El primer café

coffee-751691_1920Estaba desayunando tarde, como corresponde a un día festivo, a pesar del confinamiento. En la radio trenzaban una tertulia sobre el retorno a los bares al acabar la cuarentena y dónde se tomarían la primera caña los oyentes, algo que en los países escandinavos me imagino que ni habrá pasado por su imaginación, pero aquí es «trending topic» y una necesidad vital. Tras varios testimonios siguiendo el tema propuesto, una mujer ha cambiado de tercio.  Ha confesado ante toda la audiencia que, antes de la primera caña, se moría por un café bien hecho y citaba un lugar en su localidad donde desearía tomarlo, como hacía cada mañana antes de la pandemia.

Esa conversación me ha hecho reflexionar sobre mis gustos, si yo era más de café o de caña y cual de esos productos elegiría para celebrar el día de la liberación. Ese dilema y su desenlace han retado a mi yo creativo, convirtiéndose en el disparadero idóneo para un peregrinaje sentimental por el tiempo y el espacio. A modo de gastronómico diario de viajes, intentaré volcar en el papel en blanco algunas de mis experiencias y opiniones personales relacionadas con los productos antes comentados. Mi humilde intención es que, al leerlo, sea como abrir una claraboya aromática que nos permita olvidarnos, al menos durante un rato, de las miserias del confinamiento.

Debo confesar que, aunque me gusta una caña bien tirada, deben darse las circunstancias adecuadas para ello como la temperatura, el horario y la disponibilidad de las marcas que me atraen. Esto no ocurre con el café, que me apetece en cualquier momento. Además practico una peculiar y personal costumbre. Si encuentro un sitio donde el café es muy bueno, me pido otro, para almacenar una sensación que no sé cuando volverá a repetirse. Por desgracia, eso ocurre menos veces de las que desearía.

Es sobradamente conocido que las virtudes de un buen café se incluyen en su propio nombre a modo de letras capitales: Caliente, Amargo, Fuerte y Estimulante. Por mi parte, y dado que en nuestra vida diaria no nos tomamos uno, sino más, yo añadiría una S. Ese de Situaciones o lugares donde lo tomamos, de Sensaciones que provoca en nosotros y de Social, porque, al menos en mi caso, su disfrute aumenta en buena compañía.

Por cierto, no os lo he dicho, pero a mi me gusta el café solo, sin más aditivos que el azúcar y, en contadas ocasiones, un ligero bautizo de orujo de buena calidad. Lo del azúcar sé que va en contra de lo que opinan los puristas, pero me da igual, bastante amarga es ya la existencia.

Me inició en el café mi abuela materna. Los días en los que, ya casi adolescente, dormía en su casa, me despertaba con una pequeña taza que llevaba a la cama, antes del desayuno. A pesar de que mi memoria funciona fatal, todavía recuerdo el aroma y el calor de aquella taza de café, que me hacía sentirme más adulto. Esas eran las ventajas de ser el primogénito con años de diferencia sobre el siguiente, además de ser un niño formal, educado y despegado de las faldas de mamá. Se me podía llevar a cualquier sitio sin que protestara o desentonara. Una joya de niño, vaya.

Otros cafés, ligados a mi entorno familiar, que recuerdo con nostalgia, eran los que tomaba a veces con mi padre, de madrugada, antes de salir a pescar. Café con leche en vaso y ensaimadas recién traídas del horno en alguno de los escasos bares abiertos cerca del puerto. Lástima que la mayoría de ellas acabaran luego en la bahía por el mareo. Cafés pequeños y estrechos, frecuentados a esas horas únicamente por pescadores y otros trabajadores invisibles.

Con horror estomacal recuerdo los cafés castrenses. Noches de guardia académica soportando el frío cierzo aragonés, con unos tabardos que habían conocido su juventud en tiempos del Cid y un brebaje horrible al volver de la garita que, eso sí, facilitaba de manera insuperable nuestro tránsito intestinal. La cosa no mejoraba cuando lo animaban con brandy Solera, pero de eso podría contar otras historias de hazañas bélicas.

Pensar en el café siempre consigue que evoque episodios y lugares felices. Nuestra memoria selectiva facilita eso, lo que le agradezco enormemente. Bastantes desgracias nos asedian todos los días. Ese oscuro y maravilloso brebaje, como una pócima mágica, consigue mover en sentido contrario las manecillas del reloj y restituir las arrancadas hojas del calendario, rememorando experiencias y sensaciones que constituyen una parte imprescindible de lo mejor de mi vida.

De aquella breve estancia en Milán por un congreso, allá por los noventa, recuerdo un ristretto diminuto e inolvidable cerca de la Piazza del Duomo. Además de su escasísima cantidad y su sabor perfecto, lo que se me quedó grabado a fuego fue la larga cuchara comunal para servirte el azúcar desde un azucarero colectivo. No lo he vuelto a ver jamás.

Los cafés franceses, perfectamente olvidables en lo que se refiere a la infusión, se salvaban por sus preciosas cafeterías, salvo que los tomases en un entorno laboral. En ese caso no los salvaba nada, salvo quizá, más recientemente, el milagro de las cafeteras de cápsulas. De Francia se me han quedado grabados a fuego otros productos, especialmente para un ratón como yo, pero no voy a hablar aquí de sus quesos. Mis papilas todavía se resienten del ataque de aquellas mostazas variadas de l´Ile du Levant, frente a Hyères, donde participé en unas maniobras con el 54 regimiento de artillería del ejército francés. La curiosidad me ha llevado a comprobar que esa unidad todavía sigue en la ciudad y en activo, casi treinta años después de lo que constituyó la única misión internacional de mi carrera castrense.

Este nostálgico y aromático viaje me transporta, con un inevitable salto en el tiempo, a Ecuador y los desayunos en el Hostal Madre Tierra, allá por el año 2000. Era un curioso alojamiento rural para mochileros, como decían ellos, cerca de Loja, casi en el Perú. Desde su terraza podíamos saborear, cada mañana, un café muy mejorable, un zumo de guayaba espléndido y unas vistas inenarrables del Valle de Vilcabamba o de la Longevidad. Nuestro contacto local decía que para dormir en un hotel ya lo haríamos en Europa, que teníamos que aprovechar para conocer el país real en el que estábamos.

Bastantes años más tarde, unos diecisiete, regresé a Latinoamérica, en concreto a Chile. Mis recuerdos cafeteros no los evoca precisamente la calidad local del producto. Se asocian principalmente al Starbucks próximo a la Plaza de Armas, en Santiago, por su wifi o a los desayunos en la cafetería de mi hotel, situada en el último piso, desde donde podía admirar las azoteas del centro de la capital y la Plaza de la Moneda, de infausto recuerdo. Me marché de Santiago sin conocer ninguno de sus famosos «cafés con piernas» elogiados por mis amigos chilenos, quizá la próxima vez que vaya.

Además de Santiago viajé a Concepción, al sur, por motivos de trabajo. Lo cito porque de esos días no puedo por menos que evocar la cara de asco que ponía mi amigo Bruno, un italo-chileno afincado en Milán desde hacía mucho años, cuando intentaba tragar el café de la sobremesa. Y eso que se lo preparaban especialmente para él y siguiendo sus instrucciones.

Mis experiencias cafeteras en el extranjero finalizan en un país donde esa infusión me ha generado, junto con Italia, las mayores satisfacciones sensoriales. Portugal y sus excelsas bicas, perfectas en cualquier lugar donde las degustes y sea cual sea la marca del producto.

