Un barrio frontera

Unas señoras con la tradicional bata de andar por casa se cruzan con los extranjeros que habitan en alguna de las casas rehabilitadas del barrio, convertidas ahora en apartamentos turísticos de corta estancia. Rubios y despistados deambulan como pingüinos en el desierto, desubicados y desorientados en una zona que jamás fue turística.

La gente se saluda por la calle y todavía se pueden ver personas tomando el fresco en el portal, esquivando los coches en aquellas calles estrechas y desprovistas de aceras.

La agradable homogeneidad del barrio, caracterizada por las imprescindibles persianas mallorquinas verdes, se ve truncada, más veces de las deseables, por aberraciones urbanísticas fruto de pelotazos o de la falta de supervisión endémica del Mediterráneo turístico. Salvo esas tristes discontinuidades, el urbanismo podría asemejarse al de Pombal en Lisboa o al de Haussmann en París, aunque en una versión más modesta y popular.

Si el calvinismo hubiera sido la religión oficial en Mallorca, en lugar del catolicismo papista, las ventanas de las viviendas de planta baja, la gran mayoría del barrio, permitirían observar la vida que se desarrolla en su interior. En vez de eso, todo parece hibernar sin diferenciar estaciones ni épocas del año. Vida en clausura manteniendo siempre ocultas las penas y las alegrías, los nacimientos y las defunciones.

Sin embargo y como haciendo un guiño, algunas persianas entornadas nos permiten vislumbrar escenas cotidianas. Un anciano dejando pasar la vida recostado en una butaca desde la que puede verse la calle o una mujer pasando la fregona a un suelo de baldosas, típicas de otros tiempos ya pasados. Una parroquia vecina todavía da las horas con sus argentinas campanas, regulando un tiempo con regusto de otras épocas.

Barrio de frontera con alma de pueblo, rodeado y asediado por altas edificaciones y manadas de coches que ocupan cada uno de los escasos espacios libres. Al otro lado de la amplia calle de tráfico bullicioso comienza otro mundo. Otros barrios que nuestros padres nos ordenaban evitar por sistema. El lumpen, lo diferente, la pobreza, el peligro acechante.

Como si de una frontera se tratara, la calle separa colores y matices de piel, criminalizando lo diferente. Lo oscuro es el peligro, subyace en el mensaje atávico y xenófobo, tristemente resucitado por fantasmas que emergen de las cloacas de una historia mal rematada.

Paradójico mensaje viniendo de una sociedad amalgamada por el aluvión y la hibridación de las razas y pueblos que han cruzado el Mediterráneo y sus tonalidades étnicas.

Casitas bajas con patio. Sin duda una mejora considerable para los payeses que, a finales del XIX, dejaban el interior y su dedicación de sol a sol a unas tierras ajenas por salarios de hambre y sin derechos, para intentar mejorar en la capital. Los ensanches, símbolo de liberación, de burguesía y de mejora en un sistema de castas. Ese sistema, capaz de seguir recordando y humillando todavía a los descendientes de alguno de los quince apellidos malditos, expuestos para escarnio público por la Inquisición en el Monasterio de Santo Domingo, hace casi cuatro siglos. Siglos de infamia y estigma que ahora se trasladan a otras víctimas sin más delitos que su pobreza, su incultura o su nacimiento en un país equivocado.

Barrio tornasol de colores y sonidos. Abanico de idiomas, de vestimentas y costumbres que conviven en armonía. Nuevos negocios sustituyen a los clásicos, que se agostan y mueren, incapaces de adaptarse a las nuevas modas y gentes.

Al anochecer, el silencio estival solo se ve turbado por ladridos ocasionales o el ruido del tráfico que va disminuyendo según pasan las horas. Cuando regreso de depositar la basura en la zona de contenedores, una escena ilumina mi mente y evoco con cariño los corrillos a la fresca, en las aceras de los pueblos de mi infancia.

Conversaciones intrascendentes al haber niños delante, mientras las manos de mayores y pequeños se afanaban en despojar a las almendras recién cogidas de su ya reseca capa  externa. A falta de televisión, conversación. Mientras, la jarra de agua fresca endulzada con un poco de anís pasaba de mano en mano para refrescar las gargantas y animar a continuar con la faena. Las almendras se convertirían posteriormente en el delicioso turrón casero de las siguientes navidades o servirían como muleta de las escuetas economías familiares si el año había sido bueno. Economía de subsistencia, aprovechando todo y sin permitirse derroches, impensables en aquellas épocas.

