falta varias cajas de libros y una pequeña cantidad de dinero en metálico.

Si alguien se hubiera tomado la molestia de investigar, quizá podría haber encontrado al taxista que en la madrugada posterior al día de San Jorge realizó una extraña carrera. Recogió a un hambre enjuto vestido de negro y varias cajas de libros y recorrieron varios hogares infantiles, dejando en la puerta de cada uno de ellos una de las cajas.

El coste de la carrera fue casi exacto al dinero que faltaba en la caja de la librería.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 28 de junio de 2020.

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De amebas, pájaros y espectros: una elegía a Joan Miró.

miróHuyendo de la barbarie Joan regresó y al cruzar la frontera un gris plomizo le envolvió hasta la asfixia. Del otro lado solo halló vidas grises sumidas en una historia ajada sin futuro ni crepúsculo, que soportaban con resignación un ocaso perpetuo. Le asaltó un gris que olía a hambre y a posguerra, a recuelo y achicoria, a roña y picadura de tabaco.

Encontró ventanas cerradas, silencios, delaciones y torturas, sacristías y palios omnipotentes, recomendaciones y estraperlo. Oyó hablar del gris de graníticos y megalómanos monumentos en valles regados por sangre de patriotas presos y explotados.

Del Mediterráneo al Atlántico huyendo de una guerra fratricida, del Atlántico al Mediterráneo perseguido por la debacle mundial y las hordas arias. Regresó a la paz del cementerio, a una relativa tranquilidad, garantizada a cambio de silencios cómplices y mentiras piadosas. La isla lo acogió y lo acunó en silencio mientras sanaban sus heridas del alma.

El rojo y los magentas no soportaron más la opresión y se rebelaron provocando una orgía de colores tras las ventanas cerradas, pero no pudo ser. Mientras en el taller se acumulaba, enclaustrada, su obra, en el exterior vigilaban ángelus y maitines opresores.

La cultura oficial se acordó de él y quisieron utilizarlo, pero no se vendió. Esa bandera no era su bandera, esa patria ya no era la suya.

Las constelaciones se fusionaron y el azul lo volvió a intentar, se alió con bestias disparatadas y pájaros deformes, con ciliadas amebas gigantes y mujeres de extrañas figuras para violar un blanco, yerto y aburrido. El color poseyó al gris exterminándolo, lo ahogó y sobrevivió a la batalla, pero siguió confinado en un taller anónimo, bajo un nombre anónimo a la espera, siempre a la espera.

A la espera de un rayo de sol, de un relámpago destructor, de una revolución, de una epifanía demorada. Protesta callada y luminosa, colores libertarios frente a grises dictadores moribundos de prolongadas agonías para salvar los muebles y las prebendas de los colaboracionistas.

Un noviembre triste se transformó en dorado cava. Celebraciones castradas por el miedo al régimen de un genocida que le permitió morir en su cama, mientras sus víctimas lo hacían en cunetas y fosas comunes de cementerios anónimos. Merced a la respiración asistida prestada por patriotas de hojalata y mitras nostálgicas, su desfasado esperpento todavía sigue entre nosotros, chupándonos la energía como un vampiro cósmico.

Llegó la liberación y amarillos pajizos se unieron a dorados rojos y a violetas tornasolados en una fiesta multicolor, en una alabanza a la vida, al cielo y a una naturaleza desbordante, pigmentada por desvergonzados dioses menores. Cayeron por fin las cadenas, se abrieron las ventanas y una luz, al principio tímida, provocó un estallido de policromía extravagante y anárquica que inundó nuestras mentes y nos devolvió a la infancia, a una infancia feliz que nos robaron los grises solemnes y los enlutados negros.

En un rincón olvidado del taller, tres colores siguen esperando que llegue su momento, el rojo encarnado, un amarillo azufrado y el paciente morado acardenalado.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 26 de junio de 2020

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Decadencia

forest-3394066_1920El espíritu del bosque se moría. Los tentáculos de las hiedras y las enredaderas ya no crecían y se habían ido endureciendo hasta convertirse en sarmientos rígidos, como los dedos de los ancianos abandonados en la residencias.

Los antaño bosques rumorosos, que cobijaban múltiples criaturas bajo el artesonado vegetal de sus ramas, habían dado paso a muñones tristes y melancólicos como postes telefónicos sin cables en medio del desierto. Las gamas infinitas de verdes y ocres se habían transformado en un gris monocromático igual que el de los uniformes de los sepultureros o el de las yermas cuencas mineras.