Bicas como aquella de la Avenida dos Aliados en Oporto en la terracita de una «cafetaria» clásica. Como cualquiera de las de Lisboa, tanto en el Chiado, Alfama o cualquier otro barrio de una capital que te cautiva desde su decadencia elegante y discreta, ahora repleta de turistas.

Bicas como las que tomé en el pueblo de Almeida, con la sensación de haber regresado al siglo XVII y a las guerras fronterizas. Nada desentonaba en un casco antiguo limpio y perfectamente fiel a sus orígenes. Cuánto tendríamos que aprender de nuestros, aparentemente, retrasado vecinos del oeste, en lo referente a la conservación del patrimonio histórico. También en otras muchas cosas en las que no voy a extenderme, porque se me vería el plumero.

Mis más recientes recuerdos cafeteros de Portugal son del año pasado, entre primavera y verano. El primero de Viseu, ciudad que desconocía y a la que me llevó un proyecto muy interesante con jóvenes emprendedores. Otros en el Algarve, vacacionales. De Viseu, además del café perfecto como en todo Portugal, debo destacar los Viriatos, repostería exquisita que hay que probar, eso si, sin remordimientos posteriores por su carga calórica. Del Algarve añoro el café en una terraza junto al río en Portimao, tras degustar una deliciosa y sencilla cataplana de pescado en un pequeño restaurante para lugareños, oculto en el laberinto de callejuelas cercanas al puerto. Otro café con sabor y vistas excepcionales que archivé en mi memoria fue el de la Praia da Mareta, junto a Sagres. Una playa de lujo, prácticamente vacía debido a un viento incómodo y un agua helada, a pesar de estar en julio.

He reservado para el final mis cafés en suelo patrio, caracterizados por su enorme variabilidad. Muchos tan olvidables que ni los recuerdo. Otros merecen una mención aparte en este atlas personal de sensaciones y experiencias placenteras.

De mi tierra, esa Mallorca maravillosa destrozada por el maligno tándem de turismo desaforado y avaricia desatada, atesoro imágenes adheridas a mi memoria con el pegamento de la felicidad. Por desgracia, el abuso del torrefactado empañaba muchas veces el sabor y la calidad, lo que hace que mis sensaciones positivas estén más asociadas a experiencias no gustativas. Cafés de mi época de vagabundeo juvenil, al principio en aquella vieja y añorada Gucci-Hispania roja, de cambio de marchas en el depósito. Posteriormente en el viejo y veleidoso seiscientos que me dejaba tirado en cualquier cuneta cuando se ofendía. Veladores de mármol en oscuros bares de pueblos, donde todavía los parroquianos te miraban de arriba a abajo para hacerte la filiación y el ron de caña, o las hierbas dulces, eran imprescindibles para digerir aquel brebaje oscuro y amargo, a pesar del azúcar. La mixtura del café con el sabor salino del aire, en cualquier terraza frente al mar, produce siempre un resultado que merece la pena experimentar, aunque cada vez sea más difícil conseguir una mesa para lograrlo y la broma te salga más cara.

Málaga me impactó en su conjunto, aunque de allí destacaría el sabor perfecto, aunque caro, de una taza de café en el patio del Museo Picasso. También una sobremesa en un pequeño restaurante de la calle San Juan, donde ejecuté mi ritual de repetirlo para almacenar su paladar hasta la siguiente experiencia digna de ser contada. Dejando aparte el sabor, esa ciudad sorprendente tiene numerosos rincones para descubrir. A mí me impactaron especialmente dos, uno con degustación y otro solo de hallazgo.

El primero, cualquiera de las numerosas terrazas de la Plaza de la Merced. Allí hay que acercarse, sin excusa, al monumento del centro de la plaza. Está dedicado al General Torrijos y sus cuarenta y ocho compañeros, fusilados por orden de Fernando VII en 1831, en la playa de San Andrés, por defender una Constitución que el mismo y nefasto monarca había jurado, supongo que cruzando los dedos a la espalda. Recordad el «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional[1]».

El otro rincón que me sorprendió y que, de alguna manera, está relacionado con el anterior, es el cementerio inglés, junto a la plaza de toros. Recorrer aquella pequeña parcela y leer sus lápidas y túmulos es retroceder en el tiempo hasta batallas y hechos heroicos hoy prácticamente olvidados.

Doblo el mapa y salto a Santander, donde se sigue manteniendo la perfecta fusión entre el café y la brisa marina. Aunque la especialidad local son sus maravillosas rabas, no desmerecen degustaciones cafeteras como la del Cazurro en Arnía, admirando el mar chocando contra las rompientes al pie del acantilado. Más tranquilas e íntimas las del Santa & Co, un ecosistema completamente millenial cerca de la calle del Arrabal, en el casco antiguo.

Podría hablar de otras muchas experiencias ligadas a la negra infusión a lo largo de la piel de toro hispánica. La mayor parte de ellas recordadas por la compañía o el lugar, las menos por la calidad del género, lamentablemente.

Quiero cerrar el círculo en Valladolid, ciudad de acogida de la que puedo hablar con cierto conocimiento, tras muchos años de residencia. En mi barrio encuentras un café aceptable, dependiendo de los locales. Incluso el Nuberu ha recibido varios premios al barista de ámbito nacional. Las vistas son, por desgracia, de lo más normal, pero siempre han salvado la situación los acompañantes. El componente social que acompaña, por lo general, a esa infusión, puede compensar otros factores.

Quizá si tuviera que elegir un único lugar para tomarlo me quedaría con el Continental, en la Plaza Mayor. Aúna buen café, un local agradable, una buena terraza y además tienes asegurado el entretenimiento, puesto que es la sala de reuniones oficiosa de la corporación municipal. Hay muchos otros sitios, algunos destacables por sus vistas a un río desperdiciado todavía, e incluso otros en el alfoz dignos de mencionar, pero sería alargar demasiado.

No se si habré conseguido mi objetivo al escribir esto. Deseaba que, prendados del aroma del café, abrierais de par en par las ventanas de vuestra mente y os dejarais arrastrar a una excursión sensitiva que amortiguara el efecto de la reclusión, al menos durante un momento. Uno suficiente como para tomar impulso y fuerzas para resistir hasta un final, que cada vez está más cercano.

Tras las reflexiones anteriores sigo sin decidirme. Quizá lo más importante no sea lo que tomas, sino con quién y la felicidad de volver a retomar tu vida, que con total seguridad será diferente a la de antes de la pandemia.

Mi conclusión, tras ese viaje sensorial y emotivo, sería que por el café y otras muchas cosas más, mañana mismo o cuando pueda, hago las maletas y me exilio a Portugal.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 27 de abril de 2020

[1] El 10 de marzo de 1820, Fernando VII el Deseado -curiosa paradoja- publicaba el Manifiesto del Rey a la Nación Española en el que refrenda su decidido apoyo a la Constitución de Cádiz de 1812.

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Despedida

rocks-1246183_1920Mojé tus pestañas con el agua gélida de aquel arroyo de montaña.

Nuestras mochilas, tiradas entre la hierba, destacaban junto al granito gris que emergía de la tierra.

El aire cortaba, cada respiración era una victoria robada y nuestros corazones se aceleraban al unísono, o eso deseaba.

Intenté reanimarte, te apliqué calor, besé tus mejillas, tomé tus manos entre las mías y las masajeé sin descanso y poco a poco sin esperanza.