El sonido de uno de esos abominables engendros para reproducir la música de los móviles, contaminando la antes tranquila noche, me devuelve a la realidad de forma brusca. Ya no estoy en un pueblo de interior a mediados del siglo pasado, sino en un barrio de frontera en mitad de la pandemia. Me ajusto la mascarilla mientras me dirijo al que ha sido mi refugio provisional a la espera del retorno a mi casa y mi rutina.

Al final de una calle estrecha, una cruz iluminada en una pequeña hornacina comparte protagonismo con una troupe de enanos de jardín anacrónicos, alumbrados por lámparas solares adquiridas en un establecimiento de esa compañía nórdica de productos con nombres impronunciables que ha colonizado nuestras vidas y haciendas, a pesar de la diferencia de costumbres.

Al apagar la luz para dormirme, un helicóptero de la policía sobrevuela el barrio. La frontera puede manifestarse de muchas maneras.

Apenas unos minutos en coche separan ese peculiar microcosmos de un paseo marítimo trufado de yates y que es el escaparate del lujo y la ostentación más vergonzosa. Embarcaciones exageradas frente a renta mínima. Excesos frente a necesidades. Mediterráneo de ricos y pobres, de cruceros y pateras, de hambre y cenas en restaurantes de lujo frente a la bahía solo para VIP,s. Un mar que antes transportó cultura y ahora engulle vidas mientras todos miramos hacia otro lado sin esfuerzo ni remordimientos. Frontera y contrastes, cultura y excesos con el mar al fondo.

Los nuevos negocios confirman la idiosincrasia fronteriza del barrio. Mientras desaparecen hornos de pan, talleres mecánicos o colmados, florecen bazares, salones de estética y locutorios hibridados con supermercados mini. La hostelería mantiene su preeminencia, pero no es extraño hallar establecimientos propiedad de asiáticos, donde te ponen una tapa de embutido «ibérico» y ostentan denominaciones tan castizas como «Mariana la del Jamón».

Anchas avenidas acotan un laberinto de callejas donde la altura de construcción raramente supera una planta, salvo las aberraciones. Al otro lado de esas avenidas crecen los edificios a modo de murallas, preservando el barrio como un tesoro apenas conocido.

Antonia nació con la guerra, en concreto en junio de 1937. Sus padres habían emigrado a la capital y con lo que les dieron malvendiendo sus tierras y una casa en el pueblo, montaron un pequeño colmado en una planta baja, habitando ellos la planta superior. El inmueble se lo alquilaron a una de las familias pudientes, propietarias de la mayor parte de los del barrio.

Jugó por sus callejas y realizó sus estudios primarios mientras en el mundo se libraba la continuación de una guerra iniciada en España, donde la mayor parte de la población pasaba hambre y necesidades a pesar del estraperlo. Al dejar la escuela pasó a ayudar a sus padres, como no podía ser de otra manera.

Mientras la ciudad crecía alrededor del barrio, conoció a un muchacho, Colau, se casaron y tuvieron dos hijos que al crecer abandonaron ese entorno en busca de una vida mejor.

Una dolorosa pero breve enfermedad se llevó a su marido, como antes a sus padres, y se quedó sola. El negocio ya no era rentable y lo traspasó. Ahora es un local de apuestas, de los que infestan los barrios menos pudientes de todas nuestras ciudades a la caza de la necesidad que emana de la miseria.

Con sus ahorros y una pequeña hipoteca pudo comprarse una planta baja con un pequeño patio, donde pasa las horas cuidando de sus plantas y hortalizas. «Nací en este barrio y en él moriré», dice a quien quiere escucharla. Menuda y enjuta como un ratón de campo, se la puede encontrar a primera hora de la mañana por las calles del barrio cuando va a hacer la compra y aprovecha para estirar las piernas que la artrosis ya retarda.

Algunas tardes va a visitar a sus hijos o aprovecha para bajar al centro, repleto de turistas y muy diferente del que conoció en su juventud. A ella no le preocupa, su barrio sigue siendo un remanso de paz, tan tranquilo que incluso puede sacar una silla a la calle para tomar el fresco sin que la atropelle un coche.