Primero desaparecieron las lúminas, esas preciosas criaturas nocturnas que alumbraban los claros con el fulgor de sus sonrisas y sus alas. Muchas sucumbieron bajo las redes de los cazadores, que las vendían a dueños de circo sin escrúpulos para sus espectáculos itinerantes por pueblos dejados de la mano de Dios. Otras acabaron empaladas sobre láminas de corcho, para servir de entretenimiento en polvorientos y solitarios museos de historia natural de provincias. Sin ellas, los bosques perdieron parte de su luz y comenzaron a reducirse.

Tras las lúminas se fueron los faunos. Hay quien dice que al enturbiarse las aguas de arroyos y torrentes por los avances de los humanos, las ninfas no pudieron sobrevivir y los faunos murieron de pena.

Las sierras asesinas establecieron un asedio permanente y durante el día no se escuchaba otra cosa que el trágico sonido de sus motores y el último quejido de los gigantes verdes al caer, derrotados y muertos.

Muchas criaturas, mágicas o no, se adentraron en las espesuras más sombrías e inaccesibles para intentar sobrevivir. Establecieron alianzas y pidieron ayuda al espíritu del bosque. El espíritu utilizó los poderes arcanos que siempre habían sido suficientes. Conjuró tormentas, dirigió certeros rayos e incluso modificó cauces de torrentes para expulsar a los humanos. Todo se demostró inútil. La antigua magia ya no servía frente a la codicia y la falta de escrúpulos de compañías sin corazón y máquinas sin cerebro.

Para intentar retrasar lo inevitable, recurrió a los pocos humanos que todavía creían en el poder de la naturaleza como fuente de vida, pero los tacharon de locos, los apalearon y los encerraron, acusándoles de ir contra el progreso y la humanidad.

Los belicosos orcos y los siempre organizados enanos propusieron luchar por lo que había sido suyo, pero no lograron el consenso suficiente y optaron por desaparecer en el subsuelo, adaptándose a la oscuridad eterna. Las hadas y los elfos fueron los últimos en desaparecer, tras letales expediciones en busca de las frondas que quizá les permitirían mantenerse en la superficie. Las enfermedades y la falta de libertad los fueron diezmando hasta convertirlos en insignificantes.

Pero lo que mató al espíritu del bosque no fueron las máquinas o la deforestación, ni siquiera la codicia. El espíritu del bosque fue derrotado por la falta de imaginación y el abandono de los niños, sustituido por juegos electrónicos diseñados para crear esclavos y cercenar la fantasía.

El espíritu murió sobre una mesa de diseño, humillado y derrotado por un nuevo relato en el que no cabían las criaturas mágicas, en el que los héroes vivían en el hiperespacio o en el multiverso y no en la tierra. Nunca entre los árboles que rodeaban las casa de los niños, desde donde jugaban con ellos y les lanzaban guiños hasta que cruzaban el umbral de la racionalidad. Sus brazos, como ramas, fueron secándose y las raíces que surgían de su tronco se endurecieron y entrelazaron formando un laberinto estéril.

Esa racionalidad era la asesina. Una forma de pensar que cada vez llegaba más pronto en el crecimiento de los niños, que ahogaba la imaginación y negaba la existencia de cualquier criatura o suceso que no se ajustase a sus rígidas leyes.

A lo que quedaba del espíritu del bosque, apenas un tocón seco, lo encerraron en un enorme almacén subterráneo, junto con las primeras ediciones de los libros malditos secuestrados. El resto de los libros peligrosos murió en la hoguera, para que no inflamasen las mentes de los niños y los jóvenes con sus relatos fantásticos de criaturas extraordinarias. Arriba dejaron otros, inofensivos, en los que cualquier atisbo de veleidad mágica había sido extirpado y cauterizado. Cuando las autoridades clausuraron las puertas del almacén, la decadencia se adueñó del mundo y los humanos dejaron de brillar.

Pensaron que habían vencido y fue pasando el tiempo. La uniformidad ya era casi completa cuando, en un lejano pueblo entre montañas, una niña muy pequeña se perdió en el bosque y encontró un hada.

Cuando se produjo ese encuentro, en un enorme almacén subterráneo, oscuro y polvoriento, una pequeña raíz verde comenzó a crecer de un viejo tocón seco.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 13 de junio de 2020

 

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