Intenté que abrieras los ojos, que volvieras, que tus pulmones se expandieran, pero fue inútil.

Intenté llorar, pero no pude, mi corazón seguía pendiente del tuyo, de tu palidez y del tono azulado que capturaba tus labios.

Con un tenue beso en tus párpados te dejé volar y bendije el tiempo que habíamos pasado juntos.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 26 de marzo de 2018.

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Tras el cristal

drop-of-water-4447343_1920La luz disminuía a través del vidrio mojado y la noche imponía su manto opaco sobre el campo. Llovía desde la mañana y todos los árboles que flanqueaban las vías goteaban. Pronto llegarían a los túneles, todos esos túneles que permitían que el tren cruzara la Sierra Norte y llegara al puerto.

Un potente silbido de la locomotora me sobresaltó; me había quedado traspuesto sobre el libro que Susana me había regalado la última vez que nos vimos. Abrí los ojos, dudé, volví a cerrarlos y me los restregué con las manos para asegurarme de que no seguía dormido.

Al abrirlos de nuevo miré tras el cristal. Fuera, un sol espléndido iluminaba la pequeña cala donde un bosque de pinos iba a morir al mar. Del libro y del tren no quedaba ni rastro. ¿Habrían puesto algo en mi bebida? Tenía que dejar de frecuentar esos antros, lo que me estaba ocurriendo no era normal y no se parecía en nada a mis anteriores borracheras, ya que no me dolían la cabeza ni el estómago. Sin darme apenas cuenta volví a quedarme dormido.

Me despertó un sonido extraño, como si algo golpeara una ventana, y comprendí que esta vez no estaba soñando ni alucinando. Haciendo un esfuerzo abrí los ojos y todavía alcancé a ver la escena, antes de que el cristal que tenía frente a mis ojos se oscureciera por completo.

Mirándome desde arriba, Susana, con los ojos enrojecidos, sostenía una rosa roja en su mano y un pañuelo blanco en la otra. Junto a ella, un desconocido con una pala iba arrojando tierra que caía sobre la pequeña mirilla, con un sonido que anticipaba el silencio y la eternidad.

 Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 25 de noviembre de 2017

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Sara y los ventiladores

fan-1634571_1920El ventilador giraba y su sonido se mezclaba con el de aquella calle por donde circulaba la vida, ajena a todo y a todos.

Que Sara odiaba a los ventiladores era bien sabido por sus amigos, aunque nadie conocía el motivo. Cuando se juntaban en alguna de sus casas en verano, para comer o celebrar algo, lo primero que Sara hacía al llegar era pedir que los apagasen. Al principio se lo tomaban a broma y se burlaban de ella, pero cuando vieron que se marchaba llorando, dejaron de hacerlo. En su casa no había ninguno, hiciera el calor que hiciera.

Le preguntaron el motivo pero nunca se lo concretó. Insinuó un trauma infantil sin profundizar mucho y dejaron de insistir.

En las tardes calurosas de agosto, sentada en su casa en penumbras, seguía escuchando en su cabeza el ruido de aquel ventilador maldito que no le permitía olvidar, alejarse, descansar.

Ya habían pasado dos años y seguía recordando aquella triste habitación de hospital antiguo, compartida y calurosa, donde su madre iba abandonando poco a poco la realidad y la vida. En la mesita de noche desvencijada, Sara había puesto un ventilador que había encontrado por casa de sus padres. Un ventilador ruidoso y poco eficaz, que apenas refrescaba.

Desde la mañana a la noche estaba con ella. Eran sus vacaciones, pero sus hermanos se habían hecho cargo desde aquella tarde en que se cayó y comprendieron que no podía continuar viviendo sola. Había dejado su casa cerrada sin saber muy bien cuanto iba a regresar. El mes de vacaciones era un respiro, pero si la situación se alargaba habría que tomar otras medidas.

En el hospital apenas había movimiento, la mayor parte de los pacientes eran personas mayores. Algunos eran habituales, como le habían comentado alguna vez las auxiliares al traer la medicación o la comida. Cuando llega el verano, los familiares los traen con cualquier excusa y se van de vacaciones, así no tienen que ocuparse de ellos, le dijeron.

La otra paciente estaba sola, pero no se daba cuenta, ya había traspasado el umbral y estaba en un mundo propio, silencioso y distante. Apenas respiraba ni hacía ruido. Al principio su madre hablaba con ella o se quejaba, pero progresivamente también dejó de hacerlo. Ya apenas comía. Si seguía así tendrían que alimentarla con una sonda, les había dicho el médico.

Aquella tarde Sara se quedó dormida, amodorrada por el calor y acunada por el sonido del ventilador. Cuando la auxiliar la sacudió, despertó sobresaltada y presintiendo lo peor. Su madre había muerto sin que se diera cuenta, sin poder despedirse de ella ni cogerle la mano, sin llorar, sin sufrir.

Desde entonces Sara odia todos los ventiladores.

 Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 24 de septiembre de 2016.

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Un profesor olvidable

school-2844277_1920Esta mañana ha caído en mis manos, por casualidad, el periódico de hoy. Sin prestarle excesiva atención he ido pasando páginas rápidamente, ojeando las fotografías, hasta que una esquela ha atraído toda mi atención. He visto Anselmo Fuertes López y no he podido leer más porque mi mente ha dado una vuelta de campana y la cafetería de la Universidad se ha transformado en un gimnasio polvoriento, con una luz escasa que, atravesando unos sucios tragaluces, se sumaba a duras penas con la que aportaban algunas lámparas mortecinas que pendían de un alto techo lleno de telarañas.

Apoyado en una espaldera que había conocido mejores tiempos, Don Anselmo nos vigilaba. Era una de las firmes columnas del régimen, similar a muchas otras que sostenían el sistema represivo de un país tan triste y mortecino como las lámparas.

En fila nos dirigíamos hacia el potro, donde con mayor o menor pericia conseguíamos llegar al otro lado, algunos por encima, otros por debajo y Miguelón desplazándolo con su corpachón de gordo risueño que exasperaba a Don Anselmo.

Veo a Manuel, que sin coger apenas impulso pasa por encima casi sin rozarlo, con la agilidad de un gato y cómo la cara de Don Anselmo se contrae en un rictus. No puede ocultar sus sentimientos, odia a aquel desvergonzado que día a día y sin aparente esfuerzo parece desafiarlo y burlarse de él y de su afán por domarlo. Manuel siempre será aquel espíritu libre que consiguió superar el bachiller y la represión sin dejarse ningún pelo en la gatera. La vida le llevará por derroteros muy diferentes a los nuestros y le pasará una desorbitada factura.

La cuchara cae al suelo y este sonido me devuelve a la realidad. Don Anselmo se ha ido, pero bastante antes lo hizo Manuel.

Bartolomé Zuzama i BIsquerra. Valladolid 05/X/2015

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Diarios de encierro (I)

IMG_1431Aquello no se lo iba a perdonar a su mujer en la vida. Llevaba insistiendo en que tenían que hacer un crucero con los amigos un montón de años y él se había resistido como un gato panza arriba, pero al final se había salido con la suya. Se marcharon de crucero y regresaron con un virus que les obligaba a permanecer recluidos en su casa al menos durante treinta días.

Sus amigos estaban igual que ellos y como a casi todos les gustaba escribir, decidieron buscar temas comunes para ver qué salía de esa especie de loca creatividad colaborativa.