Ya casi no queda ninguno de los antiguos vecinos, pero ha hecho nuevas amistades que le hablan de tierras muy lejanas y experiencias más o menos dramáticas hasta llegar a este primer mundo que hace agua y empieza a resquebrajarse por sobreexplotación y falta de mantenimiento.

Mañana será otro día, piensa al acostarse sin temor alguno a no despertar. Sabe que aquí lo ha hecho lo mejor que ha sabido y que si hay algo al otro lado no podrá ser peor que lo de este. En el silencio de la noche, el petardeo de la moto de un adolescente parece un sacrilegio.

Por su escaso porte no le cuesta demasiado moverse, a pesar de que la artrosis cada día la limita mas. Desde que murió Colau, su marido, se las ha apañado sola, aunque los años comienzan a pesar. Hace unos meses se llevó un pequeño susto que no ha contado a sus hijos para no alarmarlos y porque el episodio tuvo un final feliz.

Estaba intentando colgar unas cortinas, subida a un taburete, cuando perdió el equilibrio y cayó de forma aparatosa. Al hacerlo se golpeó la cadera en un aparador, lo que la hizo gritar de dolor.

Como era verano y tenía las ventanas abiertas, alguien que pasaba en ese momento por la calle la oyó y se asomó para preguntar si podía ayudar. Aunque en principio ella se asustó un poco por las pintas de su presunto salvador, la necesidad pudo más. El buen samaritano entró por la ventana, la ayudó a levantarse y se quedó con ella hasta que llegó el personal de emergencias que habían avisado por si acaso.

Todo se quedó en un susto, pero fue el inicio de una curiosa amistad entre Antonia, la anciana mallorquina y Ngosi, su vecino, un senegalés negro azabache, grande como un castillo y con unas enormes rastas que acababa de alquilar la casa de al lado.

El nuevo vecino había cruzado el estrecho en patera y tras muchas penalidades, de trabajar de sol a sol por sueldos de esclavo y de dar numerosos tumbos por varias ciudades españolas había conseguido legalizar su situación y recalar en la isla. Aquí por fin podía dedicarse a lo que mejor sabia hacer, componer música de su país, que comenzaba a tener un cierto mercado y le permitía vivir, alternándolo con bolos como DJ y haciendo de extra en la hostelería cuando era necesario.

A Antonia le costaba pronunciar su nombre y generalmente lo sustituía por «Es cosí», que en mallorquín significa «el primo», aunque a él no le molestaba. Cuando estuvo un poco mejor le invitó a tomar un café y el correspondió a su vez con un té con hierbabuena en su casa, otra tarde.

A partir de ahí, al menos una vez a la semana se reunían en una de las casas y hablaban de lo divino y de lo humano. Ella le enseñaba cocina mallorquina y el elaboraba delicias africanas para corresponder. Antonia le hablaba de cómo había cambiado Mallorca en general y el barrio en particular y el africano le respondía contándole cosas de su tierra y de sus aventuras hasta llegar a Palma. También le ponía música, que aunque ella no entendía, le removía los entresijos y le hacía recordar los bailes y las verbenas de antaño a los que iba con Colau.

Un día ella se atrevió a probar uno de esos cigarrillos de aroma tan extraño que fumaba Ngosi de vez en cuando. Tras las primeras caladas y numerosas toses, un maravilloso bienestar la envolvió en sus brazos y la artrosis desapareció por arte de magia. Ese día Antonia durmió involuntariamente la siesta en el sofá de su vecino y al despertar, con los ojillos brillantes, le preguntó donde se compraba ese tabaco que le había sentado tan bien.

Ahora, un día a la semana se permiten fumar juntos el extraño tabaco, ella le cuenta historias y rondallas de la isla y el les pone música. Una música exótica y vibrante que, junto al peculiar «tabaco», consiguen que a ella le bailen los pies sin que la artrosis se lo impida.

La amistad de Antonia y Ngosi es una historia más de este barrio de frontera donde todo es posible.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Palma de Mallorca, 21 de agosto de 2020

Acerca de Bartolomé Zuzama Bisquerra

Soy un ciudadano responsable y exigente.
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