Como disparadero creativo para sus escritos, alguien propuso seguir la dinámica y la estructura del Decameron de Bocaccio y luego poner todas sus historias en común de forma telemática.

En la primera de las entregas cada persona debía hablar de lo que más le agradaba, lo que más le gustaba, de aquello que le hacía feliz.

Sin pensárselo mucho, Dámaso se lanzó de cabeza y sus manos aterrizaron en el teclado de su ordenador.

LO QUE ME AGRADA

No era muy dado a la introspección, aunque lógicamente pensaba las cosas antes de hacerlas. Su trabajo como consultor le exigía valorar y tomar decisiones en plazos de tiempo muy cortos. Era preferible un error, más o menos controlado, a la inacción.

¿Qué le gustaba? ¿Qué le hacía feliz? ¿Eran las mismas cosas? ¿Qué echaba de menos?

Reflexionar sobre estos aspectos a su edad era un ejercicio muy peligroso. Podía concluir que aquello que le gustaba o le hacía feliz no era lo que tenía o lo que guiaba su vida actual y hacer alguna tontería. No sería el primer cincuentón que dejaba a su mujer y se iba a ver mundo con otra mucho más joven, aunque sobre eso había mucha «fake news». Si a un más o menos agraciado físico no le acompañaba una cartera bien provista, lo más probable es que la aventura finalizase incluso antes de empezar, regresando a casa con el rabo entre las piernas, real y metafóricamente hablando, para suplicar perdón.

En fin, vamos a arriesgarnos, se dijo, no puede ser tan terrible. Soy razonablemente feliz con lo que tengo y con lo que he hecho y no debería llevarme ninguna sorpresa.

La música disco y las lentejuelas no me gustan, luego por esa parte estoy tranquilo, el travestismo no es lo mío. Al gen sueco oculto en mi ADN le debo mi aversión al futbol, a los toros y a cualquier otro tipo de entretenimiento casposo y cavernícola, respetando al personal a quien le gustan esas cosas. Las armas no me agradan y soy bastante cegato, luego podemos descartar la caza. De joven pesqué algo, pero me aburría y el pescado no me vuelve loco, salvo que previamente hayan tirado un cerdo al río y luego lo asen.

El esquí lo probé una vez de joven y casi me llevo por delante a dos viejas y siete niños que esperaban a su monitor, antes de que me expulsasen de las pistas, por ahí tampoco. La comida y la bebida me gustan, pero no me apasionan y no empeñaría mis bienes para ir al último gastrobar de moda, las aglomeraciones no son lo mío ni el cilantro tampoco.

La lista de placeres ocultos o insatisfechos se le iba acabando, por lo que debía empezar a sincerarse, a dejar de divagar y a buscar en su interior. Quizá la respuesta era mucho más sencilla y estaba a la vista, el mejor lugar para ocultar aquello que no quieres que nadie encuentre. Se acordó entonces de un concepto que cuando lo oyó por primera vez no le caló demasiado, pero el tiempo lo había mejorado, como a los buenos vinos. Ese concepto era el de ser feliz a través de las pequeñas cosas y se planteó que quizá fuera una buena óptica para analizar aquello que le hacía o le había hecho feliz en algún momento.

Ese café de media mañana con algún conocido o conocida por el centro, una caña fresquita cuando las temperaturas comienzan a subir, el nomadeo sin rumbo por cascos antiguos de ciudades caducas y burguesas, evitando a los enjambres de turistas que, cual modernos bárbaros, arrasaban todo a su paso.

Aquel lento navegar a vela cruzando una bahía que conocía y amaba o amodorrarse como un anfibio satisfecho bajo un sorpresivo sol invernal que llena de vida los grises de una Castilla lenta y triste.

La lectura de pasajes repetidos y familiares, pero que siempre te levantan el ánimo o esa música que te hace saltar de la silla y brincar como cuando tenías muchos menos lustros.

Los olores cálidos, los colores sabrosos y tú, familiar y conocida, color y olor, mi sol, mi vela y mi brújula, mi amante desconocida y mi familia cercana. Mujer, madre, amante, amiga, acicate y látigo, recuerdo y carne. Amor y cariño, ancla y soporte. Socia, jefa y aliada. Tú omnipresente, tú, mi pequeña cosa, mi felicidad, mi placer oculto, mi raíz perpetua, mi musa y siempre, siempre, mi mejor relato.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 16/03/2020 (Segundo día de clausura)

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La última oportunidad

adult-1867071_1920La vacuna llegó mucho antes de lo que todo el mundo auguraba. Eso tendría que habernos hecho reflexionar, pero la presión social y económica era tan grandes y como todos los ensayos realizados en diferentes países habían sido positivos, nadie lo hizo.

Los descubridores de la vacuna, un laboratorio del Ministerio de Defensa de la República Popular China, cedieron inmediatamente la patente al mundo para que nadie pudiera lucrarse con la misma y que llegara cuanto antes a toda la población mundial, dispusiera o no de recursos económicos. De esta manera evitaron que se pudiera utilizar como arma de estrategia geopolítica o método de chantaje.

La fabricación, no especialmente complicada, se multiplicó en todos los países y continentes y a las pocas semanas se pudo comenzar con las vacunaciones en masa. Cada país se organizó como creyó conveniente, pero el objetivo global era inmunizar cuanto antes a la mayor cantidad posible de personas para restablecer la vida normal con la mayor premura.

Una vez inmunizada la mayoría de la población, los gobiernos derogaron las situaciones de alarma y de aislamiento. Todo el mundo, salvo los ingresados más graves de los centros hospitalarios, pudo salir a la calle, abrazar a sus seres queridos, pasear de nuevo y regresar a su rutina vital y laboral. En apenas un mes nos habíamos olvidado de la pesadilla y todo volvía a ser como antes, incluyendo la contaminación, los atascos, la explotación de los recursos y las personas. En fin, como siempre.

Entonces ocurrió. Sin aviso previo las personas comenzaron a caer desplomadas y a morir donde se encontraban, sin tiempo para avisar o intentar evitarlo. Los aviones cayeron del cielo y los barcos navegaron a la deriva, cargados de cadáveres. En muy poco tiempo la raza humana desapareció de la superficie del planeta. Daba lo mismo la edad, el nivel económico, la complexión, el genotipo o el lugar de residencia, todos morían igual. Quizá se salvaran algunos individuos de las bautizadas como tribus incontaminadas, pero como su existencia no estaba probada nunca se sabría.

Algunas centrales nucleares y otros dispositivos atómicos, ante la falta de mantenimiento, alcanzaron el punto crítico e implosionaron, contaminando amplias superficies del planeta que permanecerán inhabitables durante muchos siglos. Otros simplemente se apagaron por falta de combustible, sin más daños.

Los sonidos y las luces de las ciudades fueron apagándose progresivamente. La estación espacial seguía circunvalando la tierra y grabando cómo el planeta se iba quedando a oscuras, sin nadie que fuera consciente de ello, tanto desde el interior como en tierra. En la superficie, las plantas y los animales colonizaban las ciudades y los pueblos.

Curiosamente los cadáveres se descompusieron casi de inmediato y la tierra los absorbió por completo, salvo aquellos que estaban en espacios cerrados, que se convirtieron en un fino polvo blanco que permaneció estático hasta que la más mínima corriente de aire lo dispersó.

La contaminación, salvo la nuclear, desapareció. El aire, más puro que nunca, favoreció que los animales y las plantas se recuperasen, incluso las abejas y otras especies muy amenazadas. El equilibrio retorno progresivamente a un planeta cuyos océanos, ríos y arroyos volvieron a poblarse de vida. El agujero de ozono se cerró, cesó el efecto invernadero y los polos comenzaron a cubrirse con un hielo puro y limpio. En muy poco tiempo la raza humana desapareció sin dejar rastro de su existencia.

Despertó con una sensación extraña, como si hubiera dormido mucho tiempo y al despertar se hallara dentro de un cuerpo que no era el suyo y tuviera que acostumbrarse a él. No recordaba nada, su mente estaba completamente en blanco. Abrió los ojos y miró a su alrededor. Estaba sentada en el suelo en el interior de lo que parecía un bosque espeso, apoyada en uno de los árboles que lo poblaban. Aparentemente su cuerpo no había cambiado, tenía todas las extremidades en su sitio, veía bien y su sentido del olfato parecía funcionar. No sentía hambre ni sed, pero presentía que algo vital había cambiado.

—Vaya, al fin has despertado—. La voz parecía venir del interior de su cerebro, no de sus oídos y aunque miró a su alrededor no vio a nadie. Se levantó sobresaltada y al hacerlo se mareó.

—Tranquila, no tienes que ser tan brusca o puedes desvanecerte. La metamorfosis es un proceso complicado y al principio cuesta un poco adaptarse—. La voz seguía resonando en su cabeza y se estaba poniendo muy nerviosa con aquella situación que no controlaba.

—¿Estás mejor? ¿Se te ha asentado la cabeza? Sabemos que esto es completamente nuevo para ti, pero te acostumbrarás. Tienes que abrir tu mente y ser muy receptiva a la información que debemos suministrarte, cuanto antes lo consigamos será mejor para ti.

—¿Quién eres? ¿Dónde estás y qué me está pasando?, ¡no entiendo nada! —dijo ella a gritos y muy alterada.

—Soy un querqus y estoy frente a ti, pero si miras lo único que verás será un árbol inmóvil. Ese soy yo y te hablo en el lenguaje universal directamente a tu cerebro, lo que vosotros llamáis telepatía, aunque en realidad es algo más complicado. Al principio te va a costar abandonar tus viejas costumbres, pero te adaptarás. La metamorfosis te ha preparado para ello. Sigue usando la voz de momento, a mí no me molesta y te entiendo perfectamente.

Toda aquella información, su mente en blanco y la continua referencia a una extraña metamorfosis era demasiado para ella. Antes de marearse de nuevo se sentó mirando hacia el árbol/querqus que en teoría le estaba hablando, sintiéndose ridícula.

—¿Puedes decirme qué me pasa y por qué me siento tan extraña? ¿Qué es eso de la metamorfosis?

La voz en su cerebro, tranquila y sosegada, comenzó a relatarle una historia que a pesar de parecer fantástica, algo en su interior le confirmaba que era cierta.

La contó que entre el virus y la vacuna la especie humana se había extinguido. Quizá hubieran sobrevivido algunos individuos completamente aislados, pero era muy poco probable. Tras siglos y siglos de sobreexplotación, de destrucción y de derroche de recursos limitados, el planeta se había defendido para evitar la completa extinción de la vida acabando para ello con su especie más dañina. En realidad se habían extinguido ellos mismos con su visión tan a corto plazo y su afán por retornar a una realidad perjudicial cuanto antes. Quizá si hubieran investigado más o hubieran modificado alguna de sus costumbres podrían haber sobrevivido los suficientes como para repoblar de nuevo el planeta, pero no lo hicieron.

—¡Pero yo no recuerdo nada de eso, ni del virus, ni de la extinción! ¡Mi mente está en blanco!

—No debes preocuparte por eso ahora, progresivamente irás recobrando la memoria. Será una recuperación selectiva, pero suficiente.

Para que ella pudiera comprender lo que había sucedido, el querqus tuvo que remontarse a los  orígenes de la humanidad. Le contó que la especie humana ya había tenido una primera oportunidad cuando los Antiguos utilizaron sus conocimientos y su tecnología para evolucionar y diferenciarse del resto de especies animales. Nadie sabía de donde procedían los Antiguos ni qué había sido de ellos. Se suponía que veían del Más Allá y que habían regresado a su lugar de origen tras cumplir su misión, sin que nadie supiera el objetivo de su intervención en la Tierra.

—Tras esa intervención fuisteis evolucionando y creciendo. Las plagas y las guerras aseguraban un crecimiento sostenible y evitaban la sobreexplotación del planeta, pero eso cambió en el Siglo XX tras la Segunda Guerra Mundial. Seguía habiendo guerras y epidemias, incluso graves problemas de hambre y falta de agua, pero salvo en determinados lugares apenas diezmaban a la población. Los avances médicos y tecnológicos facilitaban un crecimiento desmesurado de la misma, a pesar de que la mortalidad seguía siendo elevada. Nadie fue capaz de ver que se estaban alcanzando límites de no retorno y quienes lo intuyeron no fueron escuchados. No se prestó atención suficiente a la búsqueda de modelos sostenibles o incluso de alternativas como la exploración del espacio en busca de otros lugares para crecer.

En un determinado momento algo falló y un virus comenzó a extenderse hasta convertirse en una pandemia a nivel planetario. Moría gente, aunque no demasiada si se comparaba con las últimas pandemias históricas, pero en su afán por retornar a la normalidad, el hombre cometió un terrible error y creó una vacuna que ocultaba un caballo de Troya mortal. Si hubieran dedicado más tiempo a experimentar y a realizar ensayos clínicos más amplios quizá hubieran podido detectarlo, pero no fue así. Al vacunar a las personas las estaban condenando a muerte. A una muerte rápida y bastante indolora, pero inevitable. En apenas un mes de vuestro cómputo del tiempo la especie humana había sido erradicada del planeta.

—¿El caballo de Troya de la vacuna fue intencionado? ¿La erradicación de la especie humana fue premeditada?

—No, lo que hubo fue una terrible cadena de errores y una visión equivocada y miope de lo que era mejor para la humanidad.

Ella guardó silencio mientras asimilaba unas noticias tan devastadoras que su mente racional se resistía a creer que fueran ciertas.

—Entonces, si la humanidad ha desaparecido de la faz de la tierra, ¿qué hago yo aquí?

El querqus/árbol se agitó como si un fuerte viento moviera sus hojas y a ella le pareció sentir e incluso escuchar alguna presencia más a su alrededor, aunque no viera a nadie.

—Para llegar a eso tengo que contarte una historia que pensarás que es falsa pero no es así. Escucha con atención y comprenderás.

Los hombres os creéis la única raza inteligente que habita este planeta pero en realidad no es así. Conviviendo con vosotros desde el inicio de los tiempos estamos las Criaturas Mágicas, una raza que agrupa muchas tribus diferentes y a las que habéis bautizado con nombres distintos, incluso tratándose de la misma. Somos como un sistema de seguridad para que la vida persista y dentro de ella la especie humana. Siempre hemos cuidado de vosotros y así vamos a continuar haciéndolo, seáis conscientes o no de ello.

Hasta que las máquinas irrumpieron en la historia del hombre, este habitaba y se mantenía en comunión con la naturaleza y con los bosques, que solucionaban muchas de sus necesidades de vivienda, calor y alimento. En esos mismos bosques habitaban las Criaturas Mágicas, con las que determinados miembros de la especie humana podían comunicarse. Somos muchas criaturas diferentes: dragones, hadas, elfos, gnomos, duendes, querqus como yo mismo, trolls y ogros. No quiero olvidarme de los boscos, primos de los enanos o de los truños, que siempre están haciendo travesuras como los duendes. Unas de mis preferidas son las lúminas, una especie de pequeñas hadas luminosas que vivían entre las flores de los arroyos, antes de que estas desaparecieran por la contaminación. También los nuberus, los trasgos trotadores o incluso los espíritus sanadores que cuidaban de todos nosotros.

Las mujeres humanas han sido siempre quienes han mantenido la relación con nosotros y eso les ha costado terribles desdichas como cuando las acusaban de brujería y las exterminaban entre atroces tormentos. Representaban una alternativa diferente al progreso salvaje y decían cosas que podían inducir a la gente a dudar de los poderes establecidos como el patriarcado, la religión o el dinero, por eso debían ser exterminadas.

A medida que el hombre comenzó a talar indiscriminadamente los bosques para sembrar o para alimentar las nuevas industrias, las Criaturas Mágicas tuvimos que replegarnos, pero no desaparecimos, simplemente nos ocultamos. La ciencia descartó nuestra existencia, acusando a quien la mantenía de atrasado o inculto, lo que consiguió que se dejase de hablar de nosotros y que con el tiempo cayéramos en el olvido más profundo, salvo en los cuentos e historias de la cultura popular considerada poco científica y destinada únicamente a los niños.

Así estaban las cosas hasta que la pandemia y su terrible cura casi nos dejó solos en el planeta. Cuando comenzó a extenderse el virus convocamos los Consejos de Sabiduría, que son reuniones de representantes de las especies de las Criatura Mágicas, que se conectan entre sí a través de la Mente del Planeta para actuar coordinadamente. Se decidió que vuestra raza no podía extinguirse y que había que salvar al mayor número posible de los humanos del Sello.

—¿Qué es eso del Sello? ¿No somos todas las personas iguales?

—Quizá según vuestras leyes y costumbres, aunque podríamos discutir mucho sobre eso en otro momento. Para las Criaturas Mágicas hay diferencias que justifican perfectamente la existencia de prioridades.

Desde siempre han existido personas buenas y otras malvadas. Al nacer todos tenéis una especie de marca o de sello en la piel que únicamente nosotros podemos percibir aunque la cubra la ropa o el cabello. Al crecer, si sois buenas personas, esa marca permanece, mientras que va desapareciendo en caso contrario. En realidad el sistema es algo más complicado, pero para que puedas entenderlo es suficiente. Nuestra prioridad era pues rescatar al mayor número posible de personas con el sello y dentro de estas, aquellas cuya marca destacara más.

Lamentablemente y debido a la destrucción de los bosques ya no quedamos muchas criaturas y además el tiempo del que disponíamos para reaccionar era muy escaso por lo que no pudimos rescatar a muchos de vosotros para la metamorfosis. Si en esos momentos alguien hubiera tenido acceso a la Visión, hubiera podido observar cómo los más grandes de entre los nuestros como los ogros, los trolls o los dragones cargaban con humanos para llevarlos a lugares seguros. Si no fuera por lo trágico, resultaría cómico. ¡Y luego los tergiversados cuentos populares aseguran que los trolls o los ogros se comen a los niños!

Metamorfosis, otra vez la maldita palabra. Cuando iba a volver a preguntar en qué consistía, vio con el rabillo del ojo una especie de criaturas aladas y luminosas que desaparecieron cuando fijó su mirada en ellas. Seguro que son imaginaciones mías, pensó.

—¿Qué es la metamorfosis? La has citado varias veces y todavía no me has dicho en qué consiste.

Debía de haber tocado un tema sensible porque cuando terminó de formular su pregunta el silencio se adueñó por completo del pequeño claro donde se hallaba. Dejaron de escucharse murmullos y el querqus enmudeció, lo que la inquietó.

—La metamorfosis es un tema muy sensible que podrías malinterpretar desde el punto de vista humano del libre albedrío, pero que representaba vuestra última oportunidad como raza frente a la extinción completa. Voy a tratar de explicártelo, pero debes mantener una actitud abierta y sin prejuicios para poder entenderlo.

Como he dicho antes —continuó el querqus hablando directamente al cerebro de la mujer— los Antiguos interfirieron en vuestro proceso evolutivo para que la raza humana se diferenciara cualitativamente del resto. Con la metamorfosis nosotros hemos realizado algo similar, aunque a mucha menor escala porque lamentablemente no disponemos ni de los conocimientos ni de la tecnología de aquella raza que desapareció sin dejar apenas rastros. Además, casi no teníamos tiempo. Una escasa fracción de aquellos conocimientos nos fue legada y ha pasado a formar parte de la Mente del Planeta. Pensábamos que nunca tendríamos que usarlos, pero han sido los que has facilitado vuestra supervivencia.

Como te decía, rescatamos y llevamos a lugar seguro al mayor numero de humanos con el sello que pudimos. Todos agonizaban y su muerte estaba muy próxima, pero con nuestra ayuda la mayor parte sobrevivió. No puedo hablarte del proceso, pero sí de lo que comporta la metamorfosis. Lo que debes saber es que con ella las mujeres recuperáis un protagonismo que se os ha negado a lo largo de la historia de la humanidad. Solo vosotras vais a poder escuchar y entender el lenguaje universal que os llegará directamente al cerebro sin sonidos externos. Además, vais a ser las únicas con la Visión, es decir, con la posibilidad de ver a las Criaturas Mágicas. El acceso al lenguaje universal y a la Visión os permitirá relacionaros con nosotros y así poder conseguir un mundo mejor para todos. Ambos dones los trasmitiréis únicamente a vuestras hijas y se irán activando con su crecimiento.

La metamorfosis exigía un borrado completo de vuestra memoria como especie para evitaros mayores sufrimientos y también como una protección de cara al futuro. Vais a tener que aprender de nuevo todo, lo que aleja durante algunos siglos el fantasma del mal uso de la tecnología. Por si acaso, las mujeres os vais a convertir en Recordadoras. Se os ha asignado el papel de memorias vivas y conservareis algunos recuerdos sobre la crisis que os ayudarán a gestionar y a guiar vuestra evolución y desarrollo por cauces sostenibles en armonía con la naturaleza y con el resto de moradores del planeta.

La raza humana va a ser más longeva, va a sufrir menos enfermedades y a mejorar su calidad de vida, pero a cambio vais a tener menos descendencia global. La superpoblación es un riesgo demasiado grande y siendo menos cuidaréis mejor de vosotros mismos y de vuestros semejantes. Tenéis que verlo así y no como un castigo. Esperemos que entendáis que todo lo que se ha hecho ha sido por vuestro bien y para evitar vuestra extinción.

Su cabeza iba a estallar, la extraña situación, toda esa información, los enormes cambios que se avecinaban y lo que había dejado atrás la estaban dejando exhausta. Cerró un momento los ojos y cuando los abrió pudo ver de nuevo a esas criaturas luminosas, pero ahora no desaparecían, sino que se mantenían cerca de ella, expectantes. Cuando giró la cabeza se dio cuenta de que no estaba sola, sino rodeada de multitud de criaturas diferentes y de varios tamaños. De algunas podría aventurar su nombre por algún parecido con las imágenes de los cuentos de su niñez, pero otras no le sonaban de nada. Todas la observaban y a través de esas miradas le llegaban oleadas de fuerza y ánimo que cargaban su interior de esperanza y de unas enormes ganas de seguir adelante.

Un extraño sonido la sacó violentamente de su ensoñación y hubo un momento en el que no sabía dónde estaba, completamente desorientada. Como cuando te despiertas después de un viaje en una cama diferente de la tuya y necesitas organizar tus pensamientos antes de hacer nada más. Entonces identificó el sonido. La alarma del móvil la avisaba de que su tiempo de descanso había finalizado y debía regresar a su labor.

Tras lavarse y asearse un poco se enfundó en un mono, se puso las gafas protectoras, la mascarilla y los guantes y salió al pasillo para dirigirse hacia la UCI a seguir peleando. Entre todos iban a poder con la epidemia.

A su lado, invisibles para el ojo humano, varias lúminas revoloteaban a su alrededor trasmitiéndole toda la fuerza y el cariño de las Criaturas Mágicas.

Al otro lado del planeta, en un país que siempre se había caracterizado por una implicación absoluta en mejorar el mundo, las cosas habían cambiado radicalmente al sufrir una epidemia de nacionalismo exacerbado. En el laboratorio de una multinacional farmacéutica ubicada allí, los investigadores trabajaban a destajo para conseguir ser los primeros en patentar una vacuna que les haría ricos y famosos, sin apenas descansos y bordeando los límites de la seguridad. Un Bonus multimillonario podía estar a su alcance…

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 23/IV/2020

 

 

 

 

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Sombras de adolescencia

sad-214977_1280Cuando sus padres salían, él se quedaba a cargo de sus hermanos.

Aunque retrasaba, temeroso de las sombras, el ir a acostarse, llegaba un momento en que no podía evitarlo.

Iba apagando las luces a su paso, siempre mirando hacia la oscuridad, y subía a la litera superior, que por ser el mayor le correspondía. Tras colocar verticalmente la almohada a modo de escudo entre su cuerpo y la puerta, se arropaba hasta las orejas aunque fuera verano. A continuación comenzaba a imaginarse todo tipo de historias para retrasar el sueño y mantenerse alerta.

Cualquier pequeño sonido le sobresaltaba, imaginando una presencia maligna que se acercaba a la cama.

Su litera se convertía en una cuadriga, en el Nautilus, en un veloz bólido o en un estilizado velero que surcaba las aguas del Caribe en busca de aventuras.

Así se dormía o escuchaba la llegada de sus padres, generalmente lo primero, manteniendo a raya a aquella sombra oscura que habitaba en los rincones de su casa.

Si llegaban mientras estaba despierto, se hacía el dormido al pasar su madre por la habitación, para no preocuparla, que para eso era el mayor.

Cuando creció siguió temiendo a las sombras, aunque descubrió que no habitaban en los rincones, sino en el alma de las personas.

Bartolomé Zuzama. 12/01/2015

 

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La última frontera

samovar-1312703_1920El reloj va tiñendo la tarde de gris roedor mientras acuden, sin apresuramientos que puedan hacerlas visibles, a la convocatoria de cada primer viernes de mes. Cargadas con arrobas de vida, sabiduría y discreción, han conseguido ser grises entre el gris, negras sobre el negro o blancas entre las nevadas invernales.

Se despojan de sus abrigos y de su apariencia de viejecitas desamparadas antes de pasar al salón. Hoy toca el de la música, el mes anterior el azul y el próximo el de las aves del paraíso. Rotación tras rotación, año tras año, vida tras vida. Cada vez son menos, la guadaña se cobra inmisericorde su tributo periódico pero la magnitud de su tarea les impide flaquear.

En el rincón habitual humea ya el samovar muy caliente, necesitan una provisión constante de té de jazmín para digerir su trabajo. En las tazas el dragón permanece oculto; solo se deja ver cuando la luz de algún candelabro ilumina su base al acercarlas a la boca. Sobre una mesita taraceada el humo vertical de un pebetero con incienso indica la ausencia de aberturas y presencias clandestinas.

—Señoras, vamos a comenzar. Dejen las tazas y tomen sus notas.

Tintineo discreto de porcelana que da paso a un silencio sepulcral, únicamente alterado por el rumor del papel al desperezarse.

—El Teorema Q ha reaparecido.

En segundo plano y en tono coral resuenan cuchicheos de sorpresa y disgusto: “El Teorema Q otra vez”, “¿cómo es posible?”, “No estamos preparados todavía” “es demasiado pronto”, “pero quizá”, “no, imposible”.

—Todas sabemos lo que hay que hacer, no podemos vacilar en la misión, es nuestra encomienda y nuestro deber. La decisión es firme, no hay alternativa.

Asentimientos mudos acompañan la sentencia, sin dudas, sin disidencias, es su obligación y su elección.

—Cumplamos el protocolo y antes de irnos aseguremos el sigilo.

Un humo oscuro abandona aquella vasija de latón oscurecido testigo de tantas reuniones, al quemar las notas.

—Ahora y como siempre antes de marchar, cerremos el círculo uniendo vuestras manos y repitamos juntas: ¡Sabiduría y Conocimiento aseguran un Futuro!

Una a una salen a la calle donde se desvanecen entre la gente, no existen, no son nadie, nunca han estado allí.

Pasado un tiempo la otrora brillante carrera de un joven investigador, como antes la de muchos otros, se interrumpe. Lo que antes eran felicitaciones y parabienes se convierten ahora en trabas y problemas. La investigación flaquea hasta que es abandonada. En la mayoría de los casos no son necesarias otras soluciones.

La oportunidad del conocimiento es vital para la humanidad, pero no siempre está preparada para recibirlo. Alguien debe velar por ella poniendo límites y seleccionando los avances apropiados para asegurar el futuro.

Ellas son las guardianas de la última frontera.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 17/X/2015

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Una casa, un país

old-house-1633293_1920Abro un libro al azar. Lo he cogido del estante superior de la estantería repleta de polvo y olvido junto a la chimenea, donde unas telas de araña reflejan la luz que llega del patio.

Hacía más de dos años que no venía a esta casa. Tras inspeccionar las plantas superiores me he acercado a la sala y al contacto con el libro mi mente ha dado un salto atrás en el tiempo y los recuerdos acumulados han comenzado a manifestarse de una manera peculiar.

Como si estuviera en el antiguo cine de mi barrio y en un sepia desvaído, se proyectan ante mis ojos antiguas veladas junto al fuego, mientras en el exterior reinaba la oscuridad. Una oscuridad real, la del calendario, y otra moral, la que pesaba sobre la gente y sus libertades. Oscuridad de toque de queda y miseria, oscuridad de cirios y rogativas, oscuridad de banderas y consignas monolíticas.

Visualizo escenas de reuniones familiares vespertinas e incluso puedo oler el aroma del requesón y del queso de cabra depositados en un pequeño cesto de mimbre. «Son para don Jaime», decía María, la vecina, «lo acaba de traer mi marido de la finca. ¡Como sabemos que le gusta tanto!» María, la vecina eterna, familiar muy lejano de mi abuela. Junto con su marido, cuidaban la finca de un señor que vivía en la capital y que únicamente pasaba en ella alguna semana a principios de verano, cuando los días eran mas largos y el calor soportable. El que acudía periódicamente a visitarles era su secretario, encargado de cobrar en metálico y en especies los resultados de la explotación. A llevarse la parte del león, porque a los apareceros apenas les quedaba para malvivir. Aún así regalaban parte de los suyo a Don Jaime y su familia cuando venían de la capital a pasar unos días.

Don Jaime, siempre a la cabecera de la mesa, en el lugar de honor. Sotana negra y alzacuellos permanentemente abrochado, amplias gafas negras de pasta y tonsura. Cabeza de familia sin responsabilidades de paternidad, faro y guía de la moralidad y las buenas costumbres, ejemplo preclaro que señalaba el camino a seguir.

Se proyectan a continuación secuencias de vacaciones de Semana Santa, cuando de pequeño acompañaba a mis abuelos al pueblo para dar una vuelta a la casa y saludar a los vecinos. Eran relaciones con un cierto regusto feudal, porque la milicia y el clero simbolizaban la autoridad ante un pueblo poco culto y reprimido. Representaban al Régimen, que había encumbrado a consagrados y uniformados para premiar su apoyo inquebrantable desde el golpe de estado.

Días de silencio y negrura. Silencio quebrado por la música de las procesiones: bandas de cornetas y tambores uniformadas y similares unas a otras: la de la OJE, la de Cruz Roja o la de la Juventud Seráfica; quebrado por el rumor de rezos a media voz tras las persianas. Negrura en las calles, donde unas tristes bombillas, demasiado separadas, luchaban en desventaja contra la penumbra de las tardes de marzo. Días de aburrimiento programado: dormir, comer, un rato de lectura piadosa, visitas a templos y conventos, rosario y recogimiento antes de la cena y pronto a la cama, que hacia frío al alejarse de la chimenea.

Todavía siento ese frío húmedo de las sábanas, que mi abuela intentaba paliar metiendo entre ellas una bolsa de agua caliente antes de acostarme. Noto el peso de las innumerables mantas y del edredón que, junto al colchón de lana mullida, impedían que cambiara de postura en toda la noche.

Al día siguiente, el mismo ritual, solo modificado si la lluvia hacía su aparición y dificultaba el recorrido por los «Monumentos». Cuando eso ocurría, escuchábamos, en la vieja radio de válvulas y madera, las procesiones retransmitidas desde Sevilla o Madrid hasta la hora del rosario y la cena. Así hasta la tarde del Sábado Santo, cuando cambiaba el decorado.

Corte y primer plano sobre la mesa donde se preparaban las empanadas que, pasadas las doce de la noche y finalizada la Cuaresma, atacábamos con gula disimulada antes de acostarnos. El domingo de Pascua, ropa nueva, misa solemne y comida tradicional: frito pascual, empanadas y de postre ensaimada rellena de cabello de ángel. Después de comer y echar una cabezada tocaba hacer maletas y volver a la rutina. Regreso en un coche lento y sobrecargado que escalaba dificultosamente las cuestas, pero que era un símbolo de estatus.

Un crujido de la casa me hace perder el hilo y fijarme en el libro. Por puro azar he cogido un ejemplar de las Rondallas Mallorquinas. Éstas, junto con la Biblia y el Calendario Zaragozano, eran prácticamente las únicas publicaciones que se podían encontrar en las viviendas rurales, sin abrir en muchos casos, debido al analfabetismo. Publicadas a finales del siglo diecinueve, las Rondallas eran una pequeña ventana de libertad. Lo curioso era que el Régimen las tolerara, ya que estaban escritas en lengua vernácula. Con ellas aprendí mallorquín cuando era un dialecto mal visto y considerado plebeyo por las clases dominantes. El castellano era entonces la lengua culta y obligatoria, salvo en el ámbito familiar y en la payesía, donde se toleraba como un mal menor.

Como si un foco los iluminase, paulatinamente los recuerdos cambian a blanco y negro. Una generación va desapareciendo y la sustituye otra. Plano general de niños jugando en el jardín, debajo del gran níspero, reuniones familiares multitudinarias en torno a la comida, largas mesas y las mujeres levantadas sirviendo. En las noches veraniegas un dragón persiguiendo insectos junto a la bombilla del patio. La casa al completo en los veranos y desplazamientos diarios a la playa con niños, abuelos, sombrillas y toallas. Playas todavía vírgenes, pero en las que los turistas y el desarrollismo iban engendrando ladrillos y vallas donde no existían. Mejoraba la economía mientras el pueblo seguía en libertad condicional. Fundido a negro.

Claqueta; verano del setenta y cinco, maletas y nuevas localizaciones que pronto se teñirán de caqui y gris cuartelero. A partir de ese momento mis recuerdos son más escasos y selectivos al abandonar el entorno familiar y la isla.

A finales de ese noviembre la historia da un vuelco. Silencio y panorámica del Palacio de Oriente: largas filas de duelo público coinciden con alegres celebraciones en privado. La luz, amnistiada, inunda mis recuerdos, desaparece el blanco y negro. Menudean las visitas y disminuyen los recuerdos de la casa. Siguen años de transición y transformación acelerada. Cada vez somos más europeos, pero todavía no nos lo creemos. El caqui da un paso atrás y emprendo un nuevo rumbo vital.

Aparecen imágenes de libertad y cambio, de despilfarros y corrupción. El pueblo crece alrededor de la casa y aparecen bazares donde antes había huertas, colegios y centros cívicos en las antiguas eras. Fiestas, diversidad racial y crecimiento económico, los alemanes y los nórdicos nos invaden a golpe de euro, las pateras a golpe de mafias. Languidece el dialecto, sustituido por un idioma cooficial no centralista, pero igual de dominante.

Cada vez las escenas son más fugaces, pero luminosas y cercanas. Ha desaparecido una generación por completo y la siguiente hace cambios. La casa se adapta: caen paredes, el patio se ensancha, entra luz a raudales y la vida, salvo en verano, se traslada a la primera planta. La cuarta generación entra en escena. Los niños van creciendo y explorando la casa como ya lo hicieron sus padres. Aparecen bicicletas y maquetas de barcos, siguen las reuniones en torno a la comida en fiestas señaladas, pero ya hay hombres levantados sirviendo. La Semana Santa se ha trastocado, la oscuridad ha dado paso a los talleres familiares de empanadas, sazonados con risas y jolgorio laico.

La iluminación del fondo pierde brillo, la enfermedad, las visiones y la demencia lo trastocan todo. Arrasa la dependencia y la vida se traslada a la planta baja, en el resto solo queda el silencio. La casa se cierra salvo en contadas ocasiones, todos tienen ya otros planes. Los niños se van haciendo mayores y el pueblo se les queda pequeño.

Aparece la crisis, estalla la burbuja y nos pilla desprevenidos a todos. La sociedad se resiente y la involución se manifiesta, arrinconando las libertades. La oscuridad vuelve a amenazar; ministros y uniformados sobresalen en las procesiones de Semana Santa, muchos siguen añorando desfilar bajo palio. Mientras, el gobierno mira hacia los juzgados y los medios vendiendo una recuperación ficticia, casi todos somos más pobres y menos libres.

Los hombres de la segunda generación se desvanecen y con ellos la concordia familiar, las celebraciones ya no son iguales, las ausencias pesan.

La casa se va convirtiendo en una carga y a la vez en una solución para seguir adelante. Las llaves caen al suelo y hacen que abandone mis ensoñaciones. Tengo que acabar de revisarlo todo porque el comprador no tardará en llegar. Echo un último vistazo fuera antes de cerrar las persianas. Donde termina el jardín, el gran níspero y su sombra desaparecieron hace tiempo.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 6 de marzo de 2018